Capítulo 12. Las dos novias

-No es bueno que trabajes tanto, Camilo

-Si no es tanto, madre. Me gusta.

-Pero estás muchas horas.

Estoy ganando dinero. Y me gusta. Tengo que prepararme.

La señora Joaquina  miraba por encima del hombro, me tocaba suavemente los brazos, movía la cabeza. Sobre la mesa camilla de mi habitación tenía extendidas algunas láminas de papel blanco que iba llenando de pintura. En una esquina, el caballete estaba preparado con un pequeño lienzo todavía intocado. Al fondo, la radio continuaba tendiéndome su poderosa tentación. No era ya la misma casa.

Casada ya mi hermana Chelo, se había quedado a vivir en la casita del barrio de santa Rosa y nosotros nos habíamos mudado a un piso cercano al taller de mi padre. Disponía en él de una habitación para mí solo y allí trabajaba.

Como si repentinamente me hubiera dado una enfermedad, estaba obsesionado por pintar y por aprender. Paco Esplugues había terminado por convencerme y me matriculé en una llamada Academia de Bellas Artes, situada en el Instituto de Alcoy. Todas las tardes después de comer acudía a las clases,  entre un grupo numeroso de aspirantes a artistas. Aquella escuela local era conocida y respetada en toda la provincia, ya que había dado muchos profesionales de la pintura en todas sus ramas, artísticas y artesanas. Pintores, tasadores, restauradores, ilustradores, dibujantes...Y también ceramistas, escultores falleros, diseñadores, grabadores, muchos profesionales habían estudiado y seguían haciéndolo en aquella escuela.

La presión de mis padres para que continuara estudiando no había sido muy fuerte;  confiaban en mis propias decisiones, aunque tardara unos meses en tomarlas. Ahora, apenas iniciados los estudios artísticos, mi madre se preocupaba porque los estaba tomando con demasiada seriedad. Con gran rapidez estaba aprendiendo las distintas técnicas y corría a mi habitación a aplicarlas de inmediato.

Normalmente pasaba las mañanas en el taller de mi padre, por lo menos hasta que me apetecía marcharme y siempre que no tuviera trabajo como pintor. Después de comer acudía dos o tres horas a clase y dedicaba el resto de la tarde a mis cuadros. Los sábados, domingos y jueves era posible encontrar en las calles de Alcoy, a partir de las siete o a las ocho de la tarde, a algunos amigos. La de San Lorenzo era un poco la del paseo oficial;  mi ciudad fue siempre tan bullanguera como laboriosa, pero en esas tardes, sobre todo con buen tiempo, era una delicia recorrer la calle San Lorenzo entre una multitud de conocidos.

-Adiós..., adiós...¿Cómo estás? Adiós..., adiós...

Uno miraba el aspecto el aspecto de los otros, la belleza de las muchachas, la unión de las familias, el vestido del vecino. Arriba y abajo, una y otra vez, tropezando con las mismas personas. Y siempre lo mismo.

-Adiós..., adiós...Hola, ¿qué hay? Adiós...

No era aburrido ni monótono. Tenía un sentido del reconocimiento dentro de la tribu, como los animales que se huelen para conocerse. Era una manera de comprobar que seguíamos vivos, que crecíamos y nos íbamos haciendo viejos. En ocasiones aparecía frente a mí la silueta de María Ángeles, “más blanca que la leche y más hermosa que el prado por abril de flores lleno”, según la había descrito yo con unos versos de Garcilazo. Nos mirábamos con un gramo de timidez, nos saludábamos como todos los paseantes,  nuestro amor se había difuminado. A mi lado, Remigio Barrachina me estaba hablando de canciones y de maravillosos proyectos imposibles.

El tiempo era muy largo. Me daba tiempo a visitar el taller, a pasear, a oír la radio-ahora incluso las novelas-, a asistir a las clases y a trabajar. Otra amiga mía estaba empeñada en convertirme en pintor, y tan entusiasmada con mis dones que apenas iniciadas las clases habló con un tal Cerdá, marchante general de todos los artistas de Alcoy. Era un hombre bonachón, grueso pero muy ágil; miraba a la gente con la cabeza un poco inclinada y sonreía siempre. Su negocio era bastante inverosímil, aunque provechoso. Relacionado  con comerciantes de arte de toda España, e incluso de algunos países extranjeros, exportaba de Alcoy una cantidad enorme de productos artísticos y artesanales de todo género, especialmente pinturas.

-¿Así que estás dispuesto a trabajar, muchacho?

-Sí , señor.

