Capítulo 20. Esperar Londres

Dudo que, algún cantante español moderno haya esperado tanto  tiempo para grabar su primer disco, haya tenido que aguantar tanto antes de conseguir lo que buscaba. Cuando  ahora me critican incluso por mis éxitos, cuando escriben de mí como un niño mimado de la canción en castellano, cuando me miran con aviesa intención porque no me faltan dinero y éxitos y amigos, muy pocos conocen esta larga lucha que he ido resumiendo. No basta con tener condiciones. Ni con tener suerte. También hay que estar bien dotado de paciencia y de voluntad. Al menos eso me ocurrió a mí. Voluntad y paciencia durante muchos años.

-Bueno, no me atosigues, Camilo. Todo llegará –me decía continuamente Juan Pardo.

Había estado una temporada con Junior. Luego, un sueño entero esperando con Juan Pardo, haciendo de todos menos lo que quería hacer. Y por fin, en octubre de 1970, me pide que grabe un disco. En la cara A: Llegará el verano; en la cara B: Sin dirección. Como comienzo de una carrera, aquello era estelar. Cuando me presentaba en las emisoras de radio con mi disco, el locutor me decía:

-Pero, ¿cómo quieres que ponga en octubre una canción titulada Llegará el verano? !Menuda novedad! A no ser que te refieres al verano que viene.

-Pero la cara B...

-Sin dirección. Domicilio desconocido. Es que es un cachondeo...Te estás luciendo, muchacho.

No sé si Juan quería quitárseme de encima, si no se dio cuenta de lo que estaba haciendo o si, produciendo ya a una legión de cantantes, no distinguía a unos de los otros y el verano del invierno. Además, el disco no era buena y, además, se notaba demasiado que era de Juan Pardo, uno más del sello Piraña. Quiero decir que no era yo el que cantaba sino uno del grupo de Pardo. Se habían grabado los playbacks en Londres, al parecer para otro cantante, y la voz finalmente la puse yo en los estudios madrileños de la RCA. Pardo me dio sus letras y yo creía buenamente que era mejor presentarme con canciones de Pardo que con las mías propias. Se vendieron algunos discos, de todas maneras. Los que compré yo para regalar a mis amigos.

A los tres meses de aquel despiste, una nueva oportunidad. Pardo tenía bajo el brazo una adaptación de la “Canción de Cuna” de Brahms que había hecho él mismo y me preguntó si quería grabarla. Estuve estudiándola y finalmente acepté. Pero ya no para cantarla según la escuela de Pardo, sino según mi propio estilo. Ésa sí puedo considerarla mi propia canción, porque ya era una canción de amor cantada a mi manera, con mi estilo. Hacía tiempo que me había distanciado del rock-and-roll e intentaba situarme en la zona de las canciones de amor de Los Beatles: un tipo de canción melodiosa, armónica, expresiva, apasionada a veces. Cuando decía Buenas Noches, mi amor en 1970 estaba comenzando la evolución hacia Amor de mujer en 1984: el molde es prácticamente el mismo. Es mi estilo.

Aquel disco ya era otra cosa. Para grabarlo había firmado un contrato con la compañía alemana Ariola, que acababa de instalarse en España, después de absorber Discos Vergara. Fui yo el primer artista español contratado por esa compañía, en la que todavía sigo trabajando, después de catorce años. Incluso vivía en un piso paredaño, en la calle Doctor Fleming 31. yo vivía en la puerta A y la compañía tenía sus oficinas en la B. Juan Pardo me había prestado las diez mil pesetas de pago de anticipo del alquiler. Antes de anclarme allí había pasado unos meses en un piso de la calle Benigno Soto, en compañía de mi amigo Jaime Torregrosa, una casa que estaba llena de damas de compañía y de chicas con vocación de lo mismo, fue quizás donde mejor me trató el vecindario. Me invitaban a comer, me contaban sus cuitas, me lavaban la ropa, me consideraban como un hijo de ellas. Aún conservo algunas buenas amigas de aquella residencia...Ahora que hago cálculos, he vivido al menos en una veintena  de lugares dentro de Madrid: ¿cómo contar todo lo que me ocurrió en cada uno de ellos? Pero las chicas maravillosas y humanísimas de Benigno Soto son inolvidables.

