Capítulo 18. Marcar el paso, marcar la voz

No pude resignarme a quedarme solo. Yo había acudido a Madrid para trabajar en la música, pasara lo que pasase. A falta de Botines, llamé a Alcoy a unos cuantos chavales que actuaban por allí con el nombre de Los Tigres y los rebauticé en la capital como Botines, con el permiso de Paco Candelas, que tenía registrado el nombre. Todos Los Dayson habían regresado, los numerosos Botines originales y sucesores andaban perdidos o en otros grupos. El nuevo grupo se llamaba Camilo y Los Botines, con Jaime Torregrosa, el batería Javier Romeu, el saxo Llorca, Rafael en el piano. Empezamos a hacer lo que en aquella época se llamaba “música soul”, en realidad las mismas canciones de Los Beatles con diferente instrumentación. Yo continuaba empeñado en asentarme en un grupo, ser el vocalista de un grupo, aunque todos los intentos fueran fracasando uno tras otro. Durante casi dos años, hasta el mismo día que tuve que incorporarme al servicio militar, estos nuevos Botines fueron trabajando lo mejor que pudieron...

            Al principio, vivíamos casi todos en la casa de Laura, arracimados en las habitaciones hasta que el dinero permitó buscar mejor acomodo a todos (el mío era excelente, desde luego). Como ellos andaban bastante despistados y a mí me conocía mucha gente en Madrid, tuve que ser el líder del grupo, el mánager, el administrador y la madre superiora. Había que trabajar como fuera y funcionábamos, como siempre, por un sistema  de cooperativa. Repartíamos por igual gastos y beneficios, aunque fuese yo el encargado de firmar los contratos.

            En la espera, actuamos mucho. Radio, televisión, giras incluso por varias ciudades españolas. Fue entonces cuando coincidí con el dúo Juan y Junior y comenzó una amistad que luego sería muy importante en mi profesión, sobre todo la de Juan Pardo. Ellos eran las estrellas y nosotros los teloneros en muchas actuaciones conjuntas, sobre todo en Andalucía. Pesadísimos viajes en furgoneta y en tren, siempre de un lado a otro, hoteles de media estrella, comidas apresuradas y malas, dinero escaso y a veces nulo, inquieto por los continuos celos de Laura, sin saber lo que me esperaba a la vuelta, sin dormir, sin poder plantearme seriamente el futuro...

            Ni siquiera me atrevía a componer. Estaba metido de lleno en un vértigo con una remota esperanza : que durante el servicio militar se me aclarasen las ideas. Ya conocía todo el mundillo musical de Madrid, podía llamar a cualquier puerta, pero Los Botines parecían condenados al modesto y eterno puesto de teloneros. Si escaseaba el trabajo, me iba al sótano que Caballero tenía en La Elipa y dedicaba una jornada entera a pintar ; con el dinero ganado teníamos todo el grupo para comer unos cuantos días.

            A los veintiún años me encontraba más desconcertado e inseguro que a los dieciséis. Probablemente en aquellos tres años que llevaba en Madrid había intentado abarcar más de lo que podía apretar, había aprendido más de lo que podía asimilar. No supe sin duda gobernar a los muchachos de Alcoy (aunque gracias a mi llamada varios de ellos ocupan hoy puestos importantes en el show business) y conseguir un grupo coherente. Tal vez ni lo intenté seriamente. Me ocupé, eso sí, de acumular trabajo, de organizar nuestra promoción ; actuamos mucho durante casi dos años, pero quedó muy poco de todo ello. Quizá la obsesión por Laura Casale, sus cuidados excesivos, los conflictos de aquella relación puedan explicarme ahora tantos meses malgastados.

            Y en el otoño de 1968 tuve que incorporarme al Ejército en el campamento de Viator, en Almería. Era la mejor manera de librarme del desconcierto.

            Pero no voy a caer en la vulgaridad de “contar la mili”, esa ocupación tan querida de muchos hombres que sólo tuvieron esos meses como momentos apasionantes de su vida. En el fondo, mi casa seguía estando en Madrid, en el barrio de la Estrella, al lado de Laura Casale, aquel amor terrible, amor lleno de todo, pero ¿valía la pena amar sufriendo tanto?

