Capítulo 10. El campeón de tango

Fuimos llegando en tropel a la mesa, pero la mesa, pronto se quedó pequeña y hubo que traer otras dos más. Formábamos una legión. Era el primer año que veraneábamos  realmente, mi padre había decidido tirar la casa por la ventana: cerró el taller y nos llevó a todos a Altea, junto al mar. Debía ser el año 1960, cuando ya las playas españolas empezaban a llenarse de multitudes de toda Europa. Ese hecho empujaba también a los españoles a disfrutar de los paisajes de la propia patria: hasta entonces, solo los más potentados aprovechaban  el descanso anual para salir de casa, quizás solo aquellos que descansaban más que trabajaban . Los trabajadores como mi padre ni siquiera se tomaban vacaciones. Aquella fue la primera vez. Yo había  acabado con éxito y muchos  sudores mi riválida, mis hermanos mayores tenían sus vidas prácticamente organizadas, todo iba sobre ruedas.

Y mi padre había mostrado una vez más su generosidad y había invitado también a algunos primos míos. En realidad, el apartamento que alquiló para quince días parecía un atiborrado hotel familiar. Había colchones por el suelo y era preciso cada noche retirar mesas y sillas para hacer hueco a los cuerpos. Cada uno hacía su vida y nadie paraba durante  el día dentro de la casa: solo de madrugada íbamos llegando y buscábamos un hueco en alguna habitación para descansar un rato. Allí estaban también Chelo y su marido, con uno  o dos de sus hijos pequeños. Y Eliseo con su mujer. Y algún hijo de mi tío el Andaluz...

La diversión no tenía límites. Personalmente, andaba yo bastante inquieto persiguiendo a María Ángeles, una niña de Alcoy de la que estaba enamoradísimo. Habíamos sido medio novios durante unos meses y aquel verano habíamos roto las relaciones sin romperlas del todo. ¿Seguíamos juntos o no?. De todas maneras, a mí me gustaba aquella muchacha, risueña y simpática como nadie. En el contraste sin duda encontrábamos la fuente de nuestro pequeño amor, tan difícil, tan incompleto, tan dulce. Alguien me había dicho que también María Ángeles veraneaba en Altea, y yo no terminaba de decidirme. ¿La buscaba o me hacía el desentendido? ¿Intentaba volver o daba por definitivamente rota nuestra relación?

Mas importante que ella era mi familia y con mi familia había acudido aquella noche a la terraza Casablanca. El camarero repartió gaseosas, vermut para los mayores, refrescos para los medianos. En un estradillo, al fondo de la terraza, una  orquestina de los años cuarenta –el saxo con bigote de la posguerra, el batería calvo, el trompeta pequeñito y delgado, el vocalista gordo y grasiento- amenizaba la reunión. Ruido de voces, niños correteando por la pista de baile, entrechocar de botellas, la deliciosa algarabía de la gente levantina que se siente feliz y dispuesta a divertirse comunitariamente. De pronto, entre los pitidos de los altavoces, el vocalista anunció el número fuerte de la noche.

-Y ahora, señoras y señores y señoritas y público en general, ahora nuestro magnífico concurso de baile, con grandes premios, para los ganadores. ¿A ver, Paco? ¡Un arpegio para abrir la boca! –el del saxo lanzaba una sarta de notas y se ponía tan animado como si se creyera Charlie Parker; no interpretaba Love for sale sino un fragmento de tango-...!Sí, señor, sí, señores, magnífico! ¡La primera sección de nuestro estupendo concurso será el tango! ¡Grandes premios para los vencedores! ¡Adelante! ¡Todo el mundo a la pista, los abueletes también! ¡Animo! ¡Rosendo con ustedes, a mandar!.

-¿Te animas, Joaquina?- preguntó mi padre.

-¡Pues claro!. Vamos a enseñar a bailar a estos críos!

Y Eliseo Blanes, y cariñosamente para los amigos Súa,  apretó fuerte la cintura de la señora Joaquina y juntos salieron a bailar La Cumparsita. Hacían inverosímiles  filigranas, mi madre se inclinaba como un junco a pesar de sus años y mi padre hacía el papel de profesor de tango de su juventud. Naturalmente, ganaron el primer premio. Sonaron aplausos y gritos y los dos regresaron felices a la mesa. El vocalista Rosendo pidió un poco de silencio y dijo:

-Una estupenda botella de champán, auténtico de San Sadurní para los ganadores. En aquella mesa –añadió mirando a un camarero- ¡Y otro aplauso! Y continuamos nuestro concurso, con permiso de los señores clientes. ¡El...charlestón!

