Capítulo 29. Riesgos controlados

A gran parte de los comentaristas de lo que ellos mismos llaman “mundo frívolo”  –aunque habría mucho que hablar de tal frivolidad– les parece de perlas que Mick Jagger aparezca en los escenarios agitando las caderas envueltas en un taparrabos con los colores de la bandera británica ; dicen que es una muestra de su genialidad incomparable. Aplauden sin reticencias las rompedoras excentricidades de Alice Cooper y aceptan el punkismo más feroz como un signo de los tiempos, incluso en sus manifestaciones más violentas y desagradables. Al fin y al cabo eso forma parte del espectáculo, es el espectáculo mismo, dicen. Y sus protagonistas son ingleses, americanos, están apoyados por los grandes gobernadores de los mass media. Pero cuando a mí se me rompió una costura del pantalón durante una actuación en el “Scala” de Madrid, esos mismos comentaristas me criticaron muy duramente. Los más exquisitos informadores han admirado siempre los muslos que la ventilación del Metro permitía mostrar a la Monroe, o ese tirante caído que solía exhibir Ella Raines para dejar que el espectador gozase de la belleza de sus hombros, o los torsos desnudos de ochenta docenas de actores conocidos y respetados. Pero si sospechan que el tejido de mi pantalón no comprime lo suficiente aquellos dones que la madre Naturaleza tan pródiga y generosamente me ha otorgado, en seguida se lanzan al sarcasmo, la ironía o la burla. A mí me recuerdan a lo que un sargento de los “grises”, muy benévolo, me dijo cuando la banda de los Ojos Negros tuvo un conflicto con la Policía a la salida de “Los Boys” : “Bueno, está bien que imitéis a los Escarabajos, pero que no me entere yo que ahí dentro copiáis a los Estones!

Sin embargo, ni el pantalón roto en Madrid, ni la cremallera desgarrada en Nueva York, ni la ostentación física de lo que uno tiene porque su ocultación es imposible han sido nunca operaciones deliberadas y conscientes. Forman parte de los riesgos incontrolados, como si el batería pierde de pronto una de las baquetas, como si alguien estornuda, como si se funden dos focos, como si al trompeta le da un acceso de tos en medio de un solo, como si un camarero de la sala tropieza y se viene al suelo con una bandeja llena de vasos... Nunca me han parecido peripecias dignas de comentario público. Allí estamos para algo más importante y así suele entenderlo el público. Lo que yo suelo hacer en estos frecuentes casos de accidente es seguir cantando como si tal cosa, aun con el micrófono mudo, aun con algún cable chisporroteando. Pero me atrevería a añadir que si todo ese género de sucesos fuera deliberado –el pantalón roto, etc...–, podría formar parte de un espectáculo y, en consecuencia, debería ser considerado como tal. Como los meneos del  Jagger, por ejemplo. ¿A qué entonces, escándalos tan pacatos y desmelenados? Naturalmente, siempre las medidas se han aplicado según el gusto del medidor y no según la rectitud de la medida misma.

Por otra parte, mi experiencia en romper pantalones es ya antigua. Al poco tiempo de ingresar en el equipo de los Salesianos, como portero titular, mientras durante un partido me columpiaba en el larguero de la portería, rocé un clavo que sobresalía en uno de los palos laterales y me rasgué el pantalón de deporte de arriba abajo, en dos pedazos. Me quedé exactamente en bolas. Tapándome como podía con los despojos de la tragedia, y corriendo por entre el público del encuentro, niñas incluidas, llegué a casa de mi tía Pepiqueta.

            –Pero, ¿qué te ha pasado, mi niño?

            Me prestó una gabardina de mi primo Camilo, tan larga que me llegaba hasta los pies. Enrollado en ella conseguí llegar hasta mi casa. Cuando mi madre me vio se llevó las manos a la cabeza :

            –Si te presentas así en Valencia el día 19 de marzo, se creen que eres una falla y te queman...

En los miles de apariciones públicas que he realizado en mi carrera, las he visto ciertamente de todos los colores. Una de las más apuradas y dramáticas –divertida vista desde aquí– ocurrió en Punta Umbría, Huelva. A mediodía había comido más ciruelas de las que mi intestino pudo asimilar y cuando llegó el momento de subir al escenario, empecé a sentir unos retortijones espantosos. Ya saben de sobra los que me han visto que no me gusta quedarme quieto en las tablas ni tampoco me guardo las manos en los bolsillos ; pues bien, aquella noche salí encogido y agarrándome la barriga con una mano. Para redondear el panorama, actuábamos al aire libre y planeaban a nuestro alrededor unos moquitos grandes y voraces como buitres. Los músicos, las chicas del coro, los técnicos, dedicaban más tiempo a golpearse el rostro y los brazos que a atender sus ocupaciones, de modo que los instrumentos interrumpían sus notas para que su dueño se librase de una de aquellas bestias y el concierto era una mezcla de notas y de ¡plaf, plaf, plaf! Aquello sonaba aproximadamente como la orquesta que me acompañaba en la discoteca “El Caracol” de Asunción. El único inmune a aquel ataque era yo, que he citado la aversión que por mi sangre sienten los insectos, pero no podía frenar las premuras de mis prisas. Cada cuatro o cinco canciones tenía que retirarme al camerino, disimulando mucho la situación, mientras los músicos alternaban los pentagramas con el asesinato del mosquito.

