Capítulo 14. Los Dayson en la cumbre

No nos causaba  desánimo e inquietud el hecho de que Los Dayson fueran un grupo más de los veinte mil que intentaban circular por España, ni siquiera el que no tuviéramos la apetecida oportunidad de presentarnos en el Circo Price. Sobre  todo porque empezábamos ya a dominar el panorama,  es decir, a hacernos un hueco en nuestro territorio. La lucha con Los Cinco Joes era la muerte. Si exteriormente se manifestaba en el número de niñas que cada grupo arrastraba a la Glorieta o a las bodas y banquetes, en el mecanismo íntimo y secreto de cada uno la batalla tenía otras reglas. Lo importante era saber interpretar las canciones más nuevas, más llamativas, a ser posible en inglés; saber vestirse con mayor personalidad; poseer los instrumentos mejores (guitarras y baterías); recibir más saludos en los paseos de la calle de San Lorenzo.

Nuestro equipo técnico se iba incrementando a medida que ganábamos dinero. No nos quejábamos en ese sentido. Si los grandes divos del Price cobraban tres mil quinientas pesetas por sus actuaciones, el que a nosotros nos pagaran la mitad era todo un éxito. Y como seguíamos trabajando al margen de la música, no necesitábamos aquel dinero para vivir: lo dedicábamos todo al equipo, a pagar a Masanet –que también nos servía portes a plazos- y a buscar la ropa adecuada.

Remigio y Camilo seguíamos siendo el corazón de Los Dayson. Los demás miembros eran un poco aleatorios. A veces buscábamos refuerzos, intercambiábamos a alguno de los componentes, aunque los dos Jesuses y José Luis eran siempre los socios fijos. Solo aparecía algún otro cuando ellos fallaban.

Y, por si acaso, nos fuimos al fotógrafo mas elegante y caro de Alcoy para hacernos un retrato de grupo, con varios cientos de copias para regalar a nuestras primeras fans.

Por fin me había casado yo con mi segunda novia y era una boda ruidosa, brillante y espléndida. En seguida me di cuenta de lo difícil  que es mantener una bigamia digna y efectiva.

La música me robaba mucho tiempo de mis trabajos pictóricos; los tenía limitados a lo justo para que Cerdá no se enfadara y para que mi madre recibiese mensualmente una cantidad al menos similar al que le entregaba mi padre. Era casi una cuestión de orgullo. A pesar del aspecto enfermizo que tengo, por la palidez de mi piel, gastaba más energía que nunca. En realidad, me sobraba, como ahora mismo. En los escenarios era siempre el de delante y brincaba, bailaba, me contorsionaba como un atleta, sin dejar de cantar a todo gas. Debo reconocer ahora, cuando tanto he aprendido, que no lo hacíamos nada mal. Yo cantaba con mucho entusiasmo, sobre todo las canciones de Los Beatles, y las dos voces de acompañamiento, también magníficas, lograban un conjunto casi perfecto; si con los instrumentos estábamos todavía un poco verdes, la parte vocal de las canciones que interpretábamos –siempre ajenas- resultaba excelente.

No lo estábamos logrando sin esfuerzo.

De momento, habíamos alquilado una nave en mal estado y muy próxima al taller de mi padre. El acondicionamiento consistió en una limpieza a fondo –siempre he sido muy meticuloso con la limpieza de mi entorno- y en un tapizado general de todas las paredes; pero no con corcho o algún elemento que favoreciese la acústica, sino con carteles de Los Beatles.

Solíamos leer juntos las revistas Discóbolo y Mundo Joven. Por alguna de ellas conocí la noticia del suicidio de Marilyn Monroe, en el verano del 62. fue un choque terrible, más por el suicidio en sí que por la desaparición de la propia estrella. Aquella palabra pecaminosa y nefasta, mencionada como con miedo en las informaciones, me provocaba intranquilidad y espanto. Alguna tarde Los Dayson y sus seguidores más cercanos habíamos silbado de admiración en los cines de Alcoy ante sus contoneos y sus canciones; soñar con pasar un rato a su lado era una inimaginable estupidez; y mucho más a los dieciséis años, pero la privación de ella no resultaba tolerable. ¿Por qué una mujer tan esplendorosa elegía la muerte?. Era eso lo que no podíamos comprender. En la adolescencia, la muerte es siempre un visitante extraño y brumoso;  no se le presta importancia; no se le reconoce, no existe. Buscarlo como ella hizo sobrepasaba mi capacidad de raciocinio. Como, por otra parte, seguíamos teniéndola tan cerca de nosotros, en la pantalla, no podíamos hacernos la idea de su  desaparición: no era más que un cuento de los periódicos. Muchas gentes de mi edad han hablado luego del terrible trauma de aquel  suicidio del 62, de un hundimiento del mundo a su alrededor. Ni para mí ni para mis amigos significó tanto. Solo incomprensión y sorpresa. Unos diez años mas tarde, cuando yo estuve a punto de seguir su camino a causa de una depresión semejante, aunque sin duda menos motivada, entendí lo que encerraba aquella patética palabra: suicidio...pero se trata de una historia que contaré a su tiempo, si  no me arrepiento antes.

