Capítulo 23. El ídolo de la juventud

En el avión empecé a sentirme frágil y solo. Tan solo que me dolía la garganta. En medio de la noche del cielo, cuando cada hora tarda poco mas de media hora en pasar por los husos horarios, pero parecen siete horas cada una de ellas; en esa situación indecisa de todos los viajeros aéreos, aunque no tengan ningún miedo al avión, de pronto me sentí solo. Debió de ser una sensación efímera, pero punzante e insidiosa. Me vino incluso a la cabeza un verso escrito por el cura Ernesto Cardenal- muchos años antes de ser ministro de Cultura sandinista  en Nicaragua – en forma de oración por Marilyn Monroe: < sola como un astronauta frente a la noche celestial>, quizá por el hecho de encontrarme en medio de esa <noche celestial>. El monótono zumbido de los motores, el roce del aire al otro lado de la ventanilla, los silenciosos paseos de la azafata y la pacífica somnolencia de mi manager, tranquilo a mi lado en la cabina de primera clase, me hacían sentirme más abandonado que nunca, como perdido para siempre.

-José María, que no pudo hablar.

-¿ Cómo dices?

Me llevé una mano a la garganta y repetí mis palabras. Apenas pudo oírme.

-¿ Te duele la garganta?

Hice un gesto afirmativo con la cabeza.

-No voy a poder cantar mañana, José María.

José María Lasso de la Vega, que era mi segundo manager- creo que también entonces el de Serrat -, mayor, con toda la experiencia del mundo, extendió ante mí su mano derecha. Sobre ella brillaba un diamante, como una nuez; el resplandor parecía conferir a aquella mamo grande y pesada una aura de ligereza: como la mano de un ángel. Dibujó en el aire una especie de círculo:

-No te preocupes, muchacho. Si mañana no puedes cantar, no cantas. No pasará nada. Duerme tranquilo.

Cerré los ojos. No poder cantar en Buenos Aires era una tragedia. Por un momento pensé que iba a terminar mi carrera si no podía cantar en Buenos Aires. Cantar en Argentina era demasiado importante para mí.

Había realizado mi primer viaje unos meses antes, al lado de mi primer manager Juan Martínez,  alias Tino, y había sido un conjunto de aventuras alucinantes. De momento, Tino me había convencido para que me hiciese unas fotografías con un pantalón vaquero que no me gustaba nada. < Son cosas de promoción, no tienes más remedio> Luego, poco antes de subir al avión, nos dimos cuenta de que en Argentina era entonces invierno ( Junio en España, creo recordar ) y que yo no tenía abrigo. Tino no perdió el tiempo. Me trajo uno suyo, de piel, enorme. Pasear en junio por Madrid con aquel abrigo fue todo un espectáculo.

Y apenas aterrizamos en Buenos Aires me encuentro toda la ciudad empapelada con enormes cartelones en donde aparecía yo vestido de vaquero: < El ídolo de la juventud viste pantalones Kansas.> Al parecer, el Algo de mi había sido en Argentina un éxito gigantesco (dije ya que me dieron allí mi primer disco de oro, antes que en España) y una consecuencia de que todo el mundo conociese mi canción eran aquellos anuncios. Si hubo dinero de por medio, no lo sé ni quién pudo llevárselo. El empresario argentino organizó aquella publicidad por la que, como yo es lógico, yo no cobré un duro. Pero sería el primer y último anuncio que he hecho, aunque luego las ofertas se han presentado por millares. Por ahora pienso que mi misión en la vida es cantar, no anunciar calcetines o desodorantes. Tampoco es misión mía en la vida lo que esos asuntos proporcionan, es decir, ganar dinero. Que me paguen por cantar, que me paguen mucho, me parece bien, porque es una forma de reconocer el mérito de mi trabajo. Presentarme como consumidor eximo de cualquier cosa no me apetece demasiado.

Pero aquel Buenos Aires lleno de camilosestos en vaqueros me pareció maravilloso. Creo que di un abrazo a Tino por aquella idea. Durante un par de semanas estuve paralizado por la emoción de aquella inmensa y animada ciudad. Era la primera vez, aparte de viajar a Londres, que salía de España; la primera vez que me presentaban como < ídolo>. El día carecía de horas suficientes para alimentar mi asombro y mi entusiasmo: el mercado de San Telmo, las formas de hablar, los boliches donde el tango fluía como una fuente inagotable, las librerías abiertas veinticuatro horas, sesiones de teatro vanguardista que comenzaban a las dos de la madrugada, las grandes avenidas llenas de gente hermosa, los bifes de chorizo y los panqueques y el queso con dulce de membrillo, el barrio de Boca, el ineludible paseo por la calle Caminito, con sus fachadas pintadas de colores... Ni Londres era entonces una ciudad tan bulliciosa, tan viva, tan joven como Buenos Aires. Recorrí la ciudad palmo a palmo, como el más devoto turista.

