Capítulo 3. El arte de la fuga

A media mañana, el maestro del colegio “ Cervantes” se levantaba casi de un salto y gritaba, más como una amenaza que como una invitación:

-¡ Al recreo!

Sabíamos todo lo que debíamos hacer. Yo sabía también que en unos minutos más tarde iba a tener otra oportunidad de fugarme. Pero el recuerdo más nítido que tengo de aquel colegio es que cada día quería escaparme de él. En realidad, ese deseo ha sido una especie de obsesión durante los aproximadamente diez años que duró mi educación oficial en distintos centro de Alcoy. El primero que recogió mis frágiles huesos de dos o tres años fue el “ Colegio del Pilar”, quizás una guardería, y lo único de él recuerdo es que no quería entrar. Como la mayor parte de los días no tenía mas remedio que hacerlo, el segundo recuerdo es que sólo deseaba escaparme. Por eso la orden de recreo en el “Colegio Nacional Cervantes” me sonaba como una velada invitación a intentar de nuevo una fuga.

Pero el maestro me conocía bien. Nos poníamos todos en fila india dentro de la clase e íbamos pasando despacio por delante de él, derechos y braceando un poco. Aquel hombre era muy fuerte: tenía un cuello enorme, tan ancho como la cabeza. Se llamaba, además, don Juan Francisco, lo que a mi juicio le hacía más terrible, aunque no he sabido por qué. Parecía más un general que un profesor.

-¡ Media vuelta! – gritaba cuando estábamos ya en el patio.

Ahora dábamos la espalda a la pared. Don Juan Francisco se colocaba en un extremo de la hilera, un poco salido para vigilarnos a todos, levantaba el brazo derecho con una furia tremenda y empezaba a cantar, sacando el pecho un vozarrón que nos hacía temblara todos: ¡Cara al sol, con la camisa nueva...!. En el segundo verso del himno falangista entraban las voces del ¡ Cervantes!, que a pesar de su número apenas lograban emular a la del maestro. Se trataba del ritual que deben conocer todos los españoles de mi generación y de sus alrededores, un acto sin especial significado político para la mayoría, una especie de galimatías heroico en el que el ademán impasible se convertía en un ¡ y pasible el alemán!, lo mismo que las rutas imperiales de Montañas Nevadas se transformaban en ¡pomporrutas!... Ya sé que luego se ha hablado mucho de ese himno y de quienes lo cantaron o dejaron de cantarlo. A los cuatro años aquel gesto junto a la pared de la escuela, el brazo alzado, la cabeza erguida; aquel canto era una actividad rutinaria e insignificante, como el rezo al comenzar las clases o los gritos de alegría cuando nos devolvían a las calles. Más tarde cada uno de aquellos chiquillos de Alcoy, como los del resto de España, podían poner entusiasmo en las estrofas o aborrecerlas; en ambos casos me parece muy bien, ya que cada uno tiene derecho a utilizar las canciones que más se acerquen a su corazón, digan unas palabras u otras. Y como ésa y otras canciones que nos enseñaba den Juan Francisco tenían un indudable contenido político ( aunque para nuestra fortuna no podíamos descubrirlo entonces), la decisión de asumirlas o no asumirlas quedaría, muchos años después, a la voluntad de cada uno. Yo ni las amaba ni las odiaba: me limitaba a cantarlas pensando en qué momento podría volver a mi casa. Y el que posteriormente les prestara alguna atención extramusical queda tal vez para una mayor ampliación más adelante.

Con un poco de suerte, al menos una vez a la semana lograba fugarme. En ¡El pilar! Las cosas me habían resultado siempre mas fáciles. Era yo entonces una especie de muñequito rubio, chatillo y con los ojos azules. La profesora me adoraba. Bastaba con que mirase con una intensidad especial, mirada que por otra parte, me ha sido muy útil en la vida, para que desarmara todas sus defensas.

-Señorita, ¿ puedo irme a hacer pipí?

-Claro, claro, Camilo. Pero no tardes.

Hasta el día siguiente. Ella probablemente lo sabía pero no debía de importarle demasiado. Sin embargo, con don Juan Francisco no valía aquel truco. Tenía que escaparme por las buenas, usando la habilidad y la astucia. Desde luego, lo conseguía en muchas menos ocasiones, aunque las suficientes como para que me sintiera satisfecho y seguro de mí mismo.

En realidad, el drama diario comenzaba mucho antes. Y no porque yo sintiera un odio especial por los colegios, por los libros, por los profesores, por mis compañeros. Lo que odiaba era sentirme encerrado, preso, sin libertad. Es evidente que en esa época no eran grandes cosas las que podía hacer con mi libertad, pero me bastaba con sentirla, como una compañera dulce y complaciente. El drama comenzaba cuando Chelo, que entonces dormía a mi lado, me despertaba.

-Chelo, estoy malo, no puedo ir a la escuela.

-Chelo, me duele mucho aquí, no puedo moverme.

-Tengo sueño, Chelo, no quiero ir...

