Capítulo 31. Autoretrato

En la planta baja de mi casa, con ventanales que dan a los jardines y a la piscina, está situada la sala de ensayos ; sobre la moqueta verde, una maraña de cables, atriles, instrumentos, bancos, el botellero, pilas de partituras... En un extremo de la habitación, varios armarios grandes encierran todo un confuso y desordenado archivo. Hace aproximadamente quince años vengo de vez en cuando prometiéndome a mí mismo organizar todo aquel maremágnum de cartas, recortes de prensa, fotografías, pequeños souvenirs, documentos : la rebaba de mi historia personal. He intentado con la disculpa de la redacción de estos recuerdos poner finalmente orden en ese enredado y oscuro mundo, pero termino de escribir y no he conseguido ánimos para buscar allí un dato, un nombre, una fecha. Encima de esa porción diáfana de la casa, en la “planta noble”, existe una pequeña habitación en la que he ido recogiendo los “recuerdos mayores”. Sus paredes enteladas están completamente cubiertas de discos de oro y de platino, estanterías con trofeos de todo género, nombramientos honoríficos, etc. En tantos años de carrera, y cuando desde hace tiempo prácticamente cada disco que sale de mis manos –de mi garganta, para ser preciso– consigue una ventas medias de tres millones de copias, cuando se multiplican los galardones de “mejor cantante del año”, “mejor espectáculo de la temporada” y otros de parecido carácter, es lógico que empiece a escasear el espacio, por grande que sea, para almacenarlos. Petra se enfada cuando aparece uno nuevo, porque significa un objeto más que limpiar. Petra, que se acerca ya a la edad de mi madre, lo mismo que su marido Paco, apenas tienen tiempo para mantener organizada mi casa. Está toda ella, por dentro y por fuera, poblada de centenares de plantas, esa pasión secreta mía, y en mis largas temporadas fuera de Torrelodones son ellos los que deben regarlas y cuidarlas. También deben ocuparse de mis siete perros, especialmente del viejo Libre, un teckel tiernísimo y sabio al que todos conocemos como “El hot-dog” que me regaló hace años mi eterno amigo Remigio Barrachina, aquel que había ingresado conmigo en los Salesianos y formó parte de Los Dayson...

Me doy cuenta ahora de que he mencionado demasiados nombres femeninos y muy pocos masculinos. Y, sin embargo, he tenido también a lo largo de mi carrera la ayuda de muchos hombres, como Barrachina. Casi todos han estado vinculados a los quehaceres porfesionales, pero los han sobrepasado siempre. Pienso ahora, por ejemplo, en Felipe Argüelles, que trabajó con Manolo Sánchez y fue para mí como un auténtico padre, siempre un lago de sosiego y calma en los momentos de mayor agitación y nerviosismo. Argüelles, lo mismo que Manolo, lo mismo que Jesús Manzano, lo mismo que mi secretaria de prensa Lucía San Martín y tantos más, vive en el mismo edificio que yo de la calle Cochabamba de Madrid. Fue promotor de este edificio otro de mis amigos más grandes, el gran cuidador de mis intereses, el que sabe poner siempre la palabra de aliento, de humanidad, de sabiduría y de sosiego junto a mí : Carlos García Pardo. Pero, ¿cuántos más me han echado una mano en momentos difíciles, en mis trabajos, en mi vida privada, en las composiciones, en las grabaciones, en las soledades? Saben bien todos ellos cuánto se los he agradecido y de qué manera los recuerdo.

Porque siempre han ido unidas en mi vida las relaciones laborales y las amistosas. No concibo, en el mundo de la música, trabajar con alguien que no sea amigo mío. No concibo al ídolo aislado encima de su pedestal de aplausos. Así podrían confirmarlo los muchos músicos y técnicos que han trabajado conmigo. Por ejemplo los miembros del grupo Alcatraz, que tocan conmigo, ahora, en exclusiva, desde finales del año 1977. Es sin duda el conjunto de músicos más completo y genial que existe en España. Si en sus numerosos discos grabados no han tenido el éxito que merecen es porque siempre iban varios años por delante de las modas del país : tocaban jazz (con Juan Carlos Calderón, por ejemplo) cuando apenas llegaba a cien el número de entendidos de jazz en España, grabaron temas propios de raggae cuando aquí ni siquiera se conocía el nombre de este estilo, crearon música española moderna cuando eso parecía un sueño... Todos llevan en la música desde la infancia, los tres que se encargan de los metales pertenecieron al grupo Los Canarios, el más vanguardista, famoso y sólido de finales de los sesenta ; me refiero a los hermanos Alfredo y Vicente Mahiques (trombón-trompeta y saxos-flauta, respectivamente) y a Feliciano Muñoz, alias Nano, trompeta. El batería Antonio Climent, Tony, es el más joven de todos y nació con los Alcatraz. Enrique Gómez, bajo, empezó trabajando con Los Pop Tops... Los Alcatraz son, efectivamente, la crème de la crème de los instrumentistas españoles. Para mí, para mi trabajo eso es importantísimo. Pero más aún porque son todos amigos míos del alma, y desde hace tantos años. Amigos, consejeros, asesores, manos tendidas, corazones abiertos, parte de esa gran familia que está siempre conmigo. Para enfrentarnos juntos a la vida, para borrar esos “colores de hormiga” que a veces aparecen en el horizonte, para enriquecer el trabajo mutuo y ofrecer a los demás lo mejor que tenemos.