En principio, sólo estaba previsto que actuase en Canal 9 de televisión y en una pequeña discoteca, pero el empresario, animado por el éxito y por los dividendos de los tejanos – supongo-, organizó a toda prisa una gala en el teatro Rex, todo lleno de dorados y rojos. Media docena de músicos aprendieron a toda prisa algunas de mis canciones y así me presenté. El teatro estaba medio vacío, ya no sé si porque no había tenido tiempo de anunciar mi actuación. Las canciones que el grupo no había logrado aprender las cantaba acompañándome de una guitarra o sin música, a capella, como realmente me gusta cantar. La gente aplaudió mucho y confieso que fue la primera vez que los aplausos me impresionaron, especialmente porque era aplausos vigorosos y sin escándalo. El público vestía de gala y me aplaudía como a un director de orquesta o a un actor que hubiera representado a Shakespeare. Conocía el griterío de las discotecas, de las plaza del pueblo, de los cabarés;  el humo de las salas de fiestas, el jolgorio de las fiestas patronales y de las actuaciones en radio. Aquello sobrepasaba cualquier experiencia. Y hasta que me encontré, años más tarde, ante seis personas en el Radio City Music may de Nueva York, el teatro cubierto más grande del mundo, no tuve una sensación parecida.

Si hubo muchas cosas que me habían impresionado en aquel primer viaje a Buenos Aires. Quizá la más importante de todas se llamaba Gabriela Isabel Jackiewisky ( aunque no pondré mis manos al fuego por la exactitud del apellido). Cantaba algo, hacía alguna peliculita y era rubia, brillante, ojos azules, sumamente divertida. Su nombre artístico era Marcia Bell.

Era de origen lituano y me la presentaron en mi primera noche en Buenos Aires. Ya no me separé de ella mientras estuve allí, ni durante aquel viaje ni durante los siguientes, hasta que logré que ella se viniera a España conmigo. De pronto, a quince mil kilómetros de Madrid, me encontraba tan cómodo en el salón de mi casa rodeado de mi gente. Al lado de Marcia me sentía tan dichoso que me preguntaba:

-Bueno, pero ¿ dónde estoy?

Era ella joven y lo que sigue siendo. Niña traviesa, jamás dejaba de reír y gastar bromas. Su sueño era venir a vivir a España, y le di un cheque para que se comprara un billete Buenos Aires- Madrid, con derecho a todo. Tardó varios meses en hacerlo, aunque de vez en cuando me llamaba:

-¡ Ché! ¿ Cuándo querés que vaya, Camilo?

-¡ Venite ya!

Se las arregló para cobrar aquel cheque de mi cuenta de Madrid y apareció en Barajas. Antes de llevármela  a casa, pasamos por la boutique que mi amigo Juanjo Rocafort tenía al lado de Carlos III, la vestí de arriba abajo, le compré sus trajes, sus zapatos, sus plumas y nos fuimos al Palacio de la Música, donde hacía su presentación Raphael, después de dejar en mi casa su apabullante y voluminoso equipaje. Yo llevaba una chaqueta de leopardo- falsa, pero que daba el pego-.Hacía un año que la hacia conocido a Marcia nunca había estado tan hermosa. Los periodistas se nos echaron encima, porque era ciertamente una mujer espectacular.

Y de allí nos fuimos a la casa que acababa de comprar en Jorge Juan, un duplex que me había costado todos mis ahorros. Marcia consiguió hacerse un nombre en Madrid muy rápidamente. Se integró en el grupo de < azafatas> del programa de televisión < Señoras y señores>, de Valerio Lazarov, junto a Cantudo, Angela Carrasco, Norma Duval, Victoria Vera creo y otra chica que luego se casó con el guitarrista de los Pekenikes. Grabó algunas canciones con letras desastrosas que yo tuve que arreglarle, terminamos peleando, salió luego con Ramón Ribas, fue novia de Dany Daniel, finalmente se casó con un cantante argentino y ahora vive en México, con su marido y sus hijos. Isabel, Isabel, lo que yo daría por tenerte otra vez. Duró poco tiempo, ¿ quién sabe por que? La canción  que le dedique en mi disco< Camilo>, enmascarada bajo su verdadero nombre de Isabel y a cuya protagonista, por lo tanto, nadie logró descubrir, explica un poco lo que fue para mi Marcia y la brevedad de nuestra relación.