Hablaba de lo que significó aquella muerte  para los muchachos de mi generación, por lo menos según relataron más tarde. Marilyn no era el ídolo soñado de Los Dayson; al lado de Los Beatles, significaba poco más que una mujer atractiva y apetitosa a la que jamás podríamos acercarnos. Por lo demás, desde que empezaron a gustarme las mujeres  de la pantalla cinematográfica, nunca tanto como las de la realidad, dicho sea de paso, preferí siempre a Brigitte Bardot. ¿Debo pedir que me perdonen por ello?.

Lo que sí nos impresionó vivamente fue la otra muerte escandalosa, la que ocurrió en el año siguiente. Precisamente de un hombre tan relacionado con ella. El asesinato de Kennedy fue de verdad un golpe bajo entre nosotros. Tal vez porque fuese católico, porque fuera joven, por esa aureola mágica que lo  rodeaba, el hecho es que en mi casa lloramos al saber  la noticia. En cierto sentido, Kennedy representaba para los muchachos de entonces la victoria en la lucha que estábamos llevando a cabo. Nadie se planteaba abiertamente si sabía bailar el twist o si le gustaban las canciones de Los Beatles; se daba supuesto. Imaginábamos que aquel hombre era uno de nosotros, que nos estaba ayudando a triunfar desde los más bajos escalones, que no se escandalizaba con nuestras cabriolas en los escenarios y nuestras ropas, que nos aplaudía desde lejos, que estaba empeñado en cambiar el mundo entero para reconstruirlo a nuestra medida...Al perderlo, perdíamos de verdad una parte de nosotros mismos, a un amigo poderoso y cercano, a nuestro portavoz, a nuestro defensor principal. No se trataba de un apoyo  a una determinada política, no se trataba de ideología. Solo sentimientos, o sentimentalismo,  o sentimentalidad...

Teníamos prevista aquel fin de semana una actuación. El día 22 de noviembre era jueves o viernes. Se habían vendido ya entradas para un festival benéfico en una nave de las afueras de Alcoy.

-No deberíamos actuar- dije yo-. Deberíamos hacer luto.

-Pero se enfadarán las chicas.

-A ellas también les gustaba Kennedy. Yo creo que no va a importarles.

Yo había oído la noticia el día anterior por la radio, en mi casa, y de pronto me había quedado sin fuerzas. No podía cantar en nuestra leonera, en donde preparábamos algunas canciones nuevas.

Cuando se lo planteamos a los organizadores, les pareció bien nuestra decisión. No solo admitieron nuestra ausencia, sino que incluso suspendieron todo el festival. La desaparición de nuestro desconocido amigo era más dura que la de Marilyn. Y si Los Dayson habían decidido guardar luto, hasta Los Cinco Joes lo aceptaban.

Porque ya entonces, en 1963, éramos los ídolos de Alcoy.

Seguíamos sin cobrar un duro, comprando los instrumentos a plazos, pero todo el mundo nos adoraba. Creo que hasta  los guardias, a pesar de los escándalos públicos que solían organizarse a nuestro alrededor.

Estábamos llegando a la cumbre. Y, como siempre suela ocurrir en España, aquella llegada hubo que producirse no en nuestra tierra, donde éramos reconocidos profetas, sin embargo, sino “en el extranjero”. Jamás Los Dayson habían tenido ni tuvieron luego una gloria tan grande. Fue nuestra primera actuación pública.

No recuerdo quién pensó en nosotros. Llegó un buen día un delegado “extranjero”, de Onteniente, para ofrecernos participar en un festival que se estaba organizando en un teatro llamado “El Patronato”. Se estaba reuniendo a los mejores grupos de la región. “El extranjero”, en realidad, dista unos treinta kilómetros de Alcoy y es un pueblo parecido al nuestro. Por lo demás, era también un poco mi segunda patria. Allí vivía parte de mi familia, tíos, primos, y mis padres me habían contado sus viajes en burro para visitarlos, antes de la guerra. Yo mismo había ido muchas veces, ya en el coche de mi padre, y conocía a mucha gente. Pasaba largas temporadas en verano, tenía amigos, conocía a todo el mundo y me conocían a mí. No obstante, Onteniente no era Alcoy. Que llamaran a Los Dayson era un verdadero éxito.

Especialmente porque íbamos a actuar en un teatro, un verdadero teatro. Nada de sesiones de baile para niñas, nada de raspas y congas para los mayores, nada de Sombrero, ay mi sombrero..., música a petición del respetable público, nada de eso. Se trataba de un verdadero concierto, y en competencia con otros nuevos grupos de allí. Incluso se pensaba que acudiría el mismísimo Bruno Lomas.

