Capítulo 17. El vértigo

Mari Carmen trabajaba en una joyería. Era morena, guapísima, ferozmente apasionada. Pilar vivía cerca de “El Parnaso” y acudía al club casi todos los días. Era también morena y yo estaba entusiasmado por ella. Lali trabajaba en montajes y vivía por la zona de Embajadores; mariposeaba mucho a mi alrededor hasta que un día me la trajo Jacqueline a mi casa, me acosté con ella y se armó tal escándalo que hubo que llamar a la policía.

 Cristina Galbó, la de la película Del rosa y amarillo; también acudía a “El Parnaso” , nuestro amor fue perfectamente rosa, como el de su película, tierno y dulce como ella misma, un amor platónico y hermosísimo que aún permanece. Su hermana Beatriz era también muy guapa, pero de carácter diferente estaba Laura Casale. Y todas las demás...

De pronto, sin pretenderlo deliberadamente, estaba metido en una atmósfera en la que la respiración resultaba difícil.

Hasta la aparición de Laura, en realidad, mi relación con todas aquellas chicas había sido casi plácida; eran raras las escenas de celos, todas aceptaban que el vocalista de un grupo famoso saliera al mismo tiempo con varias según su propio humor o según las circunstancias. Por mi parte, nunca he tenido problemas en querer, y querer mucho, a varias mujeres al mismo tiempo. Más aún – y es algo que sorprende a todos mis amigos – nunca he llegado a rupturas  definitivas o a peleas sin solución. Por eso hablan ellos del harén. Confieso que no puedo comprenderlo, pero siempre se han mantenido unidas a mí todas las mujeres con las que he convivido; sigo siendo amigo de todas ellas, amante ocasional incluso. Frecuentemente hablamos por teléfono, nos encontramos en concierto, en casa de amigos comunes, incluso en las nuestras.

Esa relación, naturalmente, es más intensa con unas que otras, pero nunca he roto mis relaciones con ninguna. Así que, en veinte años, he ido acumulando docenas y docenas de apasionados amores, estables o efímeros, plácidos o violentos, conflictivos o segados, celosos e infieles. Dedicarles aquí a todos ellos el espacio que han tenido y siguen teniendo en mi vida, intentar describirlos con pormenores y detalles precisos supondría llenar más páginas de las que llevo ya escritas y que empiezan a parecerme excesivas. En realidad, ¿ tiene alguna importancia para los demás el gesto soñador de Cristina, la belleza increíble de las piernas de Amelia, lo que sucedió en un ascensor con María Luisa...?tal vez sea suficiente extraer la memoria de una pequeña antología, aquellas mujeres que más influjo han tenido en mi vida, las que me enseñaron a amar de forma más dramática o duradera, las que con su inolvidable presencia protagonizan las palabras de tantas canciones mías – aun en secreto -, las que llenan mi música.

En medio del desmadre de la formación y del desmembramiento de los grupos apareció un enano muy liante que se llamaba Teddy Ray y había organizado una especie de caravana musical para ir a Salamanca: conjuntos, cantantes, actores gente de circo... Manolo Varela andaba liado con la secretaria de Laura Casale, Jaqueline, y me fui con él a televisión donde acababa de actuar su patrona. El me había recogido de una piscina. Aparece la Casale, rubia, despampanante y se asoma al interior del coche:

-¡ Ay, qué niña tan rica! – va y dice.

-Oye, que no soy una niña. Soy un hombre, ¿ no lo ves? – respondí un tanto enfadado.

Mi piel quemada por el sol y todavía más delgado que ahora... No sé si pesaría sesenta kilos ... Se colocó a nuestro lado el autobús del enano y empezó a subir gente.

-¿ Por qué no vienes a Salamanca con nosotros? – me preguntó la Casale.

Me gustó la idea. No tenía nada mejor que hacer.

Me fui con ellos. Iba en el grupo un cantante llamado Fredy que hacia anuncios de un café y cantaba aquello de voy a pasar mi luna de miel en Tenerife. Iba un conjunto inglés con dos cantantes, uno rubio con una melena tipo Jane Mansfield y el otro moreno y pintadísimo, los dos con una pluma como para ingresar a la Academia ... Llegamos con una hora de retraso a la plaza Mayor de Salamanca y la gente estaba furiosa. Empezó a gritar y a abroncarnos antes de bajar del autocar. Yo pensé que cuando aparecieran los ingleses con aquellas pintas y la Casale, explosiva como una bomba atómica, el enano y los demás, iban a lincharnos a todos. Pero alguien calmó los ánimos y el festival se desarrolló sin problemas. En el regreso Laura se pasó el viaje arropándome y cuidándome como una madre; me obligo con una caricia a bajar en una parada y me hizo beber un vaso de café con leche y comerme un bocadillo, porque sabia que no había cenado y estaba amaneciendo.

Así empezó un romance que duró casi cinco años, hasta el 9 de Enero de 1970.

