Capítulo 19. Tiempos peores

Un hombre con menos voluntad o con menos paciencia hubiera regresado al regazo de su madre, al cálido y largo amor familiar. Sin embargo, acababa de ocurrir en alguna parte el estallido que la música de los jóvenes había venido presagiando. Quizás soy el único ciudadano español que no estuvo en París en el mes de mayo del 68, a juzgar por lo que he podido leer más tarde, y no obstante en alguna esquina de mi corazón participaba de aquella rebeldía contra todo. La Década Prodigiosa no había sido para mí, como para tantos otros jóvenes, más que una larga lucha por imponer mis gustos, mi modo de vida, mi creencia en una sociedad más dinámica y más libre, con menos prejuicios y menos coacciones. Nadie hubiera podido imaginar ciertamente que en la España que apuraba las ideas de su victoria de treinta años antes, “los melenudos” , “los hippies” nos lanzáramos a la calle para exigir nuestros derechos a la imaginación, a la voz. Nuestros gritos no se enfrentaban a los  grises ni se armaban nuestras manos con adoquines del Saint-Michel; nuestros gritos se oían en “Los Boys” y en “El Parnaso”, en la intrincada intimidad de nuestras baratas casas de alquiler. Si nuestra conciencia nueva no calaba en la sociedad en que vivíamos, germinaba  y progresaba dentro de nosotros como en un cortocircuito peligroso y útil. Quizás por eso –por no poder lanzar al exterior nuestra palabra-; quizás por no poder traducir las intuiciones a pensamientos era más dura nuestra situación. Como si viviéramos borrachos de nosotros mismos. Como si solo nosotros estuviéramos en el mundo.

Al lado de Zosca, aburrido junto a mis discos de préstamo, recopilando como loco dinero para mi comandante de la Unidad de Servicios, leyendo libros de Historia y novelas a mi amigo Edo, de Mas de las Matas, a cambio de su amistad y de que pelara patatas por mí, escapando a los clubes de Almería o una noche de fin de año a Torremolinos (para cantar de nuevo Sombrero, ay mi sombrero y el Achilipú, y la Conga, como si nada hubiera sucedido), escaqueándome del fusil y de las marchas nocturnas, cantando entre dientes mis primeras canciones..., allí en Viator, tuve al menos tiempo para pensar en mí mismo, diseñar un destino posible, enfrentarme de veras a una vida de la cual solo conocía su rostro más feliz o más frívolo. Supe que lo que estaba ocurriendo a mi alrededor tenía un significado: las barricadas de París, la ninfomanía de Laura, las huidas de Katmandú, el rock-and-roll, la paranoia de Jacqueline, la enloquecida búsqueda de Lali, la ternura de Cristina, las primeras drogas que nunca quise probar, la agitación indescriptible de centenares de músicos que fundaban y destruían grupos prometedores, los clubes ruidosos y animados que finalmente solo admitían la borrachera de la  ginebra adulterada, el sexo como agarradero último, como liberación suprema.

Estaba empezando a comprender.

Y tenía clara, de momento, una cuestión. Se acabaron para mí los grupos. Me convertía en cantante solista, costara lo que costase. Relegaba mis intentos de ser uno de Los Beatles para intentar convertirme en Camilo. Es decir, tomaría el camino por otro de sus orígenes y veríamos lo que pasaba.

En los primeros meses el camino estaba formado por dos líneas de autobuses: la 14, desde el Paseo de la habana, donde vivía con Rosetta, hasta Cibeles. Y allí la línea 51, hasta La Elipa. Desde las nueve de la mañana estaba abierto el sótano de “Marcos y Molduras Caballero” y no cerraba hasta entrada la noche. Me encerraba allí con otra gente como yo y pintaba sin descanso; por primera vez en mi vida intentaba ahorrar un poco de dinero, ahorro de tres días para tener libres otros cinco o seis y buscarme un puesto como cantante solista.