            Otra sorpresa poco agradable me sucedió en Águilas, Murcia, la tierra de Paco Rabal, cuando yo comenzaba. No me conocía nadie entonces. El presentador del espectáculo, que debía ser un tipo tan impuesto como el que en Alcoy anunciaba mi voz microfónica, se colocó ante el respetable y dijo más o menos :

            –¡Señoras y señores! ¡Y a continuación el gran descubrimiento del momento, el cantante electrizante, la voz que va a toda pastilla, el rey del ritmo... Camilo! ¡Ritmo a todo gas, op!

Y aparezco yo con mi canción de moda : “Buenas noches, mi amooor”, la nana de Brahms. Los chavales, que ya tenían el grito dispuesto, se quedaron de piedra. Y yo también, claro.

            En contrapartida, otra sorpresa recibida en Argentina fue mucho más agradable. Empecé a cantar, dentro del repertorio de entonces, mi versión de Si se calla el cantor : Levanta su voz en las tribunas por el que sufre... Una de las letras más expresivas y hermosas de la moderna canción en castellano. Y de pronto sale de entre el público un hombre ataviado con un poncho, veo que los servicios de seguridad le dejan acercarse al escenario, veo que salta arriba, se coloca a mi lado... y se pone a cantar conmigo. Era nada menos que Horacio Guaraní, el autor de la canción. Empecé otra vez el tema y lo cantamos a dúo, completo. Y me llevé su poncho como regalo del autor...

            También en Buenos Aires ocurrió un extraño percance. Estaba actuando Raphael y los organizadores me ofrecieron dos entradas para ir a verlo. Yo pedí una localidad discreta, para que no me reconociesen, y así me lo prometieron. Cuando llegué al teatro, un empleado se prestó a acompañarme a mi sitio por una puerta lateral, a fin de que pasara inadvertida mi presencia, como yo había pedido. Pero alguien tenía decidido lo contrario. El empleado me hace entrar justamente de cara al público y un cañón de luz empieza a seguirme los pasos. Raphael estaba ya cantando. El público, al verme, empieza a gritar : “¡¡Huaaaa!!” y, naturalmente, Raphael se calla, se da cuenta de lo que pasa y se cabrea bastante. Algunos llegaron adecir que aquella intromisión había sido deliberada, pero al final del espectáculo fui al camerino de mi amigo a pedirle disculpas y explicar lo que realmente había pasado. Una vez más, “el ídolo de la juventud” había sido víctima de los promotores de espectáculos, que buscaban escándalos para beneficiarse ellos mismos, sin preocuparse de los sentimientos de los demás.

Los verdaderos riesgos surgen de la manera más imprevista, y de ello es testigo principal Ricardo, mi jefe de seguridad. Riesgos que se dan en los escenarios y fuera de ellos. Tal vez el mayor miedo de mi vida no lo sufrí ante las candilejas, sino en un viaje previo. Fue en Chile. Me montaron en una avioneta de papel de celofán, apenas sentado me entregaron un bocadillo dentro de una bolsita en la que podía leerse “pasaporte a la aventura”. ¡Y tanto! Aquel aparato, mientras se acercaba a los Andes, parecía una mosca en medio de un huracán. Afortunadamente no ocurrió nada irremediable, pero el terror de aquel vuelo no he podido olvidarlo. He pasado momentos muy gratos en el aire y en aparatos pequeños ; uno de los más felices, por ejemplo, fue un recorrido en un pequeño helicóptero sobre Miami y sus alrededores. En todo caso, y no sé muy bien por qué, hay momentos que siento cierta aprensión a las máquinas voladoras, las veo más próximas a la avioneta chilena que a los grandes “jumbos” transoceánicos.

De todos modos, apenas he tenido accidentes en mis continuos desplazamientos, esa plaga que tanto se ha cebado en los cantantes. A veces conducimos con sueño, durante muchas horas, con prisas... El recuerdo de mi paisano Nino Bravo y de Cecilia está en la mente de todos los aficionados a la música. Los mínimos percances sufridos por mí se han debido siempre al nerviosismo de chóferes profesionales. No me gusta mucho tener que andar a toda velocidad por las calles de San Juan o de Denver, precedido por una escolta de motoristas, mientras me siguen como a un criminal algunos automóviles de fans enfebrecidas. No me gusta deslizarme por puertas secretas, saltar en los ascensores con gorilas al lado, renunciar a desplazarme por los vestíbulos o bares de los hoteles, mantenerme encerrado en mi suite, andar por la calle rodeado de gente que me acosa y de gente que intenta defenderme... No me gusta pero debo hacerlo con demasiada frecuencia si quiero mantener mi integridad física. Es ésa la más pesada carga de la popularidad.