Laura Casale era italiana, de Turín, pero había vivido muchos años en Francia. En el año 1962 había ganado el Festival del Mediterráneo con una canción que decía cuando conmigo estás, je t´ aime ..., je t´ aime ..., después de que Federico Gallo , en directo por televisión, dijera que había habido fraude en la votación que daba vencedora a Nubes de Colores, cantada por José Guardiola. Se dieron más votos que votantes había. En España Laura se hizo famosa en seguida, por tanto por sus canciones como por su aspecto físico. Tendría cuando yo la conocí... la verdad es que nunca supe su verdadera edad; era bastante mayor que yo. Y era de esas mujeres que hacen volver la cabeza al verlas. En cuestiones  sentimentales era tan furiosa e insaciable como su aspecto físico hacía pensar, géminis fogosa y absorbente, volcánica.

Cuando la conocí en el viaje a Salamanca era novia del manager de Los Botines. Paco Candela, pero estaba al mismo tiempo liada con otro músico del dúo mexicano Los Yorsis, Alejandro Malpica, uno que cantaba un asunto muy ingenioso con este estribillo: rascacaracatisquitascatisqui ...¿O vivía con Malpica y estaba liada con Candela? ¿O vivía con los dos? Aquello era realidad como una telenovela escrita por un loco.

Malpica me llamaba “ el flaco” cuando me veía en la casa de ella en la calle Ilustración, a la que me invitaba a comer suculentas pastas casi todos los días. Yo aparentaba quince años, de modo que Malpica nunca me vio como un contrincante hasta que, unos días mas tarde, en uno de aquellos arranques de furia a los que me acostumbraría yo muy pronto, lo echó a patadas de su casa, con maletas y bagajes, en una escena maravillosa de gritos, insultos y tortas. Casi sin comerlo ni beberlo me quedé de amo y señor de aquella casa.

Como me había quedado sin Botines, pasé el verano acompañándola en sus galas y cumpliendo rigurosa e incansablemente mi papel de garañón exclusivo del que Laura tenía imperiosa y continua necesidad. Y en cualquier parte.

Únicamente he conocido en mi vida a otra mujer que se le pudiera comparar en sus arrebatos eróticos. Cualquier sitio público o privado, cualquier momento, eran buenos para demostraciones de amor. No importaba dónde: cines, ascensores, bañeras pasillos, cabinas telefónicas, un bosquecillo junto a la carretera, de día, de noche... En cualquier momento estaba dispuesta a hacerme un alivio.

Cuando me cité con ella por primera vez, en los bajos del “ Rex”- ella vestía un traje amarillo con un escote en la espalda que llegaba hasta donde aquélla “pierde su honesto nombre”; yo me había puesto un traje azul cruzado, lo mejor que tenía – le regalé mi primera rosa “Royal Bus”.

-No sé si llevarte a bailar o al colegio – dijo ella.

-Por una mujer como tú daría la vida – le respondí muy serio.

Laura no se demoró mucho en sus exigencias. Fue el día 18 de Julio, día de San Camilo de Lelis, “celestial” patrono de los hospitales”, como mi tocayo escribe en el encabezamiento de su espléndida y terrible novela “ San Camilo, 1936”, que leí años mas tarde “con gran aprovechamiento”, como también él diría... 18 de Julio, fiesta nacional todavía y todavía mi santo, que luego me lo han retrasado en el Vaticano al día 14.

 Cuando llegué a casa de Laura, me dijo tranquilamente:

-¿ Qué quieres como regalo de cumpleaños?

Tú ya lo sabes, Laura...

Y se desnudó en medio de la habitación. ¡ Madre mía! Y toda ella sola para mí...

Pues bien, a veces, para recuperarme de tan satisfactorios y constantes esfuerzos, me quedaba solo en casa ( vivíamos en tres o cuatro diferentes, sobre todo en una de la calle de Ibiza) mientras ella iba a actuar. Me quedaba pintando, como siempre para  “Marcos y Molduras Caballero”, ya que, sin músicos, debía seguir ganándome la vida por mi cuenta. Con Laura, cada uno tenía su propio dinero ( aunque, en mi caso, hablar de dinero en esa época me parece excesivo). Ella ganaba mucho más.

Y una tarde apareció por allí Varela con su novia Jacqueline y Lali, la de los montajes. La tal Jaqueline tenía unos líos horrorosos con todo el mundo, especialmente con su socio. Muy hábil en lo amoroso, como buena francesa, se las arregló para que Lali y yo fuéramos a la cama juntos.

Y en esas estábamos cuando apareció Laura Casale. Empezaron a volar lámparas y discos, almohadones y sillas. Todo dios chillaba y sacaba a relucir trapos sucios. En seguida llegaron los golpes, tirones de pelo, revolcones. ¡Y yo con 19 años en aquel berenjenal! Laura no estaba enfadada conmigo; sabía de mi capacidad de ser fiel, pero también de hombre y sabía que no busqué aquello, sino que fue su secretaria la que me puso a Lali en bandeja y cama mientras ella faltaba de casa.