Mis padres estaban radiantes. Mientras abrían la botella de champán, mi padre miró con picardía a su mujer:

-No tenemos bastante para tanta gente...¿Te atreves con el charlestón?.

Y sin dudarlo un segundo volvieron a la pista. Los contrincantes empezaron dejándoles el centro del círculo, con un  espacio libre para que todo el mundo los viera bien. ¿Cómo podía mi madre, con cincuenta años, moverse de aquella manera?.

-¡Señoras y señores, señoras y señores! –gritó el vocalista. Ni la mismísima vedette Miss Dolly, la gibraltareña, lo habría hecho tan bien como nuestra concursante. ¡Y su  acompañante podría superar el mismísimo Carlos Sandrini, sí, señores! ¡Esa es la pareja ganadora, un aplauso para ellos! ¡Otra botella de auténtico champán fresquito para los vencedores!.

La nueva Miss Dolly me dio un beso cuando volvió a sentarse entre nosotros. Estaba mas radiante que nunca. Luego, mi padre intentó arrastrarla al pasodoble, al fox, pero ella dijo que no había que abusar.

Hasta que el vocalista anunció el twist.

-¡Reservado para los más jóvenes, solo para los mas jóvenes. No pueden participar concursantes de mas de ochenta años...!.

Ni Rosendo ni sus colegas eran ciertamente Hank Ballard y sus Midnighters. En realidad, intentaban darle ritmo de twist, recién importado, al mismísimo Bello Danubio Azul.

-¡Vamos Camilo, déjanos en buen lugar!.

En una mesa cercana estaba sentada una hermana de María Ángeles. Me levanté sin dudarlo, le tendí la mano y con ella me situé en la pista, con toda la chiquillería y la juventud de Casablanca. Nos pusimos a menear furiosamente el esqueleto, yo estaba bien entrenado y conseguía casi tocar con el culo en el suelo mientras agitaba las rodillas; la chica tampoco lo hacía mal. ¡Y ganamos! Nos dieron de premio una botella de sidra “auténtica asturiana” y nuevamente el camarero se presentó en nuestra mesa.

-De tal palo, tal astilla- decía mi madre, más feliz con mi triunfo que con el suyo propio.

Pero intentó que me presentara también al concurso de rock-and-roll. Cuando hice ademán de salir, siempre con la hermana de maría Ángeles, los de las mesas vecinas comenzaron a gritar sus protestas. Muchos de ellos conocían a Súa y decían que aquello no era justo, porque nosotros éramos profesionales. Para no poner en un serio apuro al gordo Rosendo, maestro de ceremonias de aquel mogollón, alcé los brazos al cielo como un torero victorioso y opté por no concursar más. Ya teníamos bastantes botellas ganadas.

Y en cierto modo, los protestantes tenían su  pizca de razón.

Tanto mi padre como mi madre adoraban la música. Los  dos cantaban muy bien. Todavía hoy mi madre, con más de sesenta años, tiene una hermosa voz, poca pero muy afinada y con frecuencia la encuentro en mi cocina, guisándome la paella y cantando los temas de mi último disco. El verdaderamente profesional era mi padre. En su juventud, antes de casarse,  había tenido además de su profesión de electricista, una academia de baile en Alcoy llamada Suachiar; el nombre venía del apodo de los dos socios propietarios y profesores. A mi padre, precisamente porque sudaba al bailar, le conocían por Súa; su compañero se llamaba Carlos y llevaba como  nombre artístico Charles...En  las octavillas se aseguraba que enseñaban  a bailar el vals, el uno, el chotis, el pericón moderno. Debió ser la guerra del año 36 la que terminó con su carrera de maestros de baile. En todo caso, sus conocimientos de la danza le permitirían mucho más tarde ganarse un par de botellas de champán auténtico de San Sadurní, naturalmente...

Fue un gran tipo mi padre...No debió de costarle mucho convencer a mi madre para llevarla al altar, cuando ella, jovencita, trabajaba en Papeleras Reunidas creo que en la manipulación de ropas desechadas para su conversión en pasta. Porque, además, era un hombre guapo, alto y muy afectuoso.

Yo conservo imborrables recuerdos de aquel afecto, envueltos en el familiar petardeo de su Iso-moto cuando se iba hacia el taller, bastante apartado de la casa, y cuando regresaba cansado, pero con fuerzas aún para sentarme en sus rodillas y pedirme que le diera un beso como a él le gustaba: besos ligeros en almejilla cubiera ya por la barba, ligeros y continuos,  chuic, chuic, chuic...hasta que me cansaba. Mis hermanos,  mayores ya, se desentendían del asunto o cumplían el deseo paterno con frialdad y premura. Pero yo era el pequeñín de la casa, el preferido y también el más zalamero. Me gustaba saberme tan cerca de mi padre y sentir su fuerte abrazo después de mis besos.