Teníamos una relación maravillosa en Ariola. Charo García y José María de Juana entraban continuamente en mi casa a pedirme un café o a ofrecérmelo. Muchos domingos tenía que cocinar una paella para todos los empleados. Yo mismo me ocupaba de seleccionar en el archivo las fotos que me gustaban y las que no me gustaban...Éramos una pequeña familia llena de entusiasmo y de ilusiones en la incipiente empresa.

Con aquel disco bajo el brazo comenzaba a sentirme el rey del mundo. Se escuchaba mucho por la radio, lo ponían en la televisión. La gente hablaba de él, en las revistas. De repente todo el mundo empezaba a tomarme en serio...Claro que los empresarios se  lo tomaron con más calma. La misma noche de San Silvestre de aquel año, a medias para ganarle unos duros y a medias para echar otra vez una mano a Laura Casale, actué en el Hotel Eurobuilding. Fue una de las últimas grandes hazañas de nuestra vida juntos.

Laura subía al escenario, cantaba una canción y se iba a echar un trago. Yo actuaba como batería, pero dado que ella tardaba en aparecer, me ponía a cantar. Durante  toda la noche, hasta el amanecer, estuve cantando detrás de la batería todo el repertorio imaginable: las canciones de Laura, las de Pardo, el Achilipú, las de Los Beatles, las de Federico Cabo, las de Peret, las mías propias, yo creo que hasta las que me había aprendido en Los Salesianos...Laura aparecía medio grogui, le daba un meneo a su espetera, la gente aplaudía y Laura se largaba. Y Camilo Sesto en aquel momento, hubo de cargar con todo el espectáculo. Yo creo que hasta cerca del mediodía del primero de enero de 1971. claro que me pagaron cinco mil pesetas...

Ni siquiera durante el verano siguiente logré otra cosa que hacer coros, tocar la batería con unos o con otros, sacar de nuevos atollerados a Laura, componer en solitario, correr una vez más al sótano de Caballero a sacar unas pesetas que precisaba con urgencia. Aunque en teoría iba a “llevarme” el mánager de pardo, Juan Martínez, a la hora de la verdad  la que me llevaba era Laura o algún otro amigo en plan de samaritano. Y eso que en primavera había salido otro single mío: Lanza tu voz y A ti Manuela, una hermosa canción que alcanzó cierto éxito publicitario a causa del tema. Aunque no se dijo toda la verdad y se añadió alguna mentira (que estaba dedicada a mi primera novia de Alcoy, por ejemplo), compuse aquella canción una noche que me enteré de que estaba a punto de morirse de leucemia una niña hija de unos amigos míos, Cari y Manolo Lapique, vizcondes de Villamiranda, de siete años. Se llamaba Almudena. A la mañana siguiente, acudí a una guitarra a la Clínica de la Concepción para cantársela. Yo me emocioné tanto que tuve que salir al pasillo para no llorar. Allí donde tú estés yo sé que me esperas, un día llegaré...Parecía una sencilla canción de amor, una canción sentimental, pero era algo más que eso: un intento de gritar que el amor era más fuerte que la muerte. Quizás la pequeña Almudena pudo entenderlo antes de irse. Aquella era una canción  muy hermosa, sí.

Las dos gustaron a  mucha gente. Algunos profesionales de la radio comenzaron a apoyarme, especialmente Pepe Fernández. Mis canciones sonaban con frecuencia y comenzaron a proliferar a mi alrededor  periodistas y fotógrafos. Y también aspirantes a mánager.

El primero creo que fue Tony Caravaca, que me preparó una verdadera gala en Torrejón. Antes de actuar tuve que patearme el pueblo para la cosa de publicidad, después canté durante casi dos horas, mis canciones y las de otros, y más tarde me fui a mi casa...sin cobrar. El siguiente mánager debió de ser Antonio Fernández:

-Oye, te organizo una gala en Victoria por sesenta mil pesetas.

-¡!Sesenta mil pesetas!! Ahora mismo firmo.

No me contó que tenía que actuar tres veces en el mismo día, en tres locales diferentes. Que con ese dinero debía pagar los viajes, a los músicos y la estancia en el hotel, además de su comisión. Cuando regresé a Madrid me habían sobrado quinientas pesetas. Juan Pardo seguía siendo mi productor, y también mi amigo, hasta ahora mismo, pero los negocios eran un desastre. En realidad, estuve todavía un año cantando para pagar los gastos, pero poco a poco me iban surgiendo los contratos.

