Capítulo 13. Bodas y banquetes

“El tiempo solo se calcula por la felicidad o por el dolor”, escribió Dumas. A mí me había asignado la primera de las medidas. Tal vez había soplado a mi alrededor la tragedia, sin duda a mi lado había mucha gente que no era feliz, pero esa misma dicha personal me embotaba los sentidos, me adormecía un poco respecto a lo que sucedía a mi alrededor. Es una lucha que he tenido siempre conmigo mismo. Ya he contado de qué medios me valgo para aplacar los excesos de euforia cuando regreso a la soledad de mi casa. He tardado quizá demasiado, afanado por tantas cosas, en darme cuenta de esa respiración pestilente de la maldad, de la desdicha, del miedo. Eso también que intente revisar el tiempo pasado.

Entonces se trataba tan solo de una cuestión de supervivencia. Remigio y yo decidimos iniciar el camino. En los periódicos, ocasionalmente, y con frecuencia en la radio, empezaban a comunicarse pequeñas historias, extrañas anécdotas de muchachos tan jóvenes como nosotros que habían logrado ser famosos en muy poco tiempo gracias a la canción.

-¿Y cómo empezaste tú? –les preguntaban.

A uno le había regalado su padre una guitarra, el otro cantaba en el colegio, éste era aficionado a escuchar la banda de su pueblo, aquel otro ganó un concurso de baile y alguien lo llamó...

-Camilo, podíamos formar un dúo tú y yo.

-Ya se me había ocurrido, pero no me atrevía a decírtelo.

-¿Crees que de verdad podremos?

-Cantamos bien, ¿no?. Tampoco tenemos mala pinta.

En aquel instante ya no soñaba yo con ser Joselito, sino la mitad del “Dúo Dinámico”. La otra mitad le correspondía naturalmente a mi íntimo desde el primer año de los salesianos, a mi inseparable Remigio Barrachina, el que tenía picores de oreja durante el examen para el coro...y estaba empeñado en convertirse en músico. Tal vez su voz no era excepcional, pero tenía un oído espléndido y una gran habilidad para entenderse con cualquier instrumento que le cayera en las manos. Como también estaba trabajando, consiguió comprarse una guitarra eléctrica de mala calidad, pero que nos parecía de oro de veinticuatro quilates.

Le aplicó una pastillita de desecho, la conectaba al fondo de la radio y aquello empezaba a sonar como los propios ángeles. Yo ayudaba dándole los ritmos con las manos sobre una mesa. Solo faltaba la voz. Los dos cantábamos infatigables. Y lo cantábamos todo, como siempre había hecho yo, aunque pronto comenzamos a elegir. Nuestros primeros ídolos eran los hombres del swing, los primeros roqueros nacionales. Entre ellos, el “Dúo Dinámico”, al que estábamos dispuestos a desbancar en unos meses; a su lado un muchacho valenciano que empezaba a ser famoso por la región; se llamaba Emilio Baldoví, pero las chicas le conocían como Bruno Lamas. No obstante, aquel tipo de música no abundaba en la radio; había que andar persiguiéndola día tras día, hora tras hora, hasta conseguir aprenderla. Y, entretanto, no desperdiciábamos el tiempo e íbamos montando a dos voces aquello de Zapore di mare, zapore di sale y Non ho I´etá y Cae la nieve y esta tarde no vendrás...

Así pasaba la vida. No sé en qué momento exacto Remigio y yo nos encerramos en una habitación de su casa y empezamos a cantar a dúo acompañados por una guitarra mágica. Entre los quince y los dieciséis años, saltaba de los cuadros en serie a las canciones secretas, del taller de mi padre atiborrado del humo maloliente de los “Ideales” que me hacían toser a las tiendas de discos para averiguar si  por fin aparecían las grandes novedades que mencionaba Raúl Matas.

Algunos compañeros nos escucharon e intentaron que apareciéramos en público, pero nos faltaba la decisión final.  Y no por temor al público. En los salesianos habíamos hecho juntos teatro, con presencia de gentes de fuera del colegio; habíamos cantado incluso solos delante de desconocidos. Necesitamos el empujón final.

-Hay que buscar más músicos, Barrachina. Con un verdadero grupo podremos hacernos famosos. ¿A quién podríamos llamar?

Había colas de pretendientes en Alcoy. Remigio ocupó el puesto de guitarra baja, yo me quedaba como cantante, José Luis a la guitarra solista y dos Jesuses, una en la batería y otro de guitarra de acompañamiento. Cinco en total. El  batería Jesús tenía dos baquetas, pero carecía de caja, así que las golpeaba sobre la silla de madera. Así ensayábamos.  Horas y horas, casi todas las tardes, los domingos durante ocho horas seguidas.

