Capítulo 15. Doble examen

La historia de los Dayson, con Camilo y su voz microfónica al frente, fue bastante larga y no vacía de éxitos, aunque éstos raramente sobrepasaban la región alcoyana. Duró realmente hasta que mi decisión de tentar la aventura en Madrid planteó algunos problemas a varios otros miembros del grupo. Pero entonces llevábamos ya sobre nuestras espaldas algunos centenares de actuaciones, poseíamos uno de los repertorios más ricos entre los grupos de la época e incluso habíamos concluido las primeras composiciones propias, que sólo ocasionalmente nos atrevíamos a interpretar en público. A lo largo de más de tres años, no sólo había ido aprendiendo música, a tocar la guitarra, a perfeccionar la voz y a moverme en los escenarios con todo lo que ello implica -organización de los conciertos, luces, efectos, ropas, relación comunicativa con los diferentes públicos-, sino que me iba forzando humanamente. Pero un roquero que se iba haciendo hombre a principios de los sesenta no tenía muchas preocupaciones aparte de su trabajo en la música. Todo era agradable, brillante, cómodo. Ahora me doy cuenta de que ante la vida de nuestros prójimos sentíamos un cierto pasotismo avant la lettre ; nos inquietaba tan sólo nuestra propia presencia en el mundo, en nuestro reducido mundo, el calor de nuestras seguidoras, los aplausos, la música más vanguardista. La rebeldía frente a lo establecido se limitaba a esas manifestaciones externas y casi biológicas ; quiero decir que en nuestra vida había más sentimiento que ideología, aunque posteriormente -o simultáneamente- aquel sentimiento fuera tranformándose en ideología, más entre quienes nos contemplaban que entre los que movíamos el mundo sin saberlo. Pero lo estábamos moviendo y agitando, como luego se vio.

            A ser consciente de esta realidad me ayudó sobre todo Juan Iborra, el batería genial que algunas veces actuaba por gusto con nosotros, aunque no perteneciera al grupo. Juan era y sigue siendo una maravillosa mezcla de músico, de poeta, de extraterrestre y hombre en su expresión máxima.

            -Tienes que componer canciones en valenciano, Camilo- me decía. -Si todo el mundo pronunciara el valenciano como tú, sería la lengua más hermosa del mundo. Yo creo que ya lo es, pero la gente descuida la fonética.

            Me prestaba libros de poetas valencianos y catalanes –Guimerá, Aribau, Maragall, Espriu, March, Andrés Estellés, Carles Salvador, tantos otros- y me pedía que leyera en voz alta los poemas. Aquellas sesiones eran como una continuación de mis solitarias lecturas de los poetas castellanos y también un descubrimiento de otras sonoridades, otras sensibilidades. Iborra era un entusiasta de todo lo mediterráneo y lo es aún, tal vez más, desde que se casó con un mujer mexicana y pasa largas temporadas en el país de ella. En lo mediterráneo no incluía sólo a los poetas y a Sorolla, sino también a la música árabe y griega. Precisamente mis primeras composiciones en valenciano, aún inexpertas y por eso no grabadas posteriormente, tenían una fuerte influencia de la música árabe ; incluso algunas noches pasábamos juntos grandes ratos escuchando la música maluf de Túnez que nos llegaba por encima de la olas del mar amado. Algunas huellas de esta afición casi secreta han quedado en muchas composiciones o interpretaciones mías, no sólo en Melina, Más que nunca y  Miénteme.

            Aquellos consejos de Juan me acompañan hasta hoy. Jamás aceptó tocar con ningún cantante o grupo moderno salvo conmigo. El rumbo de su vida no le ha permitido hacerlo con la asiduidad que yo hubiese querido. Mi amigo de Muro de Alcoy, pegado a nuestra sangre durante toda la vida, fue un compañero inolvidable de aquellos años, como Remigio, el que mejor supo empujarme y compartir lo que a nuestra edad resultaba inconcreto y confuso.

            Mientras tanto, la actividad del grupo no cesaba. No sólo actuábamos en la “Glorieta” y en el “Centro Preuniversitario” (conocido en Alcoy como “el Seu”), sino en los pueblos de los alrededores y en una zona turística próxima a mi ciudad llamada “La Fuente Roja”. En “el Seu” sobre todo las colas empezaban a formarse varias horas antes de iniciarse los conciertos ; toda la juventud de Alcoy nos seguía ya como ídolos indiscutibles. Los Dayson eran Camilo y adonde iba Camilo allí iban las niñas. Y adonde iban las niñas, allí acudían los chavales, claro. Naturalmente, cobrábamos por nuestras actuaciones, pero siempre tan poco que apenas teníamos para pagar el alquiler de nuestra nave y para la renovación de instrumentos y vestuario. Yo seguí siempre aportando a la familia el dinero ganado como pintor, actividad que no podía abandonar y, además, tampoco quería.