Después de la mili, todavía estuve viviendo con Laura Casale unos ocho meses. Fueron los más dramáticos. Las peleas, siempre por celos de ella, eran constantes. Todas las puertas estaban cerradas. Vislumbré un rayo de esperanza una noche que fui al cine con Laura y me encontré a Junior. El cine era el gran pasatiempo nuestro en aquellas noches vacías. A veces, por la mañana, yo acudía a la Hemeroteca o a la Biblioteca Nacional a leer, en busca no sabía muy bien de qué. Quería aprender tantas cosas que desconocía...Y me ahorraba las escenas e inquietudes con mi compañera. Si no pintaba, la lectura y el cine eran mis mejores ocupaciones.

-¿Qué haces, Camilo?- me preguntó Junior.

-Trabajando en lo nuestro. Y a ver si alguna puerta se me abre.

-Yo estoy montando una productora. ¿Quieres grabar conmigo?

Me pareció que de pronto me ofrecían el cielo. Junior acababa de separarse de Juan Pardo y estaba trabajando para fundar una productora discográfica; creo que también deseaba convertirse en empresario de artistas. Todos los viejos amigos y compañeros podían contar con su ayuda.

Confiando en aquel proyecto, todas las tardes después de la comida me pasaba por su casa. Solo estaba en ella Dolores, la doméstica, que me servía una copa de coñac y me daba  los discos para que me fuera entreteniendo. Al cabo de dos o tres horas aparecía Junior, que tenía mucha actividad con su nuevo negocio. Luego, más tarde, su mujer Marieta (Rocío Dúrcal) y Mario, un primo de Junior. Y alguien más que se habían encontrado por el camino. Me saludaban de pasada y casi inmediatamente se ponían a bailar rock-and.roll o los discos de moda.

-¿No bailas, Camilo?

-Es que yo he venido a trabajar en la producción.-Bueno, no tengas prisa, vamos a divertirnos un poco.

-¿Y cuándo grabaremos? –insistía yo.

-Un día de éstos, no te preocupes.

Yo me lo estaba tomando muy en serio. Había compuesto varias canciones, las perfeccionaba continuamente, con la esperanza de que en cualquier momento me llamara Junior para acudir a los estudios. Pero una tarde y otra tarde ocurría siempre lo mismo: bailes y pérdidas de tiempo mientras yo con la copa de coñac en la mano, esperaba. Y cada noche volvía a casa sin haber conseguido nada.

Y en casa me encontraba a Laura Casale, que empezaba a gritarme pensando que pasaba las tardes divirtiéndome como un golfo, persiguiendo a las chicas. Se ponía histérica, lloraba, decía que yo no la quería y ella estaba muriéndose por mí...aquello era terrible, espantoso.

Una de las noches regresé de ver a Junior más deprimido que nunca. Sus proyectos no cuajaban y no parecía cercano el día de la grabación. Deseaba que Laura me consolara, me animara un poco, pero ella no estaba en casa. Entonces sentí unas ganas terribles de dormir, de dormir miles de horas seguidas para curarme de aquella tristeza. Me tomé seis pastillas de Medomina que Laura guardaba en su botiquín y me quedé inconsciente en un sofá. No tenía ningún deseo de suicidarme, ningún deseo de morir; solo ansiaba un sueño profundo y largo. Laura salía aquella noche de viaje y cuando llegó a recoger su equipaje y a despedirse de mí me encontró inconsciente, llamaron a un médico que vivía en el edificio y me hicieron tragar cuarenta y nueve tazas de café. Con la ayuda de la gente que la acompañaba me arrastraron hasta el cuarto de baño y consiguieron que vomitara el veneno. Si me hubieran dejado solo, probablemente mi sueño habría sido demasiado largo y no podría contarlo ahora. ¡Qué inconsciente estupidez la mía!.

Nadie tenía culpa de aquello, ni yo mismo. Pero comprendí que no podía continuar viviendo de aquel modo y de momento decidí separarme de Laura. Me fui solo al cine diciéndome que a la salida tomaría una decisión. Después fui a cenar convencido de que después de la cena tendría claro a dónde deseaba ir. A continuación me metí en “Jota Jota” seguro de que al final sabría en dónde meterme...Allí encontré a Rosetta, que se encontraba en una situación semejante y me ofreció una pequeña habitación con cama en la casa en que vivía.

