Capítulo 11. Música de barrio

En la radio estaban cambiando mucho las cosas. De pronto,  Antonio Molina solo cantaba un par de veces al día y Joselito no más de cuatro. Incluso los locutores hablaban de ellos  con una voz difuminada, como si estuvieran acercándose al olvido. A mi comenzaba a cansarme Joselito, un poco monótono, siempre con la misma copla. Desde Madrid, Raúl  Matas emitía un programa titulado Discomanía que yo procuraba no perderme. Aparecían allí canciones que tenían muy poco que ver  con lo oído hasta entonces. El “Dúo Dinámico” no solo continuaba con las melodías italianas que los habían hecho famosos, Gondolier, Come prima, Buona sera, sino que hablaban en las entrevistas del swing, un concepto que en Alcoy resultaba un poco raro, pero sonaba bien, y muy pronto se convirtió en una plaga aquello de Quince años tiene mi amor, dulce y tierna como una flor...También yo tenía quince o dieciséis años por entonces y lo de la pierna empezaba a causarme escalofríos. ¿Se podía decir aquello en una canción? Pero Raúl Matas llegaba aún más lejos: un muchacho granadino que se hacía llamar Mike Ríos, que tenía un par de años más que yo,  cantaba de manera extraña algo más sorprenderte aún: Hey, hey, hey, pecosita...Se me ponía carne de gallina al escucharlo y comenzaba a sentirme infiel a Joselito.en el mundo en que yo estaba viviendo no existían campaneras ni  clavelitos de mi corazón ni mineros que comían arroz con habichuelas ni jacas que cruzan el viento caminito de Jerez; estaba, sin embargo, lleno de dulces piernas de muchachas adolescentes, de pecositas que te miraban y te arrastraban par le bout de coeur –como decía ya Brassens-, por el camino de la amargura.

Lo entendía mejor, lo sentía más, era mi propio mundo. De pronto la infancia quedaba irremediablemente perdida con sus bicicletas verdes imposibles, las balsas traidoras, los brazos levantados de don Juan Francisco, las reglas de los salesianos y sus inagotables corales, las niñas del barrio...Con la reválida bajo el brazo y sin una ocupación precisa, la adolescencia llegaba a mi espíritu como una locomotora agitada.

Era todo distinto. Los hallazgos suponían algunas renuncias. Me había gustado mucho jugar al fútbol en el colegio y había pertenecido en los últimos tiempos a la selección de Los Salesianos, como portero. Curiosamente, aunque era de los más altos del curso, nunca me interesó el baloncesto, aunque ahora sea mi deporte favorito, como espectador y como  practicante ocasional. Y también el fútbol quedaba perdido. En los  primeros meses intentaba mantener el contacto con mi equipo, acudía a los partidos de los chavales que me sucedían en Los Salesianos, pero ya se sentía uno desplazado, viejo entre aquellos críos.

Y se le presentaban a uno nuevas solicitudes y también  nuevas obligaciones.

-Hasta que no decidas qué hacer en la vida, mejor será que vengas a ayudarnos al taller –dijo mi padre.

Pero yo no podía resistir en el taller. Él fumaba mucho y el humo me molestaba, aunque no tanto como yo intentaba hacerme creer. “Me pica la garganta”, decía. Me ocupaba de encargos en la calle, porque la calle estaba viva y era donde realmente me gustaba estar. Barrachina empezaba a empujarme para que cantábamos juntos. Y Paco Esplugues no renunciaba a un proyecto para mí. Había sido el único de los profesores de los salesianos que no me llamaba Camilo, sino Chato.

-Chato, sal de la pizarra.

Nunca me ha sobrado nariz, desde luego, pero aquella forma de llamarme encerraba alguna complicidad. Paco Esplugues, además de profesor de dibujo, era andaluz –contra que haría sospechar su apellido-, era locutor de Radio Alcoy y, además, enseñaba pintura en la escuela de Bellas Artes. Creo que hacía otras muchas cosas, pero entonces no era de mi incumbencia. Frecuentemente lo encontraba por las calles de Alcoy, yendo o viniendo de alguna parte y con muchas prisas.

-Bueno, Chato, ¿vas a venir  a la escuela o tengo que  decírselo a tu padre?.

Me había dado siempre las calificaciones más altas en dibujo y repetía continuamente que tenía que convertirme  en pintor. Incluso me había prestado algunos libros gigantescos para que mirase las hermosas láminas de los grandes pintores.

-Chato, decídete, no pierdas el tiempo.

¿Por qué debía uno decidirse a hacer alguna cosa, ahora que se había conquistado la libertad, que no era necesario escaparse de ninguna parte, que siempre andaba escaso de tiempo para no hacer nada? ¿por qué te obligaban a crecer?.