Solo en aquellos últimos años de mi infancia gozaba su vida de un poco de calma. Había nacido en 1908 y, en  consecuencia, había sufrido todos los avatares y agitaciones de la historia española, trabajando en medio de una gran pobreza. Cuando pudo comprarse el “Citroen” dos caballos fue como una fiesta.

No lo quería para pasear, sino para su trabajo, pero era como una señal de triunfo.

Tuvo que hacer tres veces el servicio militar, como él decía. Primero, bajo Alfonso XIII; luego, en la zona republicana durante la guerra civil; después, en la zona nacionalista. No era muy aficionado a contarme sus aventuras en la guerra pero mi madre suplía ese silencio y de vez en cuando me relataba batallas, acciones, horrores y alegrías...Luchas al lado de Negrín, fugas a Francia, batallas en el lado franquista... Pero nunca fue un hombre apasionado en política ni rencoroso. Se limitaba a decir, como una meditación evidente que era ésta –hacia los años sesenta- la época más tranquila de su vida y en consecuencia la más feliz. Lo que no significaba una toma de posición política, solo una constatación vital que tantos españoles como él compartían, incluso al margen de su ideología. Ni siquiera tenía particular empeño en demostrarnos alguna verdad incontestable: “Tú tienes que ser como crees que debes ser. Lo importante es portarse bien con los demás”. Esos eran sus consejos. Había pasado miedo en sus luchas y huidas, había sufrido demasiado, pero el paso del tiempo había ido curando las heridas y se sentía dichoso con su familia.

Los sábados por la tarde y los domingos le gustaba mucho salir de casa a dar una vuelta. Casi siempre era yo su compañero.

-Vamos, Joaquina, deja de trabajar en la casa.

-Que tengo mucho que hacer. Espera un poco.

-Vamos a dar una vuelta, mujer.

-Está toda la ropa de los niños sin planchar. No puedo ahora.

-Pues me llevo a Camilo.

Me tomaba la mano,  buscaba un taxi y me llevaba a las ferias de los pueblos vecinos: Cocentaina, Muro, Onteniente,  Penáguila...No era tacaño con su escaso dinero. Me dejaba montar en los tiovivos, tirar con las carabinas de aire comprimido, hartarme de globos de azúcar y de manzanas recubiertas de caramelo. Me llevaba regalos y él participaba también en la diversión. Luego, al anochecer, regresábamos a casa como dos reyes victoriosos. Nunca los hermanos mayores nos  acompañaban en esas correrías festeras y fue sin duda en ellas donde se estableció entre nosotros una especial complicidad que no desaparecería nunca.

 

Hubo tan solo unos años que estuvimos distanciados. Cuando yo decidí irme a Madrid en busca de fortuna –con la  pintura o con la música- no se sintió muy dichoso, porque pensaba que no iba a conseguirlo. Al mismo tiempo, mi hermano José empezaba a llenar el salón de casa de títulos de su carrera de ingeniero. Él se sentía orgulloso de que un hijo suyo continuase su mismo oficio e incluso le superase. Pero a mí los cables me daban tanto miedo como las víboras; ni me atrevo a tocarlos. Mi padre veía que se colmaban sus ilusiones con José; aunque sus estudios le costaban mucho dinero y mucho sacrificio, los daba por bien empleados. Yo, en cambio, el preferido, tomaba rumbos difíciles y conflictivos y ello tuvo que apenarlo.

 

Sin embargo, ese distanciamiento no duró mucho. Se dio cuenta de que tampoco yo me había equivocado y se convirtió con mi madre en mi primer fan. Le gustaba mucho venir a mi casa, preguntarme detalles absurdos sobre mi oficio, acompañarme a los estudios de grabación, colocarse detrás del escenario durante las actuaciones, permitiéndose incluso dar consejos a los iluminadores, a los muchachos de sonido, a los mismos músicos. Gozaba como un niño en los viajes por el extranjero  a los que le invité.