Ni siquiera me importó madrugar. Todavía era de noche cuando Masanet apareció con su vehículo, nervioso y eufórico.

Cargamos los adminículos, nos acomodamos en el interior de la furgoneta y emprendimos viaje. Íbamos Remigio, José Luis, Jesús, guitarra rítmica, y un nuevo batería que se había prestado a echarnos una mano; y yo, naturalmente. El nuevo  batería era otro amigo del alma, Juan Iborra. Ahora es profesor de percusión en el Conservatorio de Madrid y está considerado como el mejor percusionista de Europa. Entonces ya era muy bueno, aunque debía de contentarse con instrumentos de segunda categoría.

A media mañana subimos al escenario. Iborra golpeaba una caja y un plato –era toda nuestra disponibilidad en cuanto a batería- pero de pié, y bailando también el prodigioso ritmo del twist. Remigio, José Luis y yo llevábamos una guitarra cada uno: ellos tres hacían a la vez las voces de acompañamiento y yo la de solista. Llevaba pantalón y pullóver negros y un cuello postizo negro que me había confeccionado para la ocasión, sobre una camisa blanca.

 

Abajo, una algarabía impresionante. Creo que todos los jóvenes de Onteniente habían acudido al Patronato. Y gente mayor también. Ciertamente, allí estaban todos mis primos con sus novias, novios, amigos, compañeros; los primos de mis primos, mis tíos...Cuando Remigio logró poner en marcha los sistemas electrónicos de su guitarra y sonaron las primeras notas, la muchedumbre de las butacas empezó a gritar desde sus asientos:

-¡Ca-mi-lo! ¡Ca-mi-lo! ¡Ca-mi-lo!

Eran  varios centenares de gargantas aclamándome, la mayor parte de ellas de chicas jóvenes.

-Bueno ¿y nosotros? –preguntó sonriendo Remigio.

-¡Remigio, Camilo, Remigio, Camilo!

-Chico, ¿qué les das? –me dijo adelantándose al borde del escenario. Iborra punteaba entusiasmado los gritos los gritos en su caja, sin dejar de moverse.

 

Se nos habían asignado un par  de canciones, apenas diez minutos de actuación. Cantamos  cinco durante más de veinte minutos. Era preciso aplacar los aplausos, los silbidos, los gritos antes de comenzar cada una de las canciones. Los chavales empezaron a situarse en los pasillos o sobre las butacas y a bailar entre ellos, al mismo ritmo que nosotros. El jadeo era formidable. Si yo hubiera estado ya acostumbrado a aquel acoso de las fans si no hubiera conocido tantas veces antes aquel entusiasmo cálido y desmesurado, me habría desmayado allí mismo. Pero las niñas habían empezado ya a asistir a las misas de los salesianos a escucharme, me esperaban tímidas en la puerta de la iglesia; chillaban, se desmelenaban como estaba ocurriendo ahora. Era, pues, como un baño familiar, como un aire conocido. Y me sentía dentro de él.

 

Con solo barro nos formó, en su creación perfecta...Ése fue nuestro primer número, un tema del mexicano  Enrique Guzmán que Bruno Lomas había hecho popular. Como él no apareció, lo utilizamos nosotros. Después, María Amparo, me gustas tú, con tu suéter y tus blue-jeans; vámonos juntos a bailar...No había por entonces muchos blues-jeans y las chicas decentes  tampoco se enfundaban jerseys particularmente llamativos, pero todo el mundo sentía lo que la canción explicaba. Luego Rezaré por ti, porque en tu corazón..., una obra estupenda de Celentano. Y el Twist and shout como remate. El representador del festejo matinal no conseguía hacerse oír:

 

-¡Por favor, por favor, muchachos! Habéis acabado de escuchar a Camilo y su voz microfónica acompañado por Los  Dayson. Volveremos a invitarle, lo prometo, lo prometo...

 

-¡Ca-mi-lo! ¡Ca-mi-lo!

 

Abandonamos  el escenario, porque ya venían otros empujando. Cuando salimos a la calle, solo nos esperaba media docena de seguidores; los otros continuaban disfrutando del espectáculo. Una tía mía se me lanzó al cuello llorando de emoción, como si se hubiere encontrado con el Papa. Tuve  que despedirme de mis compañeros para acompañarla a casa a comer. Los otros Dayson se las arreglaron en los bares de Onteniente, con Masanet y los otros músicos que habían intervenido en el Patronato. Y en casa de mi tía firmé mis primeros autógrafos. Mis primos me trajeron las octavillas que anunciaban el festival y en varias de ellas estampé mi nombre. Camilo y su voz microfónica, con Los Dayson acababan de conquistar la fama, la posteridad, la gloria. Por lo menos, en Onteniente.

Capítulo 15