            Pero no todo el mundo veía con buenos ojos el creciente éxito de Los Dayson. Un día se presentó en la “Fuente Roja” un policía.

            -¿Teneis carné de artistas?- preguntó.

            -¿Y eso qué es?- dijo Barrachina.

            -Carné del Sindicato. El que autoriza a cantar o actuar en público cobrando.

            -Ni idea- dije yo.

            -Pues se han recibido denuncias de que actuáis ilegalmente, en competencia ilícita. Estáis avisados. La próxima vez tendré que multaros. Por hoy pase, que la gente ya ha pagado sus entradas.

            Algunos profesionales de las orquestas clásicas de la región –especialmente los especializados en bodas y banquetes- empezaban a temer nuestra competencia, que les quitaba clientela. Era una estupidez, pero legalmente justa.  Así que inmediatamente nos lanzamos a la burocracia y solicitamos el carné del Sindicato. Muy pronto nos llamaron para las pruebas de rigor. Debió de ser en 1963.

            Y era un domingo por la mañana. En una sala de fiestas de Alicante llamada “Albany”, un grupo de señores, casi todos vestidos de oscuro a pesar del calor, fumaba con mucha seriedad delante del escenario. Algunos nos habían advertido ya de que convenía acudir a aquel lugar con algún género de recomendación, si deseábamos salir con bien del trance, pero era un detalle que habíamos pasado por alto. Estábamos seguros de que sabíamos actuar ante el público, de nuestra profesionalidad, de modo que ni buscamos cartas del gobernador militar ni compramos jamones. Para obtener el carné se pedían dos interpretaciones distintas. A mí se me ocurrió cantar primero en valenciano y luego una canción en español, idioma que también es mío. Delante de nosotros se presentaron Los Cinco Joes. Iban ya a la desesperada, porque también habían sido denunciados pero llevaban acudiendo a “Albany” cuatro o cinco veces sin que consiguieran aprobar. Uno de ellos, al encontrarnos, me miró con un gesto de piadosa superioridad : sospechaba que nos quedaba todavía muchos intentos.

            Subimos al escenario. Miré al severo jurado desconocido con mis ojos más infantiles, le dirigí una sonrisa casi cómplice. Era un riesgo. Podían mandarme a casa antes de escucharme por aquella osadía en un chaval de diecisiete años. Y nos lanzamos a nuestro propósito : primero No la canteu més y luego una de nuestra propia inspiración. Creo que incluso uno de los miembros del jurado (¿o era tal vez el acomodador, o el vigilante del local, o un camarero?) se puso a aplaudir cuando hubimos terminado. Nos dieron el carné a todos los miembros del grupo, carné profesional de Teatro, Circo y Variedades. Mientras Los Cinco Joes quedaban una vez más colgados –y creo que eso supuso su posterior desaparición-, Los Dayson podían ya recorrer el mundo con todas las autorizaciones legales para actuar como músicos, cantantes, actores, equilibristas, payasos, domadores de fieras, starlets de varietés o cualquier otra cosa que se nos ocurriera. Nadie podría decir ya que la voz microfónica de Camilo era intrusa en los escenarios, ningún policía podría retirarnos de las tablas por falta de papeles. Podíamos soltar más humos que un tren, si nos apetecía. Personalmente me parecía una minucia aquella cuestión del carné profesional : si una persona canta bien, puede hacerlo con o sin un papel determinado en el bolsillo. No me sentía más importante, más orgulloso, mejor cantante con la posesión de aquel carné. No obstante, aquel paso insignificante y obligado por las circunstancias era quizás una decisión más rotunda, más firme de lo que parecía : la música era mi profesión.

