Capítulo 30. Las brujas

No sé si por el influyo de las tres constelaciones cuyos astros se han ocupado tal vez  de mi destino –Virgo, Sagitario, Escorpión–, o por esas dieciocho letras divididas en el número mágico de seis tres veces –y el mismo seis es sólo un tres duplicado– que me relacionan con el Anticristo postrero, o por esas dotes de súbita videncia que tantas veces he sentido y que son cimiento de muchas de mis canciones, el hecho es que en muchas ocasiones me he visto rodeado de un hálito misterioso que resultaba perceptible para los demás, de un aura que algunos han podido vislumbrar como si fuesen cámaras “Kirlian”. Me di cuenta de ello muy tempranamente, en mi primer viaje a Argentina. Buenos Aires, como todo el mundo sabe, es tal vez el más rico vivero de brujas, espiritistas, videntes, médiums y practicantes de otras artes relacionadas con la parapsicología.

             Pues bien, estaba yo tranquilamente leyendo en el hotel, de madrugada, cuando escucho unos golpecillos rítmicos y tímidos en la puerta, como de un pájaro carpintero en la lejanía. No presté atención al principio, pero los golpes continuaron, sin apresurarse, sin intensificarse. Por fin me levanté a abrir.

            –¡Tú! ¡Eres tú!

            En el umbral estaba un hombre viejo con las mismísimas barbas blancas de Merlín, encorvado, los ojos como brasas. Llevaba en las manos un péndulo que se agitaba e iba cobrando progresiva velocidad, señalándome directamente.

            –¿Qué desea? – pregunté al viejo.

            –¡Tú eres el Elegido! ¡Tú eres el llamado! ¡Tú eres!

–¿Elegido de qué? ¿Quién me ha llamado?

            –Míralo, mira el péndulo. ¡Eres tú! – insistió el anciano.

            –Sí, Camilo Blanes, para servirle. ¿Qué ocurre?

            –Llevo tres días siguiendo los impulsos de mi péndulo y finalmente me han traído hasta aquí. ¡Eres tú el elegido! ¡Te he encontrado!

            No sabía qué responderle a aquel hombre. La bolita de acero continuaba agitándose cada vez más enloquecida, dibujando en el aire una línea que iba del hombre a mí. La mirada del visitante parecía arder, pero el Merlín continuaba inmóvil, sin desear entrar en la habitación. Pensé primero que sería una broma de mi mánager, una forma de bienvenida del director del hotel, una costumbre local (que es lo que siempre pienso en países extranjeros cuando no entiendo lo que está ocurriendo). Pero en seguida se me puso la piel de gallina y empezó a entrarme miedo. Permanecía fijo allí, mirándolo casi en estado catatónico.

            –¡Si a los escorpiones no les enseñan sus padres que son escorpiones, terminarán mordiendo su propio aguijón y morirán envenenados! ¡Y tú eres Escorpión, yo te lo aviso! ¡Tú eres el Elegido!

            El péndulo cambió el sentido de sus giros y el anciano, como si obedeciera sus indicaciones, se alejó por el corredor y comenzó a bajar las escaleras. Nadie le había detenido a aquellas horas. ¿Era un fantasma o un bromista? No lo supe nunca. Cuando me levanté, intenté indagar, pero nadie sabía nada del asunto. Se limitaron los más próximos a decirme que no leyera novelas de misterio por la noche y que no debía ponerme tan nervioso ante el próximo recital como para tener pesadillas. Pero yo vi a aquel viejo y  lo que me dijo.

            Para garantía de la estabilidad de mi mente, años más tarde tuve un encuentro semejante con una bruja mexicana, pero ante testigos. Apareció en el camerino al término del trabajo, me miró de manera inquietante, de arriba a abajo, fijamente, extendió las manos y dijo :

            –¡Tú eres el Gran Protegido! ¡El Gran Protegido!

            –¿Por quién?

            –¡Eres hermano de Pablo McCartney, él es tu hermano mayor en el espíritu y él te protege y te protegerá siempre!

            –¿Cómo lo sabes?

            –¡Lo he visto! ¡Él te protege!

            En principio, aquella mujer de aspecto agitanado pero de evidente etnia amerindia, no tenía por qué saber mi vieja admiración, mi cercanía musical a este miembro de Los Beatles, grupo que entonces estaba ya disuelto como tal. Nunca me había oído cantar sus canciones, no me había visto jamás. Sin embargo, estuvo un rato insistiendo en nuestra fraternidad y luego, año tras año, ha acudido siempre a verme para repetirme la misma historia. En este caso no me sentí asustado, sino encantado de aquella videncia. Aunque pálido como la cal, bastante desconcertado e inquieto. ¿Cómo debe uno tomarse estas cosas?

            Gitanas callejeras españolas, no sé si para recibir suculenta propina o por decisión personal, me han parado a veces para comunicarme visiones y profecías semejantes. Claro que el caso más insólito en este tipo de comportamientos me ocurrió, también en México, hace sólo un par de años.

            Estaba cantando yo en La Arena, ante veinte mil personas, cuando desde el fondo del local, por entre las dos vallas metálicas que contenían al público ululante comienza a caminar una mujer de cierta edad envuelta en esas faldas superpuestas o polleras que suele llevar la gente del pueblo. Cuando se aproximó a las vallas que rodeaban el escenario, más fuertes y tupidas que las otras, consiguió deslizarse por entre ellas. Lo más extraño es que los numerosos policías que estaban por allí no la cortaban el paso, como si la conocieran de toda la vida o supieran que era inofensiva. Miré de soslayo a Andrea, Sergio Facheli y Susana, que me hacían los coros, y observé en ellos un gesto de inquietud. Pero yo he sido siempre bastante insensato en los escenarios, para desesperación de mis servicios de seguridad y de mi mánager ; borracho con la música, me siento en el borde del mismo, y hasta me meto en el patio de butacas, entre las primeras filas, doy la mano, me dejo achuchar... Ante aquella situación rara, sobre todo conociendo los modos de los policías locales, no me pasó por la mente que aquella mujer, por ejemplo, podía haber llevado escondido un cuchillo en el refajo. Seguí cantando al borde del escenario.

            La mujer llegó hasta mí, tendió las manos como ante una imagen sagrada, me agarró del cuello, me atrajo hacia sí y finalmente me dio un beso en la frente.

            –¡Tú eres el Mesías, tú eres Cristo!

            La verdad es que me resulta un poco fuerte escuchar una cosa así... De todas maneras, en medio de la agitación y los sudores de un concierto, se olvida uno pronto del incidente. Aunque más tarde, cuando se encuentra uno a solas, se inquieta y sólo consigue preguntarse : ¿Por qué?

            Curiosamente, no todas las brujas han sido afortunadas conmigo. Durante un tiempo estuve acosado, día a día y noche a noche, de la manera más descarada, por una señora de buena edad y que tiene un conocido apellido de coñac español. Vivía en Madrid y me tenía frito con sus cartas, impregnadas con un extraño perfume, llamadas telefónicas continuas... Se las arreglaba para asistir donde yo estaba, me seguía por las calles, aparecía esperándome dentro de su coche a la puerta de mi casa. Le respondí cien veces que no podía satisfacerla, que no podía aceptar sus proposiciones.

            –¡Si no puede ser, Camilo! ¡Si tú tienes que ser mío!

            –No puede usted obligarme, señora, compréndalo.

            –Tiene que ser así. ¡Tiene que ser de este modo!

            –Que no, de veras. Debe usted comprender...

            No había modo. Necesariamente tenía que caer rendido a sus pies. Y a mí no me apetecía lo más mínimo : nunca he tenido vocación de gigoló ni tampoco de consolador de centenarias hambrientas. En todo caso, procuré ser amable y ya, una vez, al cabo de los meses, le pregunté por qué insistía tanto si estaba claro que no había nada que hacer. Y me lo contó.

            Resultó que aquella buena señora tenía dos brujas a su servicio, dos brujas de cámara, como si dijéramos. Y una de ellas, después de haberle leído las manos y los posos del café, después de haber echado las cartas y examinado su bola de cristal, después de numerosas operaciones específicas de su oficio, le había comunicado a su patrona qe Camilo Sesto estaba ya en el bote, que no tenía más que presentarse para la cuestión. Luego de tanta espera negativa, mi admiradora me confesó que había despedido de su servicio a aquella bruja tan poco competente en su trabajo. Ni siquiera el perfume mágico que le había dado para hacer más eficaces sus cartas daba resultado. Yo creo que hizo bien.

            Entre las mil formas que las señoras han utilizado para ligar conmigo, ésta me pareció siempre la más descabellada de todas, y eso que las ha habido bastante inverosímiles y absurdas. Si al menos aquella reina del brandy hubiese recurrido a trucos más tentadores y sutiles...

            Como por ejemplo el de aquella muchacha norteamericana. Cuando bajaba de la limusina de siete metros de largo en la que los organizadores me conducían desde el hotel Pierre neoyorquino hasta el “Radio City”, en los aledaños de Broadway, la chica se las arregló ara acercarse a mí, entre los policías, y entregarme una nota. La leí de pasada y decía más o menos : “Estoy en la fila veintitrés, butaca treinta y cuatro. Te quiero”. ¡Nada más fácil para un cantante deslumbrado por los focos que descubrir a una muchacha entre seis mil personas!

Tiré el papel y me olvidé del asunto. Continuamente está recibiendo uno todo tipo de escritos y de obsequios : cartas, fotos, postales, poemas, flores frescas o secas, objetos perfumados, peticiones de ayuda, declaraciones de amor, citas en lugares o momentos inverosímiles, álbumes... Necesitaría un par de personas dedicadas exclusivamente y full time a responder y organizar mi correspondencia si intentase quedar bien con todo el mundo. Desgraciadamente, no es posible.

            En fin, me olvidé del recado de la chica.

            Acabó el concierto, fuimos a cenar, tomamos una copa en alguna parte, nos quedamos otro buen rato en la habitación de alguien, mientras los músicos organizaban una partida de mus... De madrugada, como de costumbre, fui a acostarme. Y al abrir el armario de mi habitación, allí estaba escondida una jovencita... vestida con una de mis camisas y con uno de mis trajes.

            –Pero...

            –¿No me conoces, Camilo?

            –Perdona, pero yo...

            –¿No me viste en la fila veintitrés, butaca treinta y cuatro? Estuve todo el concierto saltando y aplaudiendo y gritando...

            –Sí, sí... Pero, ¿cómo has llegado hasta aquí?

            –Te he estado esperando –respondió con toda tranquilidad y como si su comportamiento fuese el más natural del mundo, mientras se sentaba en mi cama.

            Tenía dos opciones : llamar a los detectives del hotel o permitir que se quedase allí. Para ahorrar escándalos, le permití que se quedara. También porque a aquellas horas resultaba más placentera esa decisión...

Tan frecuentes e impulsivos son estos tipos de asedios sobre los que, para bien o mal, nos hemos convertido en ídolos de multitudes, especialmente dentro del mundo de la música, que he terminado ya acostumbrándome a que cuantos me rodean hablen de mi harén particular. ¿Cómo resistir siempre cuando cientos y miles de mujeres me reciben en todas partes con la pregunta a gritos de una de mis canciones más conocidas ¿Quieres ser mi amante? He ido citando a lo largo de este relato la presencia de unas cuantas mujeres en mi vida, aquellas que más me han influido, pero sin la pretensión de ofrecer ni una parte mínima de la lista de mis compañeras más o menos ocasionales. Más o menos, porque algunas de ellas, después de períodos largos de convivencia, siguen vinculadas a mi vida. En efecto, no concibo ya mi existencia sin la llamada afectuosa de Rosetta, sin una visita de vez en cuando a Lucía, sin la presencia de Marcia cuando estoy de gira por México, sin noticias de Laura...

            Tampoco sin el recuerdo avivado de Cristina Galbó, de Maribel Martín, que fue la única que por celos se peleó con otra de mis mujeres, la “asiladora” Rosetta, de “La Gordita”, de Yolanda Barta, que en tiempos de penuria corría a “El Corte Inglés”, compraba en el supermercado con una tarjeta de crédito y corría a mi casa para llenarme el refrigerador de comida, de Lisette, mi musa particular puertorriqueña, mi gheisha, lago de la tranquilidad y de la belleza en mis giras americanas. Lisette obtuvo un premio de belleza en su país y la conocí como parte de nuestro mutuo trabajo, hace un par de años. Me impresionaron no sólo sus ojos, el dulce rostro ovalado, el cuerpo que parecía construido por la música para bailar los ritmos caribeños, sino la dulzura de su carácter, el esmero con que me trataba (y trata), la atmósfera de alegría y de tranquilidad que sabe crear a su alrededor. Hemos pasado largas temporadas juntos, en Madrid, en Londres, en Estados Unidos...

            Camilo Sesto “el querendón”, decía de mí un periódico de Buenos Aires en mis inicios... Rosette  siempre ha repetido lo mismo :

            –Eres mío, aunque te preste.