Se llevaba muy mal con Petra, la mujer que ha cuidado de mi casa y de mi mismo desde que tenía diecinueve años, sobre todo porque tenía poco respeto a mi dinero, y ningún aprecio a las plantas, cosas ambas que Petra no ha podido soportar en nadie. < Al que no le gustan las plantas no es buena persona, Camilo> dice siempre Petra y yo le doy la razón. Lo del dinero a mi me importaba mucho menos, pero mi ama de llaves ha sido muy rígida en las cuestiones económicas del hogar. Por otro lado, Marcia tenía el don de llevarse mal con muchos de mis amigos y amigas. Odiaba a muerte a Angelita Carrasco, con la gente que yo he trabajado toda mi vida y a la adoro... De manera que en algún momento, no mucho después de haberla recibido en Madrid como a una reina, hube de invitarla a cambiar de domicilio. Para empezar, se fue a vivir con Roseta, cuya casa ha sido una especie de asilo de mis ex. Allí permaneció vinculada a mí, aunque de lejos, como la propia Roseta, hasta que buscó aires más libres.

Pero habíamos tenido tiempo de divertirnos mucho juntos. Me acompaño en giras por toda España, se vino conmigo a Londres para la grabación de otro disco, las revistas publicaron docenas de fotos de los dos y nuestra historia amorosa era un tema de conversación frecuente entre las gentes del gremio y los que nos siguen. Es verdad que me alegró muchas horas de mi vida y que fuimos muy felices juntos mientras duró. Claro que como ya me había ocurrido lo mismo media docena de veces, no fue demasiado dolorosa la despedida. Y desde luego, menos traumática y agitada que algunas de las anteriores...

Marcia Bell, lo más hermoso que encontré en Buenos Aires, durante mi primer viaje...

Mientras realizaba mi segundo viaje con Lasso de la Vega esperaba sobre todo estar en buena forma para cantar delante de ella. Pero me había quedado mudo. Y Lasso de la Vega, moviendo antes mis ojos su diamante tipo manzana, insistía:

-No te preocupes, no te preocupes...

Tiraba de la mantita para que fuera más arropado. Unos asientos más atrás, Tinín, el ayudante de Lasso; Adolfo Waitzman, que me acompañaba como director musical, y su mujer Encarnita Polo, dormían. Yo me sentía solo porque no tenía mi voz.

Llegamos al aeropuerto de Ezeiza. Periodistas, cámaras de televisión, y un coche que me conduce a casa de un médico.

Me mira la garganta, habla con mi manager y vuelta al coche y a casa de otro doctor. <Bueno, ¿ qué está pasando aquí?>, me preguntaba yo. El nuevo médico vuelve a mirarme, prepara una jeringuilla de veinte centímetros de largo:

-Súbete las mangas.

Estoy sentado en una especie de sillón de dentista, sin abrigo, sin chaqueta. Me subo las mangas de la camisa y de repente ¡ plaf!, aquel matasanos me clava la aguja a un lado de la garganta. Antes de que pudiera respirar, vuelve a clavármela en el otro lado. Ni siquiera tuve tiempo de desmayarme. Porque para consolarme de aquella sorpresa volvió a clavarme dos veces más la aguja, ahora una vez en cada brazo... Me había inyectado dosis de un medicamento de caballo que me dejó helado. Tuvieron que ayudarme a vestirme. Yo ni siquiera podía gritar... Y de nuevo al coche, al aeropuerto, a otro avión. Cuando me di cuenta estábamos todos en Asunción la capital de Paraguay, después de una larga escala promocional en Resistencia.

Y  tenía que hacer el triplete aquel mismo día. Cuando íbamos a la primera actuación en una emisora de radio, el coche en el que viajaban el director y el guionista se pegó un golpe y hubo que llevarlos a todos al hospital, con lo que la presentación que me hicieron fue de una antología del desastre... Después fuimos a la casa del Presidente Stroessner, a cantar en el cumpleaños de su hija, lugar en que Tinín tuvo una de sus maravillosas actuaciones, como ya contaré. Finalmente, a una discoteca llamada < El Caracol>. Debía cantar en un escenario circular y giratorio, bastante alejado de los músicos. Pero los músicos habían sido contratados con premura, como siempre, y sólo tenían una idea muy somera de mi repertorio. Para mayor facilidad, sólo había sobre nosotros un grupo de focos. Cuando las partituras de los músicos caían bajo la luz de los focos, todo funcionaba a las mil maravillas. Pero la plataforma giratoria los apartaba en seguida de las luces y los pobres muchachos se quedaban con el dedo colgando y sólo podían tocar al azar: turu-tú-titi-ñac... Así sonaba aquello. Menos mal que el batería era un tipo ingenioso y conseguía mantener un ritmo aproximado. Y yo, milagrosamente curado de mi mudez por aquellas inyecciones, estaba decidido a cantar como fuese, con la música al revés o sin música.