La primera euforia de aquel cambio logró mantenerme a flote. Abandoné las visitas a la casa de  Junior, en vista de que se quedaban en eso, en visitas: realmente ¿qué quería de mí?; volvía a la pintura, a los libros y a la música. Sería cantante o, al menos, compositor. Con una guitarra, a la que le faltaba una cuerda, que Rosetta tenía, pasaba largas horas en su casa ideando sonidos y poniéndole letras, luchando contra mis restos de acento valenciano, especialmente la durísima ele. Hasta que de nuevo aquel buen amigo Manolito Varela vino a decirme que Juan Pardo comenzaba a trabajar como productor, y que parecía demostrar mayor interés por mí que su antiguo colega Junior.  En seguida quedamos de acuerdo en que yo sería uno de sus artistas, en medio de muchos otros. Esta vez decidí no desesperarme. Algún día llegaría mi hora.

Y como, después de todo, era un trabajador del show bussiness,  estaba metido de hoz y coz en el mundillo musical de Madrid, aprovechaba cualquier oportunidad para trabajar y para aprender. Como era un pupilo de Pardo, aunque “inédito”, me llamaban continuamente para ayudarle en sus producciones, sobre todo hacer los coros de las gentes a la que iba grabando. En aquellos meses de finales del 69 y hasta el otoño de 1970 puse mi voz en una cantidad enorme de grabaciones: Marisol, Luis Gardey, Mochi, Andrés Do Barro, Peret, el propio Pardo...ayudaba en los coros a la mitad de los cantantes de España.

Naturalmente no me pagaban un duro por ello. Yo era gente de Pardo y cuando había que echarle una mano se la echaba. Tenía esperanza de que en algún momento me tocara a mí ser el solista. Por otra parte, iba familiarizándome con los estudios y los sistemas de grabación, iba aprendiendo. De vez en cuando preguntaba:

-¿Cuándo, Juan?

-No te impacientes muchacho. No te impacientes.

Yo tenía ya 24 años.

Pensaba que alguna vez llegaría mi momento. Pensaba que tal vez las cosas eran así, así para todo el mundo; que había que ser paciente. Yo nunca había actuado como solista ni grabado un disco y creía que las cosas funcionaban de aquella manera, a base de preguntar lo mismo: ¿Cuándo? ¿Cuándo?

Por lo menos, Juan Pardo iba abriéndose camino como productor. Yo tenía paciencia y era muy tímido. No me atrevía a exigir. Alguna vez me llamaría.

Y me llamó para salvarle de una emergencia. Necesitaba urgentemente algunas canciones inéditas.

Para otros. La cantante Cristina me grabó dos temas: Vamos al circo y La voz de un niño. Garbey me grabó Mi buen amor. Federico Cabo, que se hacía popular con una versión del Love Story me grabó Llegará el verano. Alguna vez me tocaría grabar a mí; tenía ya listas unas veinte canciones. Y ni siquiera pasaba por mi mente la idea de volverme a Alcoy, o de entrar a sueldo con Caballero, o al menos pedir dinero por aquellos trabajos, coros y composiciones, que a nadie de le ocurría pagarme. Aunque todos sabían que las estaba pasando putas.

Yo le preguntaba a Rosetta:

-¿Tú crees que yo sirvo para algo más que para lo que te dije?

-¡Sí! Para eso ¡sí! Y para lo demás, el que más. Cuando te oigan se enterarán.

Seguía viendo ocasionalmente a Laura, que siempre fue buena amiga. Y como su carrera empezaba a declinar, atascada en mil conflictos, me llamaba para pedirme ayuda.

“Camilo, que se me ha perdido el batería, ¿vienes tú?” “Camilo, que se me ha ido a la mili el guitarra rítmica, ¿puedes acompañarme?” “Que me falta un bajo...” De pronto me encontraba en una furgoneta camino a Llodio, en Vizcaya, y al lado de mi amigo Jaime Torregrosa, el que yo había llamado de Alcoy para los nuevos Botines. Durante el viaje, Laura nos cantaba en la furgoneta su repertorio y Jaime y yo nos lo aprendíamos.