Muchas otras también deben de pensar lo mismo, y eso me parece bien. Pero Rosetta con frecuencia añade :

–Claro que últimamente te estoy prestando demasiado...

Nunca me he considerado novio de ninguna, sino sólo su más íntimo amigo. Nunca he perdido la cabeza por ninguna. Y sólo una vez en mi vida tuve un momento de locura pasajera y estuve a punto de casarme, mejor dicho, de proponer que nos casáramos a una mujer. Fue también a una puertorriqueña : Nydia Caro. Aunque parezca una estupidez, y al margen de contados momentos de obnubilación o borrachera, siempre he antepuesto la amistad con mis mujeres al amor por ellas a largo plazo ; quizá por ese motivo sigo llevándome tan bien con todas ellas. Porque sigo siendo su amigo, porque fui siempre su amigo. Y nunca, ciertamente, lo que podríamos llamar un novio profesional. En varias ocasiones me han propuesto romances publicitarios, amoríos para las primeras páginas. Hubo, por ejemplo, un fotógrafo que insistió mucho para que Amparo Muñoz, cuando era Miss Universo, y yo nos amáramos... Desgraciadamente, aquello no era verdad y me negué al juego.

Y si mis verdaderos amores han terminado siempre en peleas definitivas que duraban unas pocas horas o unos pocos días, mi verdadero amor, mi pasión más constante y duradera ha sido la música. Es la que me ha impedido perder de modo absoluto la cabeza por una mujer. Es la que me hace creer que un matrimonio supondría la infelicidad de esa otra amante eterna. Procuro, en los momentos de peligro, poner mi cabeza por encima de mi corazón y razonar el hecho de que ninguna mujer que me quisiera podría ser condenada a la vida que yo llevo. No es por egoísmo por lo que siempre me he negado al matrimonio, sino por no querer hacer daño a otra persona. Como el dinero y los lujos no valen gran cosa, esa mujer habría de llevar una vida muy poco apetecible con un hombre que se pasa de viaje dos tercios de sus días, que duerme de día y trabaja de noche, que anda continuamente obsesionado con sus canciones. Y si yo la quiero, no puedo brindarle esa condena.

Conozco, por lo demás, las consecuencias de una vida así en muchos de mis colegas. Si bien he tenido un espejo maravilloso en la vida de mis padres, que se amaron durante cincuenta y siete años, con casi medio siglo de matrimonio, he visto también, a mi alrededor, y en vidas más parecidas a la mía que a la de ellos, demasiados espejos rotos, demasiados proyectos truncados, faltas de respeto mutuo, cariños traicionados, hijos sin raíces... No se trata, pues, de egoísmos, de comodidades, de obsesiones. Es una opinión muy racional y meditada. ¿Qué sentido puede tener una familia con su cabeza a diez mil kilómetros de distancia? ¿Son posibles el amor, la convivencia por teléfono o por correo?

Mi misión en la vida, por propia decisión, no se limita a hacer feliz a una sola persona, sino a millones de ellas con mis trabajos, con mi música. Así me siejnto más mejor, como dicen en México. Así me gusta vivir, así tiene sentido mi vida. Así me siento realizado, como dicen ahora en España. Sigo viviendo con el primero y el grande amor de mi vida : con la música. Y así continuaré.

Y sigo pasando mis Horas de amor con quien me apetece y con quien puedo. Con ese título lo dejé dicho en uno de mis discos, en 1979. Los nombres deben interesar sólo a sus protagonistas, salvo si su persistencia en mi vida ha sido más decisiva. Como en el caso de Andrea Bronston, por ejemplo. Hace ya ocho años que vive en mi vida, forma parte de mi trabajo ya ha sido no sólo una amiga, sino mi cómplice y una ayuda inpagable en mis creaciones. Andrea, con sus ojos azules tan grandes que permiten ver el interior de su corazón ha sido y es como una pegatina sobre mi alma en estos últimos años, trabajadora incansable en los territorios técnicos y gran compañera en la intimidad del hogar a cualquier hora. Siempre. Casi como una parte de mí mismo... Eternamente será “mi Tesi”.

También he sido embrujado por ella, como por tantas otras. Y no me arrepiento que así haya sucedido. Quiero creer que el hombre del péndulo me habría dado la razón. Elegir y ser elegido.

Capítulo 31