            Para celebrar el éxito, gastamos hasta el último céntimo y empeñamos los próximos en nuevos instrumentos. Fuimos a la casa Alberdi de Valencia e incorporamos a nuestro material dos espléndidas columnas que causaron sensación entre nuestros seguidores, colocadas una a cada lado del escenario. Algún tiempo más tarde incorporamos también a nuestra leonera un trofeo magnífico. Se estrenó en Alcoy la película de Los Beatles Qué noche la de aquel día y nada más anunciarla, ya de madrugada, apenas colocado, los cinco aventureros de Los Dayson robamos uno de los carteles de gran tamaño que anunciaba la cita. Lo situamos en el lugar más noble de la nave de ensayo y, en una larga sesión, interpretamos todas las canciones del filme, en homenaje al cuarteto de Liverpool. Con el transcurso de los meses habíamos ido abandonando la música anticuada y aficionándonos más a la inglesa y americana. Salvo los Rolling Stones, que siempre nos parecieron demasiado duros, violentos y ásperos, con un sonido sucio y muy follonero ; salvo ellos y sus imitadores, lo incorporábamos casi todo. En especial, las canciones donde imperaba la armonía de las voces, la riqueza de matices y acordes y la dulzura del sonido, dentro del rock. En Long tall Sally yo interpretaba el papel de guitarra de acompañamiento, una vez conseguido cierto dominio del instrumento, y el de cantante.

            Ya entonces me daba pena no disponer de tiempo para dedicarlo exclusivamente al estudio científico de la música o al cultivo selectivo de un instrumento. Incluso ahora a veces me planteo abandonar el trabajo regular para encerrarme en alguna parte, con algunos profesores, para estudiar. Sin embargo, nunca lo consigo. Me he habituado ya a pensar que mi instrumento es la voz y que es en ese instrumento en el que debo trabajar continuamente. Pero eso no me libra de la tristeza de conocer bien a fondo otros instrumentos. En los años de que hablo continuaba asistiendo a las clases de Bellas Artes, aunque irregularmente, y continuaba pintando. Era imposible hacer más cosas. ¿De donde sacar las horas para estudiar solfeo?

            Por otra parte, las actuaciones se multiplicaban. Y pronto se nos presentó la oportunidad de salir de nuestro habitual círculo en la región valenciana. Fue muy poco después del examen de Alicante y una especie de segundo examen o reválida de lo que hasta entonces habíamos aprendido.

            Nos seleccionaron para intervenir en un programa de televisión titulado “Salto a la fama”. La furgoneta de Masanet cargó con los cinco Dayson y sus bártulos y emprendió el más largo viaje realizado hasta el momento. El hombre conocía un pequeño hostal, muy modesto, situado en la calle de la Victoria en Madrid, en un barrio de toreros sin éxito, aventureros de la peseta y otras gentes de mal vivir. Allí nos alojamos, sin conceder al lugar más importancia que la de su baratura.

            Comenzaron las pruebas y las eliminatorias previas. Durante interminables horas, casi todas en espera de que apareciese alguien que no estaba o de que se subsanara una avería repentina, empecé a familiarizarme con el mundo vertiginoso, confuso, voraz y apasionante de la televisión. Curiosamente, teníamos ya tantas tablas que nos encontrábamos en nuestro ambiente, como si no hubiéramos hecho otra cosa en la vida que mirar a los pilotitos rojos de las cámaras y atender las órdenes de los regidores. Nos seleccionaron. Entres las canciones propias que interpretamos en la convocatoria, incluimos una de Los Brincos, Flamenco.

            Alguien dijo :

            -Vais a cantar Flamenco.

            -¿Flamenco? Nosotros preferimos cantar en la final una nuestra.

            -Las vuestras no son conocidas. Es mejor Flamenco.

            No hubo manera de convencerlos. Yo insistí en que nos dejaran interpretar una de nuestras canciones, pero ellos se negaron. No sé si por presiones de alguien, porque estaba de moda o porque no deseaban allí demasiadas novedades, Los Dayson tuvimos que resignarnos a dar aquel salto no deseado. Nos clasificamos, llegamos a la final, pero no ganamos el concurso.

            Habíamos actuado bien, muy seriecitos, vestidos con trajes nada llamativos. Y sólo me permití una libertad que suscitaría ya entonces numerosos comentarios. Cuando la canción dice y si mi novia tú quieres ser, dirigí a la cámara, que me enfocaba en primer plano, un guiño nada disimulado. Todas las chicas que luego me vieron pensarían que aquel guiño iba dirigido a ellas, a cada una de ellas, y si eso les gustó mucho, a otros les pareció exagerado y hasta obsceno.

            Regresamos de Prado del Rey a Alcoy satisfechos y felices, aun sin haber vencido. Habíamos conocido la capital, nos habíamos relacionado con otros grupos desconocidos nacionalmente como nosotros mismos y a mí se me había metido en la cabeza una idea fija : “Aquí es donde tenemos que estar”. Si el examen en sí mismo no había sido un éxito, la experiencia había resultado muy rica.