Y como nos hacía falta el dinero y la fama, muy pronto aceptamos la primera oferta que se nos hizo. Era una boda,  una hermosa boda de las de otro tiempo, con mucha gente, mucha comida, mucha bebida, baile...Situados en un estradillo, vestidos de luto riguroso –porque llamaba más la atención, resultaba más revulsivo-, empezamos con nuestros mejores números. Pero aquella gente no apreciaba mucho a Bruno Lamas,  a los Dinámicos, a Adriano Celentano; ni siquiera habían oído hablar de ellos. Querían pasodobles, la raspa, la conga, canciones lentas. Puesto que nos habían contratado –aunque por cuatro perras- había que darles el gusto. Ya he repetido que nuestro repertorio –por lo menos el de Remigio y el mío- era inagotable. Durante horas cantando de todo, quizás hasta el Veni creator Spiritus, que siempre me había salido muy bien. Y cuando la mayoría estaba para el arrastre a causa del baile y de la bebida, atacábamos una serie completa de “twist”, con  lo que los más jóvenes del festejo se ponían a aplaudir como locos, a gritar y, naturalmente, a bailar.

Eso era el éxito y no otra cosa. Teníamos tan solo dieciséis años, pero tanta gloria en aquel atiborrado salón como Alejandro Magno en Macedonia. El contrato existente no especificaba horario, ni camerinos, ni número de piezas, ni potencia de vatios, ni comisión de manager, ni apoyos de Prensa, ni servicios de seguridad. Era una fiesta también para nosotros.

Cuando volvíamos a casa, de madrugada ya, con nuestros instrumentos bajo el brazo, a Barrachina se le ocurrió una idea esencial.

-Camilo, para que nos conozcan tenemos que tener un nombre.

-Podíamos llamarnos “Dúo BB y sus músicos”- dijo uno de los Jesuses, que tenía muy claro que nosotros éramos los jefes de la compañía.

-Eso suena a Conchita Piquer –dije yo-. Un nombre inglés, por lo menos.

-“Los Daison” –dijo Barrachina.

-Y eso qué significa –preguntó José Luis.

-Yo qué sé, pero no suena mal ¿verdad? Los Daison...,  Daison.

-Pero con y griega, ¿no? –pregunté yo.

-Parece más inglés con la y griega?

-Desde luego. Entre inglés y americano, supongo –dije muy rotundo.

-¡Muchachos, os presento a “Los Dayson”!

-¡Los mejores de Alcoy!

-¡Y de todo Alicante! ¡Los mejores!

Entre cante y cante le habíamos dado también al cubalibre y a la sidra. Nos habían aplaudido a rabiar y el padrino además del pago convenido, había tenido la gentileza de soltarnos una buena propina...¿Qué más podíamos desear? Con aquel dinero podíamos pagar el primer plazo de una verdadera guitarra. Éramos auténticos profesionales.

Al día siguiente, después de pasar por el taller eléctrico, tendría sin duda que completar la ración de pintura al  por mayor...El camino se presentaba largo. Y uno de aquellos días, cuando al fin admirábamos una caja nueva para Jesús, cuando nos preparábamos para un banquete en honor de un jubilado, cuando intentábamos sintonizar una emisora francesa o italiana, cuando le daba la pincelada definitiva al arroyuelo entre los sauces, un día de aquellos, exactamente el 5 de  octubre de 1962 –yo acababa de cumplir los dieciséis años- se ponía a la venta en Londres un disco titulado Love me do. Sus autores llevaban ya seis años ganándose la vida con la  música e incluso habían actuado en Hamburgo, Alemania. Se  llamaban Los Beatles. Alguien pudo pensar que era un disco más, uno de tantos de aquella gente que vestía de forma  agresiva y cantaba con una especie de desenfreno inmoral,  melenudos, irrespetuosos, pero el vocalista de “Los Dayson”, o quizás todavía del “Dúo BB (Blanes-Barrachina), se pegaba locamente a la radio cada vez que sonaba aquella magnífica canción, tan raramente. A Barrachina también le gustó mucho y luego Please, please me y Twist and shout ya nos pareció una locura. Inmediatamente nos pusimos manos a la obra para incorporarlas a nuestro repertorio. Con las ganancias de las actuaciones en bodas y banquetes nos habíamos comprado ya un tocadiscos y encima de él empezaron a desgastarse de tanto girar los discos de Los Beatles. Como no teníamos ni la más remota idea de inglés, nos aprendimos fonéticamente la canción. Y como yo estoy bien dotado para las lenguas, con un oído excelente, conseguía reproducir milimétricamente cada palabra, cada sesgo de la voz, cada nota. Joselito acababa de morir definitivamente en mi corazón.

Poco a poco empezaba a relegar la pintura “para cuando tenía tiempo”; cubría con estrechez mis cupos económicos, sobre todo para que en mi casa no sospecharan. Entregaba un dinero a mi madre y los beneficios de la música, que eran miserables, se empleaban comúnmente en la compra de mejores instrumentos, de discos y de los primeros póster de “Los Beatles” , traídos incluso de Londres. En unos meses nos convertimos en la vanguardia musical alcoyana.