-No te preocupes, laura, te sacaremos del atolladero.

Trabajé con ella de batería, de guitarra...Incluso de gogó. Tenía dos chicas que actuaban como go-go girls mientras ella cantaba y una le faltó por algún motivo. Me llamó y me fui a bailar durante un recital al lado de la otra. Era en el verano de 1970. A los pocos días, me llama la go-go superviviente, que tenía un tema propio. Había firmado un contrato para una cesión de baile junto a su compañera en un pueblo de Toledo y la compañera, no tan compañera, no aparecía.

-Camilo, voy a perder mil quinientas pesetas y, además;  la bronca. ¿Por qué no vienes conmigo? Te daré la parte de ella.

El chofer del ayuntamiento se quedó de piedra cuando, al recogernos, vio que una de las gogós era yo.

-Bueno, bueno, no sé lo que dirá el señor alcalde. Ustedes  monten.

Fue una aventura maravillosa. El espectáculo se ofrecía en el bar del pueblo. En un altillo al lado de la barra habían puesto dos cajas de “Coca Cola” y un tocadiscos sobre el mostrador. Un pequeño circulo como pista y varias hileras de sillas para los espectadores. Estaba allí todo el pueblo. Los hombres, con garrota y boina. Las mujeres, con pañuelos negros. Los jóvenes, con sus trajes de los domingos. Como no tenían disjockey propio, tuve que ocuparme yo de ese cometido. Ponía en aquel cacharro los discos que me gustaban a mí y corría a encaramarme a mi caja de refrescos para bailar al tiempo que mi compañera. Los viejos nos miraban como a marcianos. Y no es de extrañar.  Yo llevaba el pelo larguísimo; me hice una raya al medio y me coloqué una cinta de cuero alrededor. Camisa negra, pantalón rojo, un cinturón de flecos colgando por todos lados, zapatos verdes...Estaba muy moreno y bailaba como un endemoniado. La chica vestía más o menos igual, salvo que enseñaba muslo. La gente de aquel pueblo estaba tan entusiasmada y sorprendida que ni se atrevía a salir a bailar. Solo nos miraban, nos miraban, mientras yo iba poniendo discos.

Al final de la fiesta rifaban una cabra. Como propina por nuestro trabajo nos regalaron a la chica y a mí diez números cada uno. Y me tocó la cabra. Yo quería meterme dentro de la caja de “Coca Cola” y desaparecer. ¿Qué hacía yo con una cabra? Intenté rechazarla, regalarla a los huérfanos del pueblo, al cura...No hobo manera. Me había tocado a mí y todos estaban muy contentos de que así fuera, porque me la merecía,  y tenía que llevármela a casa. Cobramos las mil quinientas pesetas cada uno, nos dieron un bocadillo y nos metieron en el coche para devolvernos a Madrid. Con la cabra. La gogó que me había metido en aquel follón no dejaba de reírse y el chofer no sabía por qué. Yo pensaba que si me presentaba en la casa de Rosetta a las cuatro de la mañana con aquel vestuario y con la cabra, podía llamar a los loqueros. ¿Qué podía  hacer yo?.

-Oiga, ¿le importaría parar un momentito? La cabra y yo queremos orinar.

Estábamos ya entrando en Madrid. Bajé del coche con la cabra, le di un empujón y el inocente animal, después de unos pasos, se quedó mirando con tristeza cómo volvía al coche sin él.

-Se me ha escapado, la muy zorra.

-Vaya mala suerte,  hombre. Se lo diré al señor alcalde a ver si pueden darle otra –respondió muy serio el chofer.

Eso me pasaba por mi manía de intentar ayudar a todo  el mundo. Porque si yo no estaba recibiendo muchos apoyos efectivos, la verdad sea dicha, nunca he tenido inconvenientes en echar una mano al que la necesitaba. No me gusta cubrirme de flores, y por ello no insistiré en la cuestión, pero mucha gente podría dar testimonio de ese interés por los demás. Cuando estaba en la miseria y cuando he alcanzado el éxito. “Nadie tiene derecho a ser feliz él solo”, decía Alberto Camus y yo he procurado compartir siempre mis raciones de felicidad, grandes o pequeñas. Incluso cargando con una cabra por no desairar a mis anfitriones.

