Capítulo 4. Que sea como tú

La construcción de un hombre es tarea larga y compleja que dura toda la vida. Y como en el caso de los edificios, el éxito de esa construcción depende sobre todo del arquitecto que imaginó los planos y de los ingenieros que pusieron los cimientos. No voy a caer en la pretensión de meterme en camisa de once varas, que psicólogos y pedagogos han escrito ya sobre el asunto para dar u tomar; sólo estaba refiriéndome a mi experiencia personal. Voy repasando pequeñas historias, anécdotas minúsculas, el difuso tejido de mi infancia y siempre aparece  la misma trama querida: mi madre fue también más intensa, pero quizás un poco más tarde, en la adolescencia; sin embargo, mi madre y Chelo me han ido acompañando siempre como dos luces imprescindibles. No descubro un solo rincón de mi niñez del que ellas dos estén ausentes. Tal vez porque teníamos intereses distintos, por la diferencia de edad –especialmente  con el mayor- y porque siempre me sentí el preferido en mi casa, la relación con mis dos hermanos no fue nunca tan íntima y directa. Y eso que, en cierto modo, formábamos una pequeña dinastía en Alcoy, al menos en lo que se refiere a las chicas.

Eliseo era –y todavía es, desde luego- una especie de James Dean, con ojos verdes, guapo...Las colegialas de las Carmelitas lo perseguían materialmente hasta que empezó a trabajar con mi padre en su taller de electricidad. Pocos muchachos había en Alcoy que levantaran tales pasiones. Y después vino José, Pepe que más tarde se iría a estudiar Ingeniería industrial a Tarrasa. Como a Eliseo y como a mí más tarde, iban a esperarle a la salida del colegio, un verdadero asedio. Incluso le dedicaban frases escritas en las paredes. Sin duda esa persecución de las chicas, sobre todo cuando estábamos en la adolescencia, me empujó a intentar convertirme en cantante profesional; por un lado, nunca me asustaron las avalanchas de las fans, incluso de las más histéricas, porque ya tenía cierta costumbre. Y por otro, debí darme cuenta de que ya tenía ganada, sin demasiado esfuerzo, una parte de la batalla. Ahora ellos dos están casados y tienen su propia vida, bien alejada de la mía, pero hubo un tiempo en que éramos casi lo mismo de famosos en nuestra pequeña ciudad.

Chelo ha continuado más cerca de mi corazón. Muchas veces le he dicho que de no haber sido hermana , y a pesar de la incurable alegría que siento por el matrimonio, me hubiese casado con ella. Siempre  fue guapísima, con unos ojos azules bellísimos y un rostro angelical: se parecía a Romy Schneider.

Antes de irse a sus clases de costura, se ocupaba de despertarme, convencerme para que me levantase, vestirme, darme el desayuno e incluso, en los primeros años, de acompañarme al colegio. Después comenzó a trabajar en el taller de mi padre llevándole la oficina. E incluso  cuando tuvo su primer novio tampoco se separaba de mí. Muchas tardes salíamos los tres juntos al campo, él portando el caballete en el que yo comenzaba a practicar otra de las pasiones de mi vida y, a la vez, el oficio que me permitiría comer durante muchos años: la pintura. He dicho que era guapísima, y lo es aún, pero además era la persona más tierna y adorable que he conocido, la que contribuyó, junto a mi madre, a que me sintiera feliz durante tantos años. Escribía con una caligrafía tan maravillosa que muchas tardes de invierno le pedía que se sentara a mi lado, ante la mesa del salón, y fuera llenando hoja tras hoja, sólo para gozar de la belleza de su letra. Jamás se negó a contestarme y supongo que hubo de soportar mis caprichos con toneladas de paciencia. Pero me quería tanto como yo la quiero a ella.

Sin embargo, y aunque se lo he pedido muchas veces, nunca ha querido abandonar su casa de Alcoy, la misma del barrio de Santa Rosa, después de que muriera su marido, hace un par de años. Dice que mi vida es mía y no debe meterse en ella, a pesar de que yo me hubiera sentido feliz de tenerla a mi lado en mi casa de Torredolones. Viene a visitarme con frecuencia y todavía la Navidad pasada, reunidos con sus tres hijos y con nuestra madre, celebramos las fiestas casi como en los viejos tiempos.

-Chelo, vamos a bailar.

La agarré por la cintura y comenzamos a girar al ritmo de la música de la radio. Mi madre aplaudía y lloraba de la risa.

-¡ ay, qué chuli, volver a bailar contigo!¡ Volver a bailar!- decía ella.

Era una manera de recordar algunos de nuestros momentos más dichosos. Nos llevaban mis padres a los bailes y verberenas y en tanto ella no encontraba al muchacho que le gustaba para pasar la tarde, era yo su pareja de baile. Y si el portero no me dejaba entrar porque descubría que era muy pequeño, no le importaba a ella renunciar a su diversión y regresar a casa conmigo y con nuestros padres.

Siempre que pienso en ella sé que nunca podré estar solo...