-¿Y trabajar en serio? ¿No te gustarán a tu edad más los bailes que los lienzos?

-Me Gusta todo. Pero me he prometido a mí mismo tomarme esto seriamente.

Yo no me había prometido nada, desde luego. Cuando mi amiga me habló de la posibilidad de ganar un poco de dinero al mismo tiempo que estudiaba, había respondido afirmativamente, porque lo necesitaba para mis gastos. Barrachina estaba empeñado no sólo en que nos compráramos inmediatamente un tocadiscos y discos, sino incluso instrumentos musicales.

Y eso resultaba muy caro. Por lo demás , no me gustaba pedir dinero para mis pequeños gastos personales e incluso para mi ropa.

Muy rápidamente mi producción artística comenzó a ser  impresionante, no en calidad, desde luego, pero sí en cantidad. Utilizaba todas las técnicas: óleos, acuarelas, carboncillos, lápices, plumilla, incluso a bolígrafo pintaba. Y tan variados como las técnicas eran los tamaños y los temas. Había cuadros grandes, medianos, pequeños, miniaturas; sobre tela, papel o madera. Y no renunciaba a ningún argumento: paisajes, retratos, floreros, bodegones, arlequines, ciervos, payasos...Por supuesto, nunca se me ocurrió intentar la pintura abstracta;  ni estaba capacitado para entenderla ni en Alcoy intentaba nadie enseñarla. Primero copiaba estampas clásicas, luego las iba modificando a mi gusto, después retrataba la realidad-casas de Alcoy, el campo de los alrededores, árboles próximos-,  finalmente imaginaba mis propios cuadros.

Cada  diez o quince días acudía a la tienda de Cerdá cargado con el fruto de mis esfuerzos.

-¿Qué tal? ¿Le sirve?

Cerdá inclinaba la cabeza, miraba rápidamente los cuadros, los apilaba a un lado.

-No está mal, no está mal.

Calculaba los precios por el tamaño y por la técnica empleada: había obras de 75 pesetas, de 200, de 500, incluso de 1.000 pesetas;  creo que nunca cobré una cantidad superior a ésta.

Pagaba siempre a tocateja. Tenía una valoración personal y nadie discutía su decisión; tampoco él discutía la calidad de las “obras de arte”. Debía de tener un negocio muy amplio y bien organizado. Le servía todo, lo vendía todo. No era incluso raro que al cabo de varios meses encontraba yo un cuadro mío lujosamente enmarcado expuesto en una tienda de muebles, tanto en Alcoy como en otros pueblos importantes de las cercanías y hasta en Alicante.

Antes de profesionalizarme de ese modo, hube de seguir cursillos rápidos de especialización hasta llegar a captar “el estilo Cerdá”. Realmente, su taller era una factoría de pinturas.

Trabajaban en ella varias personas y otras muchas lo hacían en sus casas según sus dictados. Al principio yo me reunía con tres hermanas que vivían de eso. Todavía hoy siento adoración por ellas. Dorita, Victoria, Angelines...Angelines sobre todo fue la que me enseñó aquel tipo de pintura;  y lo hacía graciosamente, porque aquel muchachito pálido, delgado y alto le caía bien. En su casa, después de pasarme por la academia de Bellas Artes, comenzaba a iniciarme en sus secretos. Los estudios en la academia eran poco rigurosos y nadie se preocupaba de si asistía o no a las clases, de si progresabas o te enterabas de algo. Pero Angelines, mientras trabajaba ella misma, luchaba para que se soltara mi mano y consiguiera imitar su estilo. Su hermana Victoria todavía se echa a llorar cuando voy a visitarla (“ay Camilo, que tonta soy”, dice), porque finalmente abandoné la pintura. “Con lo bien que pintabas, camilo, con lo bien que pintabas”. Durante más de cuatro años, prácticamente hasta que me fui de Alcoy, gocé de su amistad y de sus enseñanzas. A cambio, alguna tarde me lanzaba a cantar delante de ellas; por edad supongo, les gustaban las cosas antiguas y la zarzuela. De modo que yo volvía a mis orígenes: Joselito, Valderrama, Machín, y, sobre todo, los maravillosos boleros e incluso canciones de Raquel Meller; algunos de los boleros las hacían llorar de emoción, porque yo los cantaba –debo reconocerlo- con mucho sentimiento. Lo que más me pedían, no obstante, eran  romanzas de zarzuela, y justamente aquellas en que era preciso subir más: En la huerta del Segura, donde vive una huertana...Me ha dado pena que esos fragmentos maravillosos de zarzuela sean acogidos por la gente joven con tanta indiferencia. Algunos intentos de colegas míos por revitalizarlos han fracasado estruendosamente, pero es que también para cantar zarzuela hay que tener condiciones y  no se justifica que cuando la melodía sube una octava, el intérprete la baja porque no puede llegar a las notas altas;  el  estilo es muy importante, pero también la voz. La historia de la música está llena de melodías maravillosas que van cayendo en el olvido por indiferencia de los cantantes, por presiones de las compañías discográficas, por comodidad del oyente. Yo una vez decidí aprenderme algunos lieder de Schubert y aún los canto a voz en grito cuando nadie me oye, al lado de mi piscina o dentro de la ducha: Und er läzst es gehen alles wie es will, dreht, und seiner Leiere steht ihm nimmer still... La historia del viejo músico ambulante que “a todo es indiferente, da vueltas a la manivela y su instrumento suena sin cesar...”. cuando escuché a Barbra Streisand, que se atrevió a grabar algunos, me moría de envidia. Pero no me he dado por vencido.