Todas las mañanas las mismas historias. Y todas las mañanas Chelo repetía con dulzura los mismos argumentos: ¡ Si te lo pasas bien en la escuela, Camilo, todos te están esperando...; vas a aprender mucho; ya sabes cuánto te quiere la profesora...! Naturalmente. Al final me convencía. Y me convencía de que me privara de una de las cosas que me han gustado más a lo largo de mi vida, desde muy pequeño. Dormir. Tener que levantarme temprano es un castigo que no puedo soportar. Soy capaz de permanecer despierto toda la noche si he de tomar un avión madrugador, por ejemplo, antes que levantarme a la hora justa. Incluso no me importa pasar en vela veinte o treinta horas seguidas con tal de librarme de madrugar.

En el fondo, quiero despertar siempre con el sol bien alto; de otro modo me siento deprimido, flojo, inseguro. Supongo que es un vicio o una manía y que puede que incluso una súplica de mi metabolismo o una exigencia de mis retinas... Pero Chelo se empeñaba cada mañana en que me levantara temprano y acudiera a la escuela, al ¡ Zaragoza!, al ¡Cervantes! O, a continuación, a los Salesianos. Y como tenía razón y sabía convencerme, la mayor parte de los días no tenía más remedio que obedecer.

Me tomaba un vaso de leche, me ponía – para el primero de los colegios- un guardapolvo a rayas azules que me gustaba únicamente porque sobre el bolsillo superior mi hermana me había bordado a punto de cruz mi nombre: ¡ C. Blanes!. Y salía de casa con ánimo de hacerle pagar caro a mi madre el castigo de haberme hecho madrugar... En realidad, con animo de darme una satisfacción que ahora, al escribirlo, me produce dentera; comer dulce. Ella o Consuelo me daban cada mañana dinero para que comprara el complemento de mi desayuno; así pues, entraba en una panadería muy cercana de casa cuya propietaria me conocía muy bien:

-dame tres esparteros – pedía yo.

-¿ Tres esparteros? Pero si ayer por la tarde me dijo tu madre que no te vendiera los esparteros. Que te diera panecillos para desayunar. Los esparteros son muy dulces y pueden estropearte los dientes si comes tantos.

-¿Te dijo eso? Pues a mí me mandó que comprara tres esparteros y me lo dijo muy seria. Y también Chelo...

-Bueno, habrán cambiado de parecer. Toma los esparteros. Eran unos dulces alargados y riquísimos, dulces como la miel y de contextura similar a la ensaimada. Y yo empezaba a comerme el primero allí mismo. Si no conseguía terminar los tres en el camino del colegio, en la misma clase, a hurtadillas, o en el recreo daba cuenta de los maravillosos esparteros. Ahora tantos años después, no soportaría ni verlos. Curiosamente, debí comer tantos que he aborrecido lo dulce hasta el punto de que cuando pasan ante mi vista el habitual carrito de las tartas en los restaurantes tengo que volver la cabeza a taparme los ojos para no vomitar lo que he comido. Lo más dulce que pudo soportar son la conserva de mangos mexicanos en un almíbar muy ligero, y muy fríos para que se note menos. Claro prefiero los chicles que te hierven en la boca como todo el infierno tragado de una vez.

Porque no se trataba sólo de esparteros. Mi pobre madre llegaba al borde del histerismo cuando, tantas veces, entraba en la despensa y bajo sus pies comenzaban a rechinar los gránulos de azúcar que se me habían caído en mis expediciones secretas.

-¡Camilo! ¿ Has vuelto a comer azúcar?

-Yo no, mama.

-¿Con que no, he? Habrá sido el gato...

Si la cosa se repetía con demasiada asiduidad, o si yo me empeñaba en negar lo evidente, mi madre terminaba furiosa lanzándome una zapatilla que más de una vez hacía blanco en su objetivo. En realidad, así como mi padre no me puso jamás la mano encima y bastaba la severidad de una mirada suya para que no se me ocurriera cometer ningún desmán o para que me arrepintiera en el acto si ya lo había hecho, la relación con mi madre era más dinámica y arriesgada. Comprendo ahora que no le divirtiera nada encontrar la cocina llena de azúcar a causa de mi impericia en hundir la cuchara en el bote que la contenía.

Claro que no sólo era el azúcar la víctima de mi glotonería. Los botes de leche condensada, si conseguía encontrarlos abiertos, corrían los mismos riesgos. E incluso un complejo vitamínico, o jarabe fortalecedor – en realidad, nunca he sabido lo que era exactamente- llamado Glefina o algo parecido, deliciosamente dulce, me resultaba tan apetitoso que lo engullía a un ritmo muy superior al que aconsejaba el correspondiente prospecto.