Ay, ay Rosetta (que apareció con la canción de Pardo Mendigo de amor) fue ya un éxito de cierta importancia. Un programa de televisión que se llamaba “A todo ritmo” parecía más bien “A todo Camilo”, porque allí estaba yo todas las semanas. Por primera vez sabía lo que era ser conocido de veras, en la calle, en los restaurantes; ser parado para que firmes  un autógrafo o des una explicación...Y también empecé a conocer la realidad de las galas viajeras. Con cuatro músicos a mi lado, viajando en furgonetas, en trenes o en el propio coche de Charo García, corriendo siempre, para ganar lo justo para los gastos. La primera vez que actué como Camilo Sesto fue en Burgos, en una discoteca. Llevaba esperando diez años aquel momento... y  cuando llegué a Burgos tenía un fiebrón de 39  grados. Amodorrado en un sillón del camerino, salía a escena, cantaba como podía tres canciones y volvía a tumbarme otro rato, mientras mis músicos continuaban solos. Así varias veces, hasta completar el concierto. Luego, dormir un rato en el hotel, y a repetirlo todo en la sesión de noche.

Pero no importaba demasiado. Empezaba ya a trabajar, me pagaban, aunque muy poco. Los periódicos querían entrevistarme (sobre todo para hablar de Laura, de Rosetta...), en las emisoras de radio me recibían bien. No solo cantaba las canciones aparecidas, sino varias otras que tenía compuestas, especialmente Algo de mí  y  Todo por nada, que me lanzarían por fin una vez grabadas en disco. También, desde luego,  versiones personales de las composiciones de Los Beatles. Pero estaba claro no era un rockero. Y mi argumento esencial a la hora de escribir una canción era el amor. No he sido infiel a mis principios.

Tenía que darles todo el dinero a mis músicos para que no se me fuesen, para que me acompañaran cuando ya tenía algún contrato. Venían conmigo un batería gallego Chupi, el guitarra Rodolfo Catalán, alias Perla, siempre Jaime Torregrosa al bajo, un muchacho de mi pueblo llamado Paco, y que moriría poco después en un accidente de camión, el pobre como guitarra de acompañamiento...Y yo hacía de  todo: mánager, de pipa, cobraba, les pagaba, iba a la estación de Atocha a llevar carteles...Mi promoción se hacía de boca a oreja. Y así empecé a hacerme popular en Navarra, en Galicia y en Murcia; un éxito en un pueblo me proporcionaba pequeños contratos en otros cuatro o cinco vecinos. En Televisión Española me llamaban de “Estudio Abierto” y de “24 Horas”, programa en el que me hicieron coro mis amigos Ana y Johnny (Alfonso Nadal), más tarde el “Pilatos” en Jesucristo Superstar, conocidos entonces como Los Magos de Oz...No me pagaban pero me conocían todos. Hasta que me preguntaron:

-¿Estás preparado para Madrid, para Madrid a lo grande?

¡Claro que estaba! Y me contrataron en “La catedral de la música, la discoteca “Jota Jota”. Fue un éxito de mucho cuidado, con presencia de informadores, críticos, comentaristas. La revista Mundo Joven habló a todo trapo de aquel concierto. Camilo Sesto empezaba a sonar fuerte.

A finales de 1971 el círculo de la espera acababa de cerrarse. Ante el éxito de la canción de Rosetta, en Ariola se plantearon enviarme a Londres a grabar con los mejores medios un nuevo disco. Era el artista español que más dinero estaba dejando en la joven compañía. Aquel primer viaje a Londres, con Juan pardo y con su mujer, fue para mí el descubrimiento de un mundo nuevo. Con mi carita de adolescente, con mis ojos de niño de Alcoy, no podía creer cuanto veía: las palomas de Trafalgar, el cine porno, los imponentes estudios de grabación, Piccadilly y Jesucristo Superstar. De las dos docenas de veces que vi aquella ópera rock, aquella fue la primera, y ya me quedé deslumbrado para siempre. Si había llegado a Londres estaba seguro de que podría llegar a cualquier parte. Aproveché para comprarme la ropa más moderna y para hinchar de confianza mi corazón. Algo de mí tenía que ser ya el otro lado de la frontera, la entrada en ese mundo al que tanto había aspirado. Y Algo de mí fue lo que yo me había  propuesto: un éxito.

Capítulo 21