A mis tres maestras vocacionales les encantaba ese género de música, que era mi moneda de pago por tantos favores.

Y Cerdá pagaba mis cuadros con pesetas contantes y sonantes, de manera que mi madre recibía cada  mes más dinero de su hijo Camilo que de su marido Eliseo. Por lo que recuerdo, mi madre asignaba a la casa una cantidad mensual, que siempre resultaba corta. Yo no tenía inconveniente en entregar a la señora Joaquina todo lo que me producían los cuadros, que era bastante. Dependía, claro, de mis ganas de trabajar; he dicho que me lo tomaba muy en serio. Tal vez intentaba resarcir a mi familia de los gastos que suponían los estudios de José: consideraba que me habían hecho conmigo demasiados sacrificios. Regresaba, pues, de la fábrica de Cerdá y entregaba el dinero tal y como lo había recibido.

-¿Por qué no te lo quedas para ti?- preguntaba mi madre.

-No me hace falta.

-Pero querrás comprarte algo.

-Los lienzos y la pintura.

No se limitaba desde luego a darme dinero para esos gastos.

Yo continuaba con una modesta asignación que dependía de mi voluntad y tenía decidido con Remigio que solo compraríamos instrumentos musicales cuando consiguiéramos ganar algo con la música. Más aún: de mi dinero personal empezaba a ahorrar para comprarme a plazos un tocadiscos y las grandes novedades del momento. Ya no podíamos depender solo de la radio...Barrachina empezaba también a trabajar en  oficios diversos y juntábamos nuestros duros mientras poníamos los cimientos de nuestro gran proyecto...

No quedaba tiempo para el descanso. Viendo yo la alegría de mis padres por mi responsabilidad laboral, no dejaba un minuto los pinceles. Angelines  me enseñó la técnica industrial, la pintura en cadena, y aquello era una mina de oro. Colocaba  la pintura en las paredes de mi habitación media docena de telas sujetas con chinchetas, imaginaba un tema pictórico, inspirado a veces en los grandes maestros (Veronés, Sorolla, Braque, Vermeer, Van Gogh, Murillo, Manet...), organizaba los colores y  comenzaba a pintar en serie. Si en lo alto del cuadro había una nube, mojando el pincel en la misma mezcla conseguía seis nubes casi en el mismo tiempo que me hubiera llevado una sola. Y así sucesivamente. Cuando mi frustración de artista era inaguantable, cambiaba de lugar el árbol, o el perro, o la nube, de manera que los seis cuadros nunca eran exactamente iguales.

A Cerdá no le inquietaba lo más mínimo este sistema. Él vendía pintura por metros cuadrados y le bastaba con no enviar dos cuadros iguales a la misma tienda. Lo que buscaba eran cuadros bonitos  y cuantos más mejor. Como descanso de aquella rutina, si ya había cubierto mi cupo económico del mes, pintaba retratos de los miembros de mi familia, o de mis amigos, o de mis profesoras; o paisajes muy elaborados que luego regalaba o alguien conseguía vender por mi cuenta. Lo importante es que me sentía libre, trabajaba en aquello que me gustaba y, además, me pagaban por ello. ¿Qué otra cosa podía pedir un muchacho de dieciséis años?. Sin embargo, aún pedía más. Confuso sobre cuál de las dos amadísimas novias casarme –la pintura o la música-, en realidad  me apetecía ser bígamo. Ya tenía dominada a la primera; había que empezar seriamente por la segunda.

 

Capítulo 13