La libertad que yo buscaba en mis fugas del colegio, tan precoces, no iban dirigidas a esos pequeños robos que me han arruinado el paladar para las cosas dulces. Ni siquiera hacía novillos para meterme en peligrosas golferías. Una vez conseguido el arte de la fuga, regresaba tranquilamente a casa frecuentemente la encontraba cerrada. Mi madre estaba en la compra o en el taller de mi padre, Chelo trabajaba ya en alguna parte y mis dos hermanos, menos aventureros que yo, aguantaban con paciencia el encierro colegial. Así que me sentaba tranquilamente en la calle, a la puerta de mi casa, a esperar a que alguien llegase.

-Pero Camilo, ¿ qué haces aquí a estas horas?

-Pues nada.

-¿Nada?

Nada. Ni siquiera esperaba. Estaba allí sentado, tranquilo y dichoso El mismo gusto por la conquistada libertad era suficiente. Miraba la calle, cruzaba unas palabras con las vecinas que se ajetreaban en sus quehaceres, miraba los hermosos árboles quietos en el cercano horizonte, respiraba y sentía cómo mi corazón vibraba de gozo al otro lado del bolsillo bordado del guardapolvo.

La mayor parte de las veces mi madre no se enteraba de que me había fugado. Me encontraba allí, entraba en casa con ella, esperábamos a los demás hasta la hora de la comida...En cambio se daba una maña admirable para enterarse, por ejemplo, de algunos de mis retornos por el gran camino prohibido. Ese pecado la enfurecía mucho más que mis glotonerías con el azúcar. Yo nunca vi peligro alguno en aquel camino maravilloso, pero a ella le parecía siempre como la boca del abismo.

Y ni ahora me atrevo a quitarle la razón. Se trataba de la ribera de un riachuelo que pasaba cerca de casa y por la cual se podía hacer un buen trecho desde el colegio, después de apartarse de las calles y zonas más pobladas. No tenía nada de especial, pero a mí y a algunos de mis primeros amigos nos encantaba hacer alpinismo por aquellos malecones crecidos de yerbajos, coronados de pedruscos, y arrojar de vez en cuando una piedra plana sobre las entecas aguas con la ilusión de que no se hundiera en el primer choque, y perseguir inútilmente a alguna rana cuyo canto nos había llamado la atención, y contemplar los pájaros que bajaban a beber... Bastaba luego con cruzar un pequeño puente de madera, un tanto inseguro, para regresar al mundo civilizado. Y aquellos malecones inocentes y aquel puente viejecito causaban a mi pobre madre un desasosiego creciente, que muchas veces pagaban mis infantiles posaderas.

Aquellos riesgos inverosímiles y mis continuas aventuras para escapar del colegio contribuyeron a que me convirtiera en el cabecilla de los niños de mi barrio. Esa especie de liderazgo no desaparecería hasta que me fui de Alcoy. ¡ Ay, se nos va el alma del barrio!, recuerdo que decía una mujer cuando la furgoneta de Masanet arrancó de Alcoy rumbo a Madrid cargada con ¡ Los Dayson! Que íbamos a participar en un concurso de noveles en la Televisión... El jefe de mis amigos y el novio de mis amigas.

Pero sin recurrir jamás a la violencia. En el colegio o en la calle todos jugaban a lo que quería jugar Camilo y si Camilo no tenía ganas de jugar a todos se les había pasado el deseo de hacerlo. Sin embargo, no recuerdo ni una sola pelea callejera. Incluso cuando se formaban pandillas para luchar contra los de los barrios vecinos y me llamaban para que participase en ellas, me negaba siempre con argumentos que todavía me parecen válidos.

-Y si tiro una piedra y le doy a otro en la cabeza, ¿ qué pasa luego?

-Pues que hemos ganado.

-Pero no hemos ganado nada.

Era una manera ingenua de una expresión que ahora mismo usamos muchos mis músicos y yo: dominar el panorama. Dicho de otra manera, ser consciente de lo que uno hace y de las razones por las que lo hace, incluso con la conciencia de los seis años. Cuando me escapaba del colegio o lo intentaba sabía de alguna forma por qué lo hacia y que perseguía con ese riesgo: sentirme libre, ser yo mismo al margen de la multitud escolar. Pero en las peleas no encontraba ningún atractivo y nunca en mi vida he dado un puñetazo a nadie. Sin exceptuamos algunos fantásticos encontronazos con varias de las mujeres con las que he convivido, en esos momentos de furia irracional, y más como autodefensa que como ataque, jamás he llegado a las manos de nadie. Y me gustaría no conocer nunca ese momento.

En el fondo, eso que ahora llaman carisma y que yo indudablemente poseía en mis años de Alcoy, incluso antes de que todo el pueblo me conociera como cantante, no es un mérito que uno pueda atribuirse a si mismo, ya que no se gana con esfuerzo y lucha. Es simplemente un don de la vida, que se ha portado muy generosa y benévola conmigo. O quizá consista todo en no escaparse jamás de aquello realmente merece la pena. Mi arte de la fuga era sólo una chiquillada que probablemente tenía únicamente la finalidad de tantas otras cosas, buenas o malas, que yo haya hecho: procurar encontrarme a mí  mismo.

 

      Capítulo 4