Son todos ellos –músicos, técnicos, ayudantes–, protagonistas y testigos de ese trabajo que está detrás de una aparición en público, de tantas horas de esfuerzo antes de que una canción suene ante los oídos de los demás. La excitación de la creación es sólo mía, en la soledad de mi cuarto, luchando siempre con lo invisible de la música y de la poesía. Pero la felicidad de la entrega a los demás, la satisfacción que esa entrega produce, en cada aparición pública, en cada disco, es de todos juntos. Ángeles de la guarda como García Pardo, Argüelles, Lucía, Jesús Líbano, Jesús Manzano... Cuando hace siete años grabé un disco titulado Entre amigos, porque se incluían en él canciones de gente muy cercana (Calderón, Galvao, Herrero...) era porque estaba ya seguro de que muy poco podría yo hacer sin amigos, sin el apoyo de mis amigos.

Ahora que ha concluido esa selección natural que la historia de cada uno impone es cuando más cuenta me doy de ello. Son estos amigos los que me han ayudado a superar la espantosa rutina de una vida confortable con los propios éxitos, a salir de esa rutina para volver a sentirme tan vivo, tan consciente, tan seguro y tan apasionado como en mis primeros tiempos. Con las mismas ganas de luchar y de estar presente en todo cuanto sucede a mi alrededor.

Quizá con ellos a mi lado no habría rechazado tantas ofertas tentadoras como se me han presentado. Me han ofrecido escribir fondos musicales o interpretar teatro, comedias musicales. Infinidad de veces han pedido mi intervención en el cine y salvo Los chicos del Preu que ya mencioné y una aparición en otra película titulada El flautista de Hamelín, me he negado siempre. No porque careciesen para mí de interés económico, que nunca lo he puesto en ese tipo de trabajos, sino por comodidad y porque los proyectos no me parecieron bastante sólidos. Incluso porque evidentemente algunos resultaban demasiado peregrinos, como cuando me pidieron que protagonizara Evita, en el papel de Eva Perón, claro... Culpa mía ha sido no haber buscado o emprendido proyectos mejores.

Como hice una vez con Jesucristo Superstar. Lo había visto en Londres y en Estados Unidos más de veinte veces y planteé el proyecto. Todos me dijeron que era una locura en la que iba a perder hasta el último botón de la camisa. Arriesgado sí que resultó, desde luego, y no sólo en lo económico. Pero yo quería salir de esa rueda rutinaria de actuaciones, viajes, grabaciones, producciones. Y emprendí la tarea sabiendo que eso no se hacía por dinero, ni siquiera por el éxito. Deseaba que los españoles, especialmente los jóvenes, vieran el mejor ejemplo de amor al prójimo que la Humanidad ha dado y lo vieran arropado con aquello que más le gustaba, que más próximo estaba a su sensibilidad : la música, las coreografías, los decorados. No me importaba arriesgar mi pequeña fortuna en un empeño tan noble.

Naturalmente, no todos pensaban que ésa era la mejor manera de hablar de Cristo. Menudearon los altercados con los ultras e integristas religiosos, hubo amenazas de todo género, escritos condenatorios, intentos de censura. Pero finalmente conseguimos estrenar la ópera rock en la noche del 6 de noviembre de 1975, cinco años después de su primera puesta en escena en Nueva York. Interveníamos más de cien personas –las mismas que en la grabación del disco– bajo la dirección de Jaime Azpilicueta. Hacía yo el papel de Jesús –y por él el diario Pueblo me consideró el mejor actor y cantante del año–, Ángela Carrasco el de María Magdalena, Teddy Bautista –el que fuera solista de Los Canarios– el de Judas, Alfonso Nadal el de Pilatos... La verdad, resultó un éxito rotundo. Así escribía una revista : “Jesucristo Superstar es el mayor y mejor espectáculo jamás montado en España. Y el equipo que hizo posible el sensacional montaje es el mismo que logró después el sensacional disco, quizás el más difícil y mejor elaborado de cuantos se han grabado en España”.