            -Aquí es donde tengo que estar, Remigio- le dije a mi amigo.

            -Todos juntos.

            -Todos juntos.

            La vida juvenil de Alcoy se detuvo cuando Los Dayson aparecieron en la pantalla lechosa. Los cinco nos reunimos en mi casa para ver la grabación. Los cinco estábamos dispuestos a emprender el vuelo juntos, un grupo que conseguiría imponerse a pesar de la abundancia de ellos y de las dificultades de destacar. Yo no pensaba entonces dedicarme a la música como cantante solista, sino como uno más dentro del grupo, uno más de Los Beatles de Alcoy. Sentados en el saloncito de mi casa, con mis padres, con Chelo, sospechábamos que aquello sería posible. Mi madre empezó a llorar apenas aparecí yo y sospecho que se perdió todo el espectáculo. Sólo dijo lo que luego ha repetido tantas veces :

            -¿Que no es emocionante, Camilo?

            Era muy emocionante, desde luego. Chelo también tenía los ojos húmedos. En el fondo, las dos intuían, como yo mismo, que aquello era como salir de una habitación dejando la puerta bien atrancada. La señora Joaquina tenía pánico a que su hijo pequeño, su hijo mimado, abandonara para siempre el hogar. Y tal vez a eso se debían sus lágrimas, tanto como a la emoción. Nosotros mismos, en medio de la alegría de reconocernos, de vernos “desde fuera” por vez primera, nos sentíamos algo inquietos ante lo que podía significar aquello. A ninguno nos preocupaba lo más mínimo no haber quedado clasificados en primer lugar ; nos preocupaba lo que significaba estar allí y en tantos millones de hogares de toda España.

            Cuando concluyó el programa salimos en tromba de la casa. Estábamos anhelantes por comprobar si todo Alcoy había muerto de infarto al vernos, si al salir a la calle nos iban a devorar como a Los Beatles en sus conciertos. Estábamos vestidos como ellos : pantalones campana, gorritas como las que ellos usaban, pelo prudentemente largo, chaquetas ceñidas. En vez de caminar de cualquier modo, nos poníamos en fila o agrupados a lo ancho de la calle. En realidad, sentíamos en aquel instante que Los Beatles éramos nosotros.

            -Muy bien, chavales, muy bien- nos decían los mayores.

            -Son unos cabrones. El premio era vuestro. Érais los mejores.

            -¿Me guiñabas a mí, Camilo?

            -Estupendo. Los Dayson, los mejores.

            Se dirigían a nosotros las amas de casa, los dueños de los bares, los guardias municipales, los niños de las escuelas. Y sobre todo la gente de nuestra edad, nuestros incondicionales. Todo Alcoy estaba entusiasmado de que alguien del lugar fuera tan famoso como para salir cantanto en la televisión, que por entonces sólo tenía en España ocho años de vida : todavía es un milagro aparecer en la pantalla. Éramos indiscutiblemente los número uno, la gloria del pueblo. El viaje a Madrid nos había costado bastante dinero, pero aquella aparición multiplicaría nuestros contratos, nuestras actuaciones, aunque no nuestras tarifas. Claro que eso nos importaba muy poco. Estábamos seguros de que íbamos por el buen camino. Ahítos del halago de nuestros vecinos, muy de noche nos encerramos en nuestra nave para comentar lo sucedido. Y allí, rodeados de los rostros de nuestros queridos Escarabajos liverpulanos, con Pablito MacCartney al frente de ellos, dudábamos  sobre cómo sería el camino de la gloria. Si aquel primer paso había resultado tan dulce, tan maravilloso, era difícil soñar a qué sabría la fama en Valencia, en Barcelona, en Madrid, en México, en Los Ángeles... Como un paisaje primaveral, a mí me parecía todo sencillo, plácido y luminoso. Tal vez si alguien me hubiera susurrado al oído algunas historias que iban a ocurrirme, habría decidido en aquel momento continuar con mis cuadros para el señor Cerdá. O no. Aún de ese modo habría seguido el camino, habría dicho que sí. La música empezaba a estar por encima de mí, por encima de mis intereses personales, de mi comodidad, de mi sosiego. La música circulaba por mis venas, mezclada a mi sangre, contribuía a mantenerme vivo, era parte esencial de mí mismo. ¿Cómo podría renunciar? Lo que la música pudiera darme carecía de importancia ; sólo importaba lo que yo podría dar a la música. Se trataba de una especie de deber, de un destino ineluctable. Y pasados los exámenes, era necesario dedicarse a ejercer la carrera.

 

Capítulo 16