La clase se había disgregado. Algunos de los discípulos continuaban hacia el bachillerato superior con el ánimo de ser médicos, abogados, ingenieros. Otros, con su primer título bajo el brazo, empezaban a trabajar en los negocios familiares  o ingresaban como aprendices en fábricas y talleres. A unos pocos nos iba comiendo una pasión confusa por hacer algo, por ser alguien. Pero ¿qué? No había, ciertamente, urgencia alguna.

Cada tarde, en alguna plaza de Alcoy, me esperaba María Ángeles o su sombra. Cada mañana, la radio me enseñaba una canción nueva, verdaderamente nueva. Me asomaba a la puerta y mi barrio tenía otro aspecto: estaba siempre lleno de niños pero yo no era ya uno de ellos. Los jovencitos de mi edad tenían sus propias ocupaciones. La nueva música del barrio era el silencio, de modo que me apartaba de él y buscaba  a algunos compañeros desconcertados como yo mismo, me entretenía en el taller eléctrico, me acercaba al Instituto.

Entretanto, a los quince años, iba llenando cuadernos de dibujo con paisajes a lápiz, pequeñas acuarelas de paisajes que soñaba. Mientras escuchaba la radio y tarareaba a media voz las canciones, me aplicaba en la pintura, porque necesariamente terminaría siendo pintor o cantante. Alfredo Fraus y Soralla parecían llamarme desde alguna parte para que  intentase imitarlos. Si en Alcoy hubiese habido un conservatorio, el  solista del coro de los salesianos se hubiera inscrito inmediatamente; pero allí la música era un arte que se aprendía en la calle, durante las fiestas de Moros y Cristianos y durante  las verbenas, nadie pretendía hacerse profesional, seguir una  carrera. El aprendizaje de la pintura más accesible y tenía ya un amigo que continuamente me aconsejaba:

-Bueno, Chato, te estoy esperando. Eras el que mejor dibujabas del colegio. No puedes desperdiciar tu talento. Hablaré con tu padre.

Mi padre, sin duda, se sentía un poco decepcionado. Como Chelo seguía trabajando en el taller, acudía frecuentemente para estar con ella, y la ayudaba en las facturas, en las cuentas,  en el papeleo. No solo éramos hermanos, sino también amigos. Me miraba con sus hermosos ojos azules.

-Camilo, no puedes quedarte siempre aquí ¿Verdad que no?.

-No me gustan los cables, no entiendo de esto.

-¿Por qué no intentas hacerte pintor? Te resultará muy fácil. Ganan dinero y se hacen famosos. Son artistas. Tú siempre has querido ser artista.

-También me gusta cantar...

-Sí, pero es más difícil. Desde aquí...¿Quién va a ayudarte? Pero aquel profesor de dibujo te quería mucho y puede echarte una mano.

-Lo estoy pensando.

-Bueno, solo tienes catorce años. No hay tanta prisa. ¿Qué vas a hacer esta tarde?

-Nada. Acaso busco a María Ángeles...

María Ángeles...Y Remigio Barrachina que me esperaba también para cantarme otra canción nueva de...Y al otro lado del mar, un tipo que se hacía llamar Bob Dylan en honor  del poeta Dylan Thomas, pero que se llamaba solo Robert Zimmermann (Roberto Camarero, aproximadamente), un tipo  que luego daría algo que hablar estaba cantando ya unos versos que yo no podía escuchar: “Escuchad, gentes, escuchad dondequiera que os encontréis...El agua os llega al cuello...Pero advertid que los tiempos están cambiando”. Y el querido barrio de Santa Rosa repentinamente vacío, muerto. Los militares retirados, que podían hacer una guerra si querían  continuaban sus interminables paseos; las niñas estrenaban vestidos. Los jóvenes iban a trabajar. El esplendor de mi mundo había desaparecido de repente, me estaba llegando el agua al cuello y tenía fuerzas para beberla. No era una conciencia precisa  de inseguridad, de insatisfacción: solo la visión confusa del horizonte. No recuerdo qué escritor latino decía que no había ningún fruto que no fuera ácido antes de madurar; y no tenía conciencia de que mi obligación biológica era precisamente la madurez, ¿cómo podía entonces llegar a ella? Pero quizás no tenía razones para la prisa. Había apenas salido del colegio y, ciertamente, no tenía intención de quedarme brazo sobre brazo. El camino se hace al andar, había leído a Machado en un texto escolar. Bastaba, pues, ponerse en marcha, aunque la música de mi barrio hubiera enmudecido.

 

 

Capítulo 12