Yo leía todo lo que caía en mis manos, con tanta pasión como escuchaba la radio. Según decía un periódico,  que criticaba con furia a “las nuevas generaciones”, había en España a comienzo de los sesenta unos veinte mil conjuntos musicales, el noventa por ciento de los cuales eran conocidos por sus vecinos (era nuestro caso), así, pues, más de cien mil chavales jóvenes empezábamos a abrirnos camino en la  música. ¿Cuántos llegaríamos a la meta?.

La gente mayor no solo no nos entendía, sino que tampoco les gustábamos. En un recorte de la revista Triunfo, de  diciembre de 1962, leía esta tontada: “Se levantan, chillan, marcan unos compases, se vuelven a sentar; silban cuando  un número les gusta; la tradicional costumbre de la ovación española para premiar una actuación que ha sido de nuestro agrado, es sustituida en esta ocasión por el silbido ululante, por el pateo rítmico, en la mejor tradición del “show” americano.”

Se referían las noticias y las fotos escandalosas a lo que estaba  ocurriendo en el “Circo Price”, de Madrid, que debía de ser lo mismo que nuestra Glorieta pero a lo grande. “The  Diamond Boys”, Jean Pierre y “Les Rebelles”, “Los Teen Boys” “y sus voces que electrizan, Ontiveros, “Los Sonor”, Mike Ríos, “Los Satanes”, Lorenzo Valverde acompañado de “Los Pekenikes”, “Los Dragones Rojas”, “Los Gatos Negros”, “Los Tonys” “Dick y Los Relámpagos”, “Los Cinco Estudiantes”...

Aprendíamos de memoria todos aquellos todos nombre y, con el paso de los años, iría descubriendo detrás de ellos a muchos amigos, a muchos compañeros, músicos que todavía hoy me acompañan, veinte años más tarde, cantantes, productores técnicos que no solo conforman los orígenes de la música española actual, sino que aun hoy siguen siendo, en distintos puestos, su verdadera alma.

Los grises aporreaban a los seguidores que continuaban bailando en la Plaza del Rey después de los conciertos, mientras los elefantes y las jirafas del circo se agitaban en sus jaulas.

“Sobre el asfalto, en la acera, en plena calle, bajo la lluvia, estos jóvenes bailan al ritmo de nuestro tiempo: el “twist”. Esta histeria colectiva no se ha producido en Londres ni en Estocolmo. Acontece en Madrid a las dos de la tarde del pasado domingo. No ha sido una escena única, insólita, la que ha captado el fotógrafo. Se repite cada día festivo tras la sesiones de ritmos modernos que, con gran éxito de público, se celebran en nuestra capital. Miles de jóvenes, tras haber soportado dos horas, o más de guitarra eléctrica, batería y canciones en inglés, inician a ritmo de “twist” su vuelta a casa. ¿Quiénes son estos muchachos? No creemos que sean universitarios, no creemos que sean jóvenes obreros. ¿Dónde, pues, ubicar a estos muchachos? ¿De dónde salen, a qué se dedican?.

Así comentaba el diario Pueblo una enorme fotografía presentada en su primera página. Miguel Ángel Nieto, alias El Calvo, organizador de aquellos festivales y actualmente uno de los informadores políticos más respetados en la radiodifusión del país (en la cadena Antena 3), me contaría más tarde que todo había sido manipulado; el fotógrafo había pedido a cuatro chavales que bailaran en la calle, porque no había podido hacer las fotos en el interior del Price por falta de luz. Y aquel truco  había servido para hablar de histeria, de soportar la guitarra eléctrica y para preguntarse si aquellos jóvenes eran quizás marcianos, o comunistas, o ratas de las cloacas, o delincuentes comunes. De paso, el periódico azuzaba a los poderes públicos y a los guardias para que cortaran de raíz aquel insólito relajo, aquel pecado de modernidad en una España que deseaba vivir tan aislada del mundo como cuando yo había nacido. Pedían el regletazo de los salesianos, la desaparición pura y simple de la juventud como grupo social. Clamaban por lo viejo, por lo aburrido, por lo rutinario. En el mejor de los casos, por lo cursi...y censurado: Cerca de aquí me la encontré, / mi caballo al trote la alcancé. / ¿Quién  eres tú? Yo no sé. / Pero por si acaso te querré. Aunque la versión original tenía un verso muy diferente, aunque no menos hortera: Cerca del bigote, bésame. Lo cantaban Luis Mariano y Gloria Lasso y aquellos ideólogos de entonces debían de saber muy bien de dónde venían sus ídolos. Sobre nosotros, las mejores conjeturas nos asignaban orígenes infernales.

Capítulo 14