Después volvimos a Montevideo y recalamos por fin en Buenos Aires, ciudad maravillosamente llena de Marcia Bell... He regresado muchas veces a Argentina. Sin desmerecer de otros países americanos, ha sido, con México, Venezuela y Puerto Rico donde más a gusto me he sentido. Aquella segunda vez- y tampoco otras posteriores, ciertamente- no careció de peripecias. Veníamos muy quemados de Paraguay, pero nos esperaban todavía algunas hazañas. Volvió a mirarme el médico y se quedó muy satisfecho del resultado de su actuación. Ante su puerta, Tinín me había pedido permiso para partirle la cara, pero le rogué un poco de calma.

Tinín, José Manuel Inchausti por verdadero nombre, era torero, pero trabajaba por amistad como road-mánager para Lasso de la Vega, que por entonces era el más importante de los managers españoles. Llevaba o había llevado al Dúo Dinámico, Juan y Junior, a Celia Gómez, a Serrat, a Antonio Amaya, a decenas y docenas de artistas importantes. T Tinín era su mano derecha..., o su puño derecho. Cordial, amable, servicial y eficacísimo, sólo le faltaba para ser perfecto un poco de finura y diplomacia.

Pues bien, la primera actuación fue en el Centro Gallego. Ante la falta de la puerta trasera, tuve que salir por entre el público, por la puerta principal. Pero la gente, españoles en su mayoría, se había arremolinado por todas partes, se había subido a mi coche. Comenzaron a aparecer policías  a caballo, con unas porras impresionantes, y como ocurre muchas veces en  que los policías no saben cómo arreglar las cosas , se liaron a golpes contra todo el mundo, los caballos saltando por encima la multitud. Hubo docenas de heridos y un escándalo espantoso.

A los pocos días tocaba el Canal 9. Buenos Aires estaba entonces muy tenso por la proclamación de Perón como candidato a la presidencia del justicialismo: manifestaciones, policías y militares por las calles...Entre Lasso y el empresario argentino Alfredo Capalbo tenían algunos negocios poco claros. Lasso dirigía la operación desde la habitación del hotel y Tinín y yo fuimos a la emisora. Grabé una actuación y salimos. Una vez acomodados en el coche, los militares meten las ametralladoras por las ventanillas diciéndonos que volvamos a entrar, que yo tengo que hacer otras dos grabaciones más. Tinín se cabrea y empieza a soltar todos los tacos y blasfemias que conocía, que eran desde luego muchos, más de los que yo he oído jamás.

-¡ Por Dios, Tinín, que nos fríen, cállate, que tengo el tubo en la sien!

A Tinín, el torero, no le daba miedo nada. Siguió jurando y despotricando contra los militares. Hasta que salió alguien de la emisora, parlamentó y nos obligaron a entrar de nuevo. Al parecer, el contrato estipulaba que yo debía grabar más canciones.

-¿ Cuántas quieren, diez, veinte, cincuenta? Estoy grabando aquí hasta que me caiga redondo, hasta que se vayan estos señores.

No podía decir otra cosa, porque  los militares seguían con sus armas en la mano, mientras Tinín releía el contrato y echaba pestes contra todos los muertos, los vivos, los seres celestiales y los infernales. Al fin se solucionaron las cosas, a costa de mis pulmones, naturalmente, y volvimos al hotel.

Todo aquellos follones y otros muchos que no vale la pena mencionar, con los empresarios, con los músicos, contratos firmados en una servilleta de bar, hicieron que Lasso de la Vega dejara de ser mi manager. Aunque siempre me trató, en el poco tiempo que estuvimos juntos, como un padre. Tinín también desapareció de mi lado, como consecuencia de ello. Y lo sentí mucho porque era un compañero ideal, sobre todo para los momentos de apuro. Empecé a descubrir que e la vida de un cantante conocido esos momentos suelen ser más de los que a él le gustaría encontrar. De todas maneras, Lasso y Tinín siguen siendo hoy en día grandes amigos míos.

 

Capítulo 24