 

Y de pronto un día, estando yo en Los Ángeles, me llamaron para decirme que se encontraba muy enfermo. Ni me paré a hacer las maletas. El médico había dicho que podía vivir dos semanas, dos meses, dos años, pero yo tuve, como en tantas otras ocasiones, la corazonada de que aquello era el fin. Fue no hace mucho, en 1982. en esos últimos años nuestra dependencia mutua llegó a ser tan fuerte como en mi primera infancia: él me buscaba y yo le buscaba a él. Aún cuando yo me encontrase muy lejos de Alcoy, sentía su presencia constante y, bien él o yo, nos llamábamos por teléfono casi a diario. Tal vez sentía yo que no me quedaba mucho tiempo para gozar  de la proximidad de aquel hombre ejemplar, sereno, trabajador,  honesto. Y a él le ocurría lo mismo.

Cuando vivían en mi casa, mi madre se empeñaba en darle la cena.

-Voy a esperar a que venga Camilo –replicaba él.

-Pero puede tardar dos horas. Ya lo conoces, Eliseo. Él anda con su trabajo y siempre se acuesta tarde.

-No importa, no tengo hambre. Esperaré para cenar con él.

Y más de una vez nos hemos sentado los dos a cenar en mi cocina a las cuatro de la mañana, mientras nos contábamos las incidencias del día o comentábamos la calidad del guiso de la señora Joaquina. Estaba ya en sus últimos años lleno de enfermedades, pero mantenía el tipo a pesar de todo. No le gustaban los cuidados ni la compasión de los otros y procuraba hacer una vida normal. Pero sabía que su tiempo terminaba.

Incluso un día nos llamó para decirnos que había decidido repartir su herencia. Yo me adelanté:

-No quiero nada, papá. Déjalo estar.

-Tú tendrás tu parte, como los otros.

Me obligó a quedarme con una pequeña casa de campo que poseía cerca de Alcoy, el máximo orgullo de su vejez, porque le había costado mucho comprarla. Solo su recuerdo me empujaba en ocasiones a irme a pasar unos pocos días en ella, pero aunque no me sirva de mucho –tengo demasiadas cosas para descansar y siempre ningún tiempo libre para hacerlo- no la vendería por todo el oro del mundo. Es como el talismán de infancia, como la mano de mi padre, siempre tendida. Una propiedad tan preciosa como el anillo de bodas de él, que llevo siempre en mi dedo.

-No te inquietes, que es grave, pero no demasiado-  me decía mi hermana por teléfono.

-Voy ahora mismo, ahora mismo.

Ni siquiera me entretuve en preparar equipaje. Los Ángeles-Nueva York-Madrid, en el primer avión.

 

Era como  si me estuviera esperando. Llegué a Alcoy y pasé a su lado los últimos seis días de su vida, sin apartarme  de la vera de la cama. Una vez le había preguntado sobre mí un reportero de una revista y él había respondido: “Mire usted, yo he tenido cuatro hijos, pero como camilo ninguno; ésa  es la verdad”. No podía sentir yo hacia él de otra manera.

 

En esos últimos seis días sentía pudor de que le mudaran de ropa o se ocuparan de él, no deseaba que nadie lo viera desnudo, ni siquiera el médico y la enfermera que acudían a casa. Únicamente nos permitía desvestirle y moverlo en la cama a mi hermana Chelo y a mí.

 

Pero yo sentía que se acababa el mundo...

 

Mientras le miraba en su cama recordaba que en los últimos  diez años había recorrido medio mundo, conocía a miles de personas, recibía halagos y afecto de todas partes, había tenido varias docenas de mujeres a mi lado, centenares de amigos y compañeros, conocía a mis treinta y cinco años cien veces más de lo que aquel hombre había podido conocer; y había sido seguramente más afortunado que él, y gracias a él. No había tenido miedo, no había padecido privaciones,  mi trabajo estuvo siempre muy bien pagado y a cualquier parte que fuese me rodeaban las multitudes...Sin embargo, ahora, sin él me sentía solo. Quizás ha sido la primera vez en mi vida que me sentía realmente solo. Y estaba dispuesto a perder todo aquello que poseía, mis mujeres, mi dinero, mi carrera a cambio de que aquel anciano de 73 años me esperase en alguna parte para cenar conmigo, me pidiera que le pusiera una camisa limpia, me preguntara por la utilidad de un nuevo  artilugio de grabación. Me miraba fijamente, como recordando tantas horas de dicha juntos, las excursiones a las ferias, los suaves besos en la mejilla, el concurso de baile, la lenta e ineluctable progresión de la vida, que hace crecer a los hijos y va matando a los padres. Y yo veía aquellos ojos y pensaba solo en  cuánto quería a aquel hombre y en la soledad que me entraba  en el corazón como un oleaje repentino. Con él moría la mejor parte de mí mismo.

Capítulo 11