Yo he querido ofrecerle todo lo que tengo, poner el mundo a sus pies, pero se ha negado siempre. Viuda, sigue trabajando para sus hijos, valerosa y fuerte. Únicamente ha aceptado que me porte con sus hijos como un segundo padre. Vienen con frecuencia a mi casa, especialmente el más pequeño de los tres, que tiene diecisiete años y unos deseos enormes de aprender. Les ayudo en lo que puedo porque fue muy grande e importantísima la ayuda que su madre me prestó cuando yo era niño.

Probablemente fue también ella la que me enseño a ir bien vestido. Como en todas las familias sin recursos sobrados, la ropa de mi hermano mayor pasaba en herencia a José. Sin embargo, yo fui incapaz siempre de utilizar ropa de otro. Consuelo, que cosía muy bien, se ponía al tajo con un abrigo usado de mi padre: le daba la vuelta, lo cambiaba de arriba abajo y me confeccionaba una trenca. Parecía nueva y, sobre todo, era mía . Entonces, me la ponía. Mis hermanos peleaban frecuentemente porque uno usaba prendas del otro, se las robaban momentáneamente para acudir a alguna cita o por simple capricho. Yo nunca fui capaz de imitarlos. Prefería usar mi ropa vieja a ponerme la nueva de ellos. Y eso continúa ocurriéndome ahora. No tengo ningún sentido de propiedad de la ropa – y en realidad, de nada -, puedo prestarla o regalarla sin ningún apuro, pero no puedo ponerme nada de otro. Es también otra de mis manías que me llegan de tan lejos...

Entonces no se trataba, naturalmente, de usar ropa cara o de grandes modistas. Consuelo se ocupaba de comprarme aquello que sabía que iba a gustarme o bien de cocerme prendas nuevas a partir de otras usadas. Se empeñaba mucho en que fuera siempre bien aseado, me frotaba el cuello cada mañana, procuraba que no tuviera un botón fuera de su ojal. Así me iba enseñando, casi sin quererlo, a ser una persona. Yo no quiero decir con ello que yo juzgue a las personas por su aspecto externo, por su vestido; pero el aliño exterior es un espejo del aliño del espíritu y la elegancia externa surge siempre del interior del individuo. Lo cual no es lo mismo que exigir de alguien que ande por su casa con traje de alpaca bien planchado; yo soy el primero en ponerme cómodo, con un simple batín sobre la piel desnuda, y un simple taparrabos si tengo calor. Pero aún así puede uno mostrarse limpio y adecuadamente vestido.

Y todo lo que vengo diciendo sobre Chelo, que en el fondo son sólo muchas palabras para explicar cuánto la quiero, podría repetirlo acerca de mi madre. También ella, a sus setenta y tres años, vive en Alcoy, sola, lejos de mí. También ella desea no meterse en mi vida y no acepta más que pasar temporadas más o menos largas conmigo. Viene de pronto, cargada como siempre de las cosas que me gustan, se instala en la casa y comienza a cocinar para mí. No he conseguido siquiera que acepte que yo le mande mi coche para que haga un viaje cómodo; viaja en autobús, con sus bolsas llenas de comida y de regalos. Y cada vez que aparezco en la televisión, me llama inmediatamente.

-¡ Ay Camilo, ¿que no es emocionante? – me dice con un fuerte acento valenciano, sorprendida de verme, como si todavía no se hubiera acostumbrado a este oficio público que tengo.

En realidad, ella y yo, como Chelo, seguimos hablando en valenciano entre nosotros, porque es nuestra lengua familiar y la lengua de nuestro amor. He visto y sigo viendo las polémicas que suscita el hecho de que sea una lengua propia o una manera de hablar el catalán. Yo quiero entrar en el asunto. Sencillamente es para mí la lengua de mi infancia, la lengua de mi felicidad primera, la de mis padres y la de mis hermanos. Sigue pareciéndome hermosísima aunque la utilice en mis canciones menos de lo que yo mismo quisiera. Desgraciadamente, un cantante profesional termina siendo un hombre que se debe a un público mayoritario. Cuando me enfrento en México o en Los Ángeles a veinte mil espectadores, debo cantarles en la lengua que corresponden. Por eso en mis actuaciones por el levante español suelo dedicar parte del espectáculo a mi lengua materna.

Tal vez debería haber escrito en valenciano la canción que dediqué a mi madre en mi cuarto disco, de 1974. Quizá no lo hice porque entonces se hacían interpretaciones políticas – muchas veces equivocadas – acerca del asunto, yo he procurado huir de las charlas políticas como la peste. Ay madre, ay madre, siempre lejos... Me acostumbré tanto a ti, que cuando estoy con alguien quiero que sea como tú; y como tú no hay nadie... No era esa canción, en realidad más que una forma de expresar mi amor por ella. Joaquina, como yo mismo la llamo influido por el tratamiento que suelen darle mis guardeses, mis músicos y todos mis amigos, es una presencia constante y total en mi vida, compañera adorada, cálido regazo, alguien de quien nunca he podido prescindir, lo mismo en los años que voy relatando que ahora mismo... Ni siquiera el inmenso amor que siento hacia mi pequeño hijo disminuye en lo más mínimo el que siento por ella.

Vivaz, ingeniosa, desprendida, con un portentoso sentido del humor y sin haber perdido nