Capítulo 22. La Dama de Tules

El hombre era evidentemente un entendido en cante jondo, casi un cabal. Al menos, eso quería demostrar. Estaba yo en las Cuevas de Nemesio atento a esa música severa, misteriosa y profunda, eterno aprendiz pero saboreador honesto, cuando aquel hombre se me acercó a hablarme y terminó sentándose a mi mesa. Estaba yo acostumbrado a estos inconvenientes – a veces ventajosos- de la popularidad. Algunas noches, para drenarnos de los excesos de nuestra propia música, íbamos un grupo de amigos a aquella pequeña catedral del cante flamenco. He procurado siempre no cerrar los ojos a nada que el hombre haga, por lejano que en apariencia esté de mis intereses; así he encontrado muchas veces satisfacciones inolvidables. Uno , incluso agitadamente, vive entre los hombres y no puede desdeñar nada de lo que hagan. Pocas cosas me indignan tanto como la presuntuosa ignorancia del que es número uno en cualquier cosa y por ese simple hecho rechaza todo lo demás. El flamenco, como los conciertos de música clásica, o el teatro, o los espectáculos deportivos me han interesado siempre, a veces unas temporadas más que otras, según mi estado de ánimo, pero por nada me perdería un acontecimiento cultural si puedo llegar a él. La primera cosa que pido a mi secretaria antes de emprender una gira es que se entere bien de los acontecimientos que hay en la ciudad o de lo que vale la pena ver allí.

El tablao madrileño ha sido uno de mis refugios. Sin embargo, no puedo recordar con quién me encontraba aquella noche, sin duda porque fue tan desmesurado lo que sucedió después que pasó un borrador sobre mi inmediata memoria.

Tendría aquel hombre unos treinta y cinco años y parecía muy educado. Hablamos de las posibles o imposibles relaciones entre el pop y el cante, sobre los parecidos remotos orígenes de ambas músicas – campesinos andaluces, esclavos negros en Estados Unidos, jóvenes marginados en Inglaterra-; callábamos mientras intervenían cantaores y bailarinas; le dábamos con tiento a un jerez seco y frío que ayudaba a entornar el alma.

Alguien había invitado a un grupo de gente, a local cerrado, a aquella sesión; en cierto modo, pues, todos éramos presuntamente conocidos. En realidad, el hombre tenía muy poco que ver con la música. Era (es) una personalidad destacada en Madrid, sobre todo por el tipo de trabajo que tiene y por su dinero, que debe de ser incluso excesivo. Y parecía muy simpático.

Cuando acabó el espectáculo, me tomó del brazo:

- Es todavía temprano. ¿ Quieres venir a tomar una copa a casa?

-Bueno, es que he venido con unos amigos...

-Mi mujer tiene mucho interés en enseñarte unas teclas. Sabemos que has sido pintor y nos gustaría conocer tu opinión.

-Yo en realidad...

-No puedes desairarla, Camilo. Se enfadaría conmigo, fíjate. No puedes imaginar lo que te admira, de veras. Bueno, ya te lo he dicho. Y aprovechas para dedicarnos tus discos; los tenemos todos, todos.

Muchas veces me he metido en conflictos por no atreverme a decir que no a la gente que me rodea. Muchas veces por cordialidad, varias por timidez, algunas por el aguijón de la vanidad halagada, el caso es que en muchas ocasiones he hecho lo que no me apetecía hacer. De cualquier manera, aquel tipo parecía tan encantador, tan educado, tan sereno, que finalmente empecé a dudar.

- Mira, será un momentito. Una sola copa. Te llevo en coche y luego yo mismo te devuelvo a casa. O adonde vayas con tus amigos.

Todo lo ponía muy fácil aquel caballero.

Salimos, pues los dos de las Cuevas de Nemesio. El portero trajo hasta la puerta un  <Porsche> blanco y brillante.

Tan grandes excesos de amabilidad empezaban a mosquearme. Pero llevaba aún el cante en el cerebro y el jerez en el corazón. Tampoco me importaban las sorpresas. Desde que era un hombre famoso e incluso- según algunos – un hombre público ( en el sentido de que me debía a mi público). Estaba acostumbrado ya a todo género de asaltos, de administraciones súbitas, de halagos inopinados. El peso de la púrpura, que dicen. Uno procura llevarlo lo mejor que puede y sin descomponer la figura, que para eso se lo buscó con ahínco...

Bueno. Enfilamos estrechas callejuelas, cruzamos avenidas, empezamos a salir de la ciudad. Mi anfitrión poseía una impresionante casa en Puerta de Hierro con mayordomo que recogía los abrigos apenas abierta la puerta y perros guardianes que se apaciguaban a la voz del amo. Nos quedamos los dos en un inmenso salón que parecía de Lo que el viento se llevó.

-¿ Un whisky, Camilo?

-Con <Coca Cola>, por favor – dije-. Es mi bebida predilecta.

Nos sirvió el mayordomo y el dueño le ordenó que se retirara. Ni me traían discos para que los firmase ni me señalaban cuadros sobre los que poder emitir una opinión, aunque colgaban muchos y buenos de las paredes.

-Un momento, ahora aparecerá mi mujer .

Todo natural. Casi me daban ganas de ponerme a contar esos chistes idiomáticos bobos que tanto nos divierten a mi y a mis músicos a eso de las cinco de la madrugada, después del trabajo agotador:  <¿Cómo se dice escupir en árabe?> ¿...? < Saliva-va> <¿Cómo se llama el ministro japonés de Sanidad?> ¿...?< Yo quito Kakita.> Contar alguna tontería de ese genero. El hombre miraba con una sonrisa perfecta y yo empezaba a sorber mi bebida.

De pronto, apareció la mujer por una puerta lateral. Llevaba el pelo suelto, largo y dorado, y sobre su piel lucía una especie de túnica trasparente y azul cuyo borde arrastraba por el suelo. Tan trasparente que podía verse toda su piel. Toda. No llevaba una sola prenda aparte de aquellos tules. ¡ Sopla, manopla, y escucha la copla de Constantinopla!, como dijo el otro. El marido me la presentó sin hacer mención alguna a su vestuario, como si ella recibiera siempre así a sus invitados, con la piel a la intemperie.

Después de un respingo que me agitó delos pies a la cabeza, intenté mantenerme frío vaciando el resto de mi copa. La mujer se sentó a mi lado y comenzó a hablar de mi mismo, de lo que le gustaban mis canciones, todo lo que había oído en el tablao, como si tal cosa. En un momento dado, el marido se levanta del sofá y desaparece. <¡ Vaya, otro que se me presenta en pelota viva!>, pensé yo.

No fue así. No estaba previsto o su esposa no le dio tiempo. Casi inmediatamente me tomó de la mano y me pidió que la siguiera para enseñarme sus cuadros.

La pinacoteca familiar era bastante rara y estaba en un lugar poco adecuado: el dormitorio. Lo menos erótico que había allí eran unos espléndidos traseros de Urculo. Unos espejos clarísimos sujetos al techo multiplicaban todo aquel arte que una censura incluso poco rigurosa hubiese condenado a la hoguera. La señora me pidió que me sentara en la cama, < el lugar mas apropiado para ver todo esto>, dijo. Para eso y para todo lo demás. Realmente, no puede negarme, porque la dama estaba francamente muy bien. Antes de pensarlo mucho andaba ya metido en una orgía bastante inverosímil y absurda, pero ¿ cómo negarse después de tantos alicantes? Mientras veía nuestros cuerpos reflejados a la vez en docenas de espejos, asustado por casi lo que veía, pensé que me habían tendido una trampa suntuosa.< Ahora me están filmando, seguro, ahora aparece el marido y me pega un tiro; han llamado a la Policía y va a trincarme por estupro o violación o asalto; la semana que viene aparezco en todas las revistas de Madrid como mi madre me trajo al mundo...>

Pero no estaba en condiciones de evitarlo, con aquella mujer en mis brazos. Se incendiaba antes de sacar la cerilla. Bastaba que acercara mi lengua a uno de sus pezones para que se retorciera como una serpiente y gritara de placer. En realidad, el solo hecho de verme desnudo a su lado la empujaba a reír, a chillar, exaltada y enfebrecida. Cuando estábamos ya en los umbrales del séptimo cielo, se abrió la puerta del dormitorio y apareció el marido. Muy tranquilo con su copa en mano. Quizá llevaba el revólver escondido... Pero dijo, sonriendo:

-¿Qué tal? ¿Bien todo?

-¡Si , si, de veras! ¡Magnífico, cariño!- respondió a gritos su mujer.

El tipo hizo un gesto de contento y se fue.

Había terminado la primera sesión, de modo no completamente satisfactorio por culpa de la presencia del hombre. Así que iniciamos una segunda y, a continuación, una tercera, más tranquilo yo e igualmente desbordada ella. Cuando por fin acabaron nuestros trajines, después de mucho rato, la señora se enfundó en sus tules.

-Has estado muy bien, Camilo. Espero que vuelva a repetirse. Muchas gracias.

-De nada, señora. Ha sido un placer- le respondí yo, todavía asombrado.

-Llamaré a mi marido y te llevaremos a Gitanillos. ¿ No te esperaban allí tus amigos?

Regresamos al salón. Estaba allí el marido, entretenido con su bebida y contemplando las musarañas. Se puso de pie, tan educado como siempre, salimos hasta el < Porsche> después de que ella se enfundara sobre los tules un abrigo de visón blanco, enfilamos la autopista y llegamos a la discoteca. Al despedirse de mí, el hombre me tendió una blanda y helada. Con una brillante sonrisa profidén. La mujer me besó en la mejilla y me entregó un sobre.

Yo pensé que seria una carta o una cita. Lo guardé sin preocuparme. Cuando ya en mi casa, abrí aquel sobre, descubrí que contenía cinco billetes de mil pesetas. ¿ Qué podía hacer: correr a devolvérselas?

No, se las devolví cuando, pocos días más tarde, la mujer comenzó a visitarme en mi apartamento para que repitiéramos juntos, más calmado yo, la escena nocturna de su casa. Así lo hicimos muchas veces, hasta que me cansé de sus visitas. En cuanto al marido, nunca supe más de él.< Miró al soslayo, fuese y no hubo nada>, como decía del valentón el soneto de Cervantes. Ni me filmaron ni  vendieron mi pellejo en exclusiva a ninguna revista porno. Probablemente era aquél su modo de vivir y de soportarse juntos. Hay gente para todo, decía El Guerra.

Pero en hazañas semejantes a ésta me he visto envuelto tantas veces que podría componer una deliciosa antología. <Acerca de los sobresaltos que un cantante conocido debe soportar de parte de sus admiradoras>, así podría titularse Claro que pronto termina uno curado de espantos y hasta acaba por acostumbrarse. A que le obliguen a cantar a punta de pistola y a que quieran violarlo en un avión. En el fondo, son incidencias propias del oficio. Aunque sospecho que aquella dama de los tules podría haber actuado lo mismo con su cartero, con el profesor de sus hijos o con su director espiritual. Para ciertas cuestiones la voz no es muy necesaria...

Cito la historia como ejemplo insignificante, simpática anécdota de los muchos sucesos novelescos en que he ido metiéndome casi en el momento mismo en que mis primeras canciones obtuvieron un éxito destacado. Cuando tenga más calma, más ánimo y menos compromisos quizá decida reunir los más notables, incluyendo en ellos los nombres y apellidos de sus protagonistas. Porque mientras las revistas publicaban cábalas sobre mi romance con Maribel Martín, por ejemplo ( y fue la primera portada en color de mi vida, en la revista Ondas), relación que tampoco era falsa, en mis noches y mis días empezaban a acumularse acontecimientos como el que he relatado. Paralelamente a una vida profesional laboriosa y fecunda circulaba inesperable, una vida privada sobre la que prefiero no hablar demasiado...

Capítulo 23