            En cualquier caso también allí continuó iluminándome mi buena estrella, aparentemente eclipsada durante algún tiempo. En el sorteo de destinos difinitivos me correspondió ir a África, aquella tragedia que tantos han sufrido. Pero ya era bastante conocido en el campamento. Se me acercó un compañero :

            –Oye, Camilo, ¿quieres librarte de ir a África?

            –¿Cómo se consigue?

            El comandante de la Unidad de Servicios, cuyo nombre prefiero no anotar aquí, tenía organizado un curioso negocio. Por una cuota de quince mil pesetas, que se pagaban a aquel intermediario, conseguía que los destinados a África permanecieran el resto de la mili en el campamento de Viator. Naturalmente, pagué en el acto, como muchos otros.

            Una vez conseguido ese privilegio, los demás resultaron sencillos de obtener. Hice como mía una perra llamada Zosca a quien su propietario, un capitán, adoraba. La perra comía lo que yo comía. Era un pastor alemán muy bien entrenado y no nos separábamos. Con la perra al lado, nadie se atrevía a tocarme. Una vez incluso la achuché contra un brigada que era un hijo de la grandísima y la detuve antes de que le saltara al cuello. Cuando, ante su pregunta, le dije que era propiedad del capitán, se la envainó muy finamente. En otra ocasión, formados ya para una marcha nocturna, se colocó a mi lado y se negó rotundamente a marcharse si no me iba con ella, con lo que me libraba de marchas, guardias y otras actividades poco gratas. Si me faltaba la perra, llegaba incluso a desmayarme en plena formación para ahorrarme los servicios más penosos. Mi palidez habitual favorecía la representación.

            Naturalmente, los oficiales más jóvenes me conocían ya como cantante y aprovechaban bien mi tocadiscos y mi colección de discos de moda, continuamente renovada por Laura, para sus fiestas particulares. Las veces en que cedí a la vieja tentación de escaparme del encierro, como en los mejores tiempos de los salesianos, un sobre decentemente lleno entregado al intermediario del Comandante me libraba del castigo o me hurtaba de él. Un mes de calabazo se redujo a un día con ese mensaje al jefe de la Unidad de Servicios, aquel militar deshonesto. Las cosas funcionaban así y hubiera sido estúpido negarlas o rechazarlas.

            Entre mis amigos de milicia tuve un gran compañero aragonés, Edo, que se hacía cargo de mis servicios ineludibles a cambio de que por la noche, de una litera a otra, le leyera libros de Historia que le apasionaban. Entre él, el comandante comprado y muchos otros amigos, mi servicio militar fue cómodo y dichoso ; aunque siempre, ayer, hoy y mañana seguiré pensando qué ganaba el país con mi presencia allí, y yo como persona en la vida, ya que nunca he sido amigo de las armas y siempre he buscado la libertad para no estar bajo las órdenes de nadie. Si a lo que no aceptas alguien llama rebeldía, yo he nacido rebelde.

            Decían : “Castigado y corte de pelo al cero”. Mi solución : compraba y llevaba una peluca. Decían : “calabazo e incomunicado de los demás”. Mi solución : ternura en algunas palabras escritas en papel a alguien que, aunque no me quisiera, me sacaba de allí porque significaba un negocio para él.

            Y, finalmente, tres meses antes del tiempo fijado me dejaron irme a casa. El comandante aseguró que me enviaría directamente  la Cartilla Militar. Sólo tenía la obligación de acercarme por su casa cada dos o tres semanas y llevar una cajita de bombones o unas flores para su mujer, siempre con el sobrecito del dinero metido en los paquetes.

            Aunque un campamento de reclutas como el de Sotomayor en Almería era uno de los lugares más duros para un soldado sin vocación, logré al menos no sentirme allí muy desgraciado. A solas mientras los demás cumplían su instrucción, meditaba sobre mi verdadero oficio. Yo tenía que seguir marcando la voz, de un modo u otro, aunque fuera necesario esperar otros diez años. No estaba dispuesto a aceptar ningún fracaso. Nadie ni nada podría frenarme. En realidad, pese a mi juventud, llevaba ya demasiados años en el oficio como para abandonarlo ante tan grandes y numerosas dificultades. Volví a Madrid dispuesto a comenzar de nuevo.

 

 

Capítulo 19