Para mi suerte, durante aquellos difíciles tiempos contaba con Rosetta, cuyo inmenso sentido del humor me permitía mantenerme como en el aceite sobre aquellas aguas oscuras y agitada. Fue una relación tranquila comparada con la de Laura, aunque cualquier persona normal la calificaría también  de tempestuosa. Por fortuna para los dos, resultó  breve: tan solo ocho meses. Breve en la convivencia bajo el mismo techo, porque nunca hemos dejado de ser íntimos amigos, tan íntimos que es probablemente ella la primera que leerá estas páginas antes de darlas a la imprenta, si finalmente me decido a hacerlo. Unida a mí para toda la vida, porque es una mujer bondadosa, bella, simpática, alegre, vital, imprescindible. La  he querido y la quiero tanto como ella a mí.

Pero cuando vivíamos juntos en su casa solo tenía un defecto, común también a Laura Casale y a otras tantas otras con las que he vivido: estaba empeñada en casarse, quería que nos casáramos.

 

-Mira Camilo, la gente se está poniendo mosca. Mi madre, cuando llama, dice que por qué estás aquí tanto tiempo (la madre sabía que estaba siempre). Los amigos comentan (y las revistas, y las emisoras de radio: lo sabía todo el mundo). ¿No crees que ya es hora de que tú, y yo, nosotros, quiero decir...?

 

pero mi aversión al matrimonio es uno de los asuntos que he tenido más claros desde muy pronto. Así que no. Y para no hacerla esperar inútilmente, para no hacerla sufrir, decidí irme de su casa.

Estaba con nosotros Federico Cabo cuando intenté convencerla de que debíamos despedirnos como dos personas civilizadas.

-¿Ah, sí?. ¿Y cuándo te vas, si puede saberse?

-Pues el lunes, un día de éstos...

-¡Nada de un día de éstos! ¡Te largas ahora mismo!

 

Rosetta cogió mi maleta y empezó a llenarla con mis ropas, furiosa. De pronto desaparece a otra habitación, está allí tres minutos y regresa llorando y pidiendo que no me vaya.

 

Una escena parecida a la que me había enseñado la Casale.

Aquello duró una eternidad: gritando ella, intentando yo que razonara, hablándole de seres adultos y civilizados, lo mismo que una película francesa...

 

Al final pedí a Federico que me acompañara. Bajamos juntos mi equipaje y me metí en su coche, un Mini rojo precioso que acababa de comprarse. Pero Rosetta nos siguió, subió a su “Seiscientos” y comenzó a perseguirnos por Madrid. En los semáforos golpeaba con fuerza el coche de Federico y lo iba llenando de abolladuras. Le pedí que acelerase, que se metiera por direcciones prohibidas, que se saltase los semáforos en rojo...Rosetta siempre detrás, golpeándonos cada vez más fuerte. Al fin, antes de que el pobre Federico se echara a llorar ante aquella tragedia, me bajé delante de una boca de Metro, dejando las maletas en el coche. ¿Sirvió aquello para detener a Rosetta? Intentó seguirme dentro de su coche, hasta que se quedó atascado en las escaleras. Yo monté en un vagón y así logré acabar aquel idilio. Unos días más tarde escribiría para ella una canción. La estrené en un concierto en Castellón, meses más tarde. Quise invitarla a que la oyera, pero sin que la conociese previamente. Sabía yo que mi marcha le había dolido mucho e intenté con aquellos versos darle ánimos: ¿No te das cuenta que no estás sola? Me tienes contigo , Rosetta. Ya no eres niña, la gente te adora. No llores,  sonríe Rosetta...Poema de amor, así te encontré Rosetta, Rosetta...

 

Al oírla desde la primera fila, lloraba como una tonta: entendía bien mi mensaje de amor y aliento. Entendía que  seguiríamos siendo amigos, aunque no  viviéramos en la misma casa.

 

Capítulo 20