Evidentemente, me siento muy feliz cuando, sobre el escenario, recibo muestras de afecto en forma de flores, de gritos, de besos. Me gustaría que todo eso desapareciera cuando voy por la calle. Pero sé que es imposible. Resulta ciertamente halagador, como me ocurrió la primavera pasada, que uno vaya paseando por las calles de Oviedo, por ejemplo, y la gente se asome a las ventanas y empiece a aplaudir, un poco como si pasara por allí la Cabalgada de los Reyes Magos. Que se acerque una muchacha a pedir una fotografía o un autógrafo o un beso. Que señoras de cierta edad le hagan a uno educadas y respetuosas preguntas sobre las informaciones últimas a las que han tenido acceso. ¡Ah, si todo fuera así! Desgraciadamente, la mayor parte de las veces parece uno destinado a ser objeto de empujones, tirones, patadas, agarrones, golpes, abrazos desmañados, mordiscos...

 

No sabría valorar el vestuario que me ha quedado hecho añicos por las buscadoras de reliquias... Por todo el cuerpo tengo señales de arañazos, dentelladas y heridas más serias. En San José, California, una admiradora intentó arrancarme una cadena que llevaba al cuello, bastante sólida, y me hizo una herida muy respetable, cuya sangre me cubrió todo el pecho. En no recuerdo qué ciudad de México otra estuvo a punto de ahogarme por querer llevarse mi bufanda : tuve que defenderme con una contundente bofetada cuando ya me faltaba la respiración. El número de relojes y pulseras que me han desaparecido es innumerable y mis antebrazos parecen un cuadro abstracto de huellas de uñas y dientes, como mis tobillos. En Monterrey, algún loco o alguna loca lanzó con fuerza un cubito de hielo de buen tamaño que fue a dar en la sien de Andrea Bronston y la chica cayó redonda al suelo, desmayada, y tardó tanto en volver en sí que paramos el cncierto y temimos lo peor. Uno comprende los arranques de amor de las admiradoras, pero piensa que deberían reservarlos para lugares más íntimos y apacibles. Sin embargo, después de tantos años sé que es irremediable esa costumbre. He tenido que acostumbrarme a llevar un servicio de seguridad propio, a entrar y salir de los teatros entre policías, a viajar por las calles con escolta de motoristas rugientes, lo que produce una sensación muy rara (me refiero a las tres Américas, donde esto es normal) ; acostumbrarme a defender difícilmente mi intimidad, sin resultar a veces grosero ante una presión excesiva ; tener en casa a dobermans amaestrados para el ataque... En fin, no es esto lo que uno buscaba cuando quería ser cantante, pero es lo que la vida ha dado, qué le vamos a hacer.

 

            Y a todo ello habría que añadir anécdotas más graves. Amenazas debomba como las de Santo Domingo. Y una precipitación fuga de Colombia a Panamá después de haberme negado a actuar para un conocido mafioso de la cocaína. Estos tipos, con inimaginables palacios en medio de la jungla, con ejército propio y hasta cinco pistas privadas de aterrizaje (son las que tenía aquel fan mío), suelen intentar que los famosos actúen en sus dominios. Pagan ­–u ofrecen pagar– cifras astronómicas y sin pasarlas por los filtros del Fisco. Algunas cantantes muy populares que conozco han sido violadas en tales lugares. A mí me invitaron un vez de forma bastante imperiosa y no tuve más remedio que salir por pies anulando todos los conciertos en el país. Normalmente, no son canciones lo que esas gentes buscan. O quizá sí, pero tampoco son maneras...

 

             De igual modo, no querían arte unos mafiosos de Nueva Jersey que montaron un tiberio de mucho respeto. Por su cuenta y riesgo alquilaron un pabellón deportivo, anunciaron que yo iría a cantar y vendieron no sé cuántos miles de entradas. Unas horas antes aparecieron dos de ellos en el hotel y me presentaron la papeleta. Podía ser yo el causante de un altercado público gigantesco si no aparecía. Me negué. Aquello podía ser el final de mi carrera en Estados Unidos. Me negué. Uno de ellos sacó una pistola. Acepté inmediatamente. Pero cuando cruzábamos el hall del hotel ocurrió el habitual asalto de los grupos de fans que a veces se pasan allí días y noches enteros esperando que uno aparezca. Fue la primera vez que me lancé al corro que formaban con todo mi entusiasmo. Me dejé besar, abrazar, achuchar... Y rápidamente emprendí una carrera y me metí detrás del mostrador de recepción pidiendo ayuda. Los mafiosos desaparecieron y supe al día siguiente por los periódicos que los había detenido la Policía por estafa.

 

            Son acontecimientos graves o menudos que podría multiplicar si continuara en mi memoria. Imagino que a otras personas menos conocidas también les suceden cosas semejantes, aunque por otros motivos. Tal vez no tengan demasiada importancia. La sustancia está en otro lado.

Capítulo 30