Veo el comentario en un álbum gigantesco que sobresale de una pila en el armario de la sala de ensayos. En la portada, adornada con un montaje de pétalos secos, pone “Autorretrato” y una firma y una fecha : “Gladys. Caracas, 1981”. Es la presidenta de uno de mis “Clubs de Fans”. Sería injusto que no mencionase aquí a esos cientos de miles de muchachas que se agrupan, en cualquier parte del mundo, para seguir mis pasos, para apoyarme ; aunque se las ha criticado muchas veces, incluso ridiculizado, yo sólo he sentido siempre por ellas un afecto profundo y una admiración sin límites. Porque son generosas, desprendidas, dedicadas, fieles y maravillosas. La carrera de cualquier cantante –y la mía en concreto– les debe mucho. Pues bien, en los países americanos es muy frecuente que estos clubs o sus integrantes me preparen álbumes de recortes en los que recogen todo tipo de materiales de mis giras : recortes de Prensa, fotos, entradas, críticas... Son los que, apretados y queridos, pueblan esos armarios.

Abro al azar uno de esos álbumes y leo : “Sesto y Carrasco dejaron gratos sones”. En Clarín, 14 de julio de 1980. En otro : “Soy un hombre enormemente normal, en el sentido de que tengo las preocupaciones que en estos momentos que vivimos puede tener cualquier español. Me preocupa, desde un punto de vista meramente personal y humano, ser fiel a mis principios, sentirme a gusto con mi propia persona, dando lo que tengo, siendo útil a la sociedad en que vivo”. Leo : “Según el contrato, el concierto del hispano Camilo Sesto, “el paliducho”, solamente podrá suspenderse por una revolución”. Leo : “Previsión de actuaciones 78 ; contratos : Septiembre : 1, Mérida (Badajoz) ; 2, Linares (Jaén) ; 4, Jódar (Jaén), 6-25, grabación LP en Madrid. Octubre : 1, Caracas ; 7, Nueva Orleáns ; 8, Miami ; 13, Houston ; 14, Chicago ; Nueva York (Madison Square Garden) ; 20 San Juan de Puerto Rico ; 21, Ponce (Puerto Rico) ; 22, Los Ángeles (Teatro Griego) ; 27, Denver ; 28, Detroit ; 29, San Antonio (Calif.). Noviembre : 1-11, México D.F. (Hotel Prado) ; 14, Jalapa (Méx.) ; 15, Veracruz ; 16, Ciudad Juárez ; 17, Monterrey ; 18, Tijuana ; 19, Tijuana ; 22-26, México D.F. ; 30, Tijuana...” Leo : “Nunca me he parado a pensar en qué pueda ser lo más atractivo que tengo para una mujer. No lo sé..., tal vez sea por comportarme como soy, sin estereotipos ni sofisticaciones absurdas ; como una persona normal. No voy por la vida de Don Juan ni manejando mi físico como un baluarte...” Sigo : “Maribel Martín-Camilo Sesto, ¿boda a la vista? ¡Mare de Deu...! Bien : corto y cierro.

Cierro nuevamente el armario que acoge los dispersos fragmentos de un autorretrato. Como un cuadro público pintado con pinceles de procedencias distintas, con colores iluminados por luces diferentes. Un cuadro con sombras y luces, con resplandores y opacidades. Confusa, distorsionada, perpleja, parcial, exagerada, aquí –en esos millares de papeles–  está la historia de un muñequito rubio con nariz de zapatilla que quería ser Joselito, de un muchacho que era el alma de su barrio y el garbanzo negro de su profesor de matemáticas, el solista del coro y portero de su equipo de fútbol, esforzado pintor, el soldado que cantaba a voz en grito los himnos patrióticos ante sus compañeros de batallón, el que se encierra durante días para ir tarareando ante un grabador las notas, una a una, que tiene que tocar cada instrumento en la nueva canción, el que con frecuencia prefiere mordisquear un trozo de hielo para refrescarse a beberse una botella de champán, el hombre que ha ocupado una veintena de domicilios en Madrid, de la calle Humilladero a López de Hoyos, de la Corredera Baja a la Costa Fleming, con patronas como la viuda de un coronel que le contaba sus aventuras y terminó enamorándose de él, hasta que el hombre hubo de huir... La historia de un compositor de canciones con las que cada día se identifican millones de personas, el que bailó como go-go y actuó en chiringuitos infames y también en los hoteles más lujosos de México y en las mejores salas de Los Ángeles o de Tokyo...

¿Cuál es la verdadera sustancia de ese autorretrato? Como ocurre con todo el mundo, no se ve uno lo mismo que lo ven los demás. La verdad acaso se encuentre en el justo medio.

Sólo me inquieta lo que pueda pensar de mí este niño que acaba de cumplir un año de vida y llega a un mundo complicado y difícil : el séptimo de los Camilos en mi familia. Quiero que se mantenga bien al margen de la vida un poco enloquecida del cantante famoso, que vea la sociedad con sus propios ojos. Por eso me he limitado a que lo fotografiaran ahora que esas apariciones públicas no pueden afectarle, para dejarle luego en paz. Su sola presencia me ayuda ya a replantearme algunas razones de mi trabajo y de mi misma vida. 

                                                 Torrelodones (Madrid), septiembre 1984.