Y furiosa también con Varela, el cual a su vez tenía problemas con la francesa... Aquello era un desastre monstruoso y yo estaba en el medio de todo y de todos.

En cierto momento de la batalla, Jaqueline decide solucionar la cosa cortándose las venas con una botella de ginebra rota. Agita la muñecas delante de nosotros y comienza a salpicarnos la sangre. Todo el mundo se pone histérico y alguien llama a la Policía y a un médico.

Antes de que aparezca, Laura tiene un arranque de sensatez. Se da cuenta de que todavía soy menor de edad y que pueden surgirme problemas, me esconde en un armario y entre todos intentan explicarles lo ocurrido a los policías, que no consiguen aclararse. Al final, se llevan a Jacqueline a un hospital y deciden olvidar el incidente.

Fue el primer gran shock de mi vida profesional, el primero serio. Salí del armario llorando, gritando improperios contra todos aquellos amigos que se amaban y se odiaban al mismo tiempo, que flotaban en la vida como nubes de plástico, que no se paraban un segundo a pensar en nada. Era terrible.

Inmensos arranques de amor y escenas semejantes fueron el caldo habitual de mis años con Laura Casale. La mujer que de pronto se montaba  en el coche y conducía hasta Almería para llevarme a la mili una caja de ostras, se liaba a golpes conmigo en arrebatos de celos, echaba cerrojos en la casa para que no pudiera salir y me amenazaba con el suicidio si la abandonaba. Todo ello en medio de las más frenéticas escenas de amor. ¿Cómo resistirlo todo a los veinte años?.

Lo resistí.

Incluso cuando intenté segar de raíz mi incipiente carrera cinematográfica...Manolito Varela, me habló de un productor que me buscaba para que me presentara a unas pruebas que estaban haciendo para la película Los Chicos de Preu. Ofrecían  dieciséis mil pesetas a cada uno de los protagonistas, poco dinero entonces pero que a mí me venía muy bien, aún cuando debía aportar vestuario propio. Pedro Masó me aceptó enseguida: “Exactamente eres el muchacho que necesito”. Mi papel era de  hijo de José Luis López Vázquez y formaba parte de un grupo de jóvenes protagonistas, entre los que estaban Emilio Gutiérrez Caba, Marta Baizán, Karina, María José Goyanes...y Cristina Galbó. Una tarde, concluido el rodaje del día, fuimos en grupo a una discoteca. Allí como de costumbre, me entretuve con Cristina y tardé cosa de una hora en llegar a casa. Laura Casale se enteró de inmediato y al día siguiente se levantó en silencio, cerró con llave la puerta de la casa, sabiendo el daño que me hacía y sabiendo que me estaba esperando medio centenar de personas para trabajar. El rodaje tuvo que suspenderse durante toda la mañana por culpa mía, mientras Laura y yo nos peleábamos a puerta cerrada. Y el jadeo posterior me impidió ir a cantar al Club Caravelle, donde el teatro Barceló, el Pachá de hoy, en donde trabajaba entonces.

La vida con aquella Marilyn Monroe era muy difícil. Si no hubiera existido el intermedio de la mili, no hubiera podido resistir tanto a su lado. Las broncas, siempre por celos eran continuas. Incluso un día en Torremolinos me lanzó  un tocadiscos porque estaba bailando un rock-and-roll con una hermana suya. Todos los objetos volaban de sus manos y yo, naturalmente, no podía quedarme quieto. Así que había que liarse a tortazos de vez en cuando para calmar los ánimos. Y, sin embargo, Laura Casale se portó maravillosamente conmigo. Me quiso mucho, me cuidaba con un cariño inmenso. No solo era una mujer apantallante, a cuyo lado cualquier hombre se cree un genio, sino que poseía enormes virtudes. Realmente nos queríamos con cuerpo y alma, con piel, huesos y sangre.

Y cuando ahora, de tarde en tarde, nos vemos, sabemos que todavía seguimos queriéndonos.

Pero no podíamos vivir juntos.

Una tarde, el 9 de enero de 1970, después de una pelea terrible, decidí marcharme de su casa. Mientras pensaba en dónde iba a pasar la noche, fui a cenar, al cine y luego a la discoteca “Jota Jota” para meditar en mi futuro y calmar mis nervios. Allí me encontré con una amiga que había conocido poco tiempo atrás, Rosetta Arbex, secretaria de Juan Pardo.

Le conté mis sufrimientos y ella me dijo:

-No eres solo tú el que sufre, acaba de ocurrirme algo parecido...

¿Por qué era todo tan complicado? ¿Tan sencillo? Para consolarnos mutuamente de nuestros sinsabores, Rosetta me dijo que podía irme a dormir a su casa, ya que no tenía otro lugar en donde hacerlo. Me quedé a su lado ocho meses, que no fueron más pacíficos que los cuatro años y pico que pasé con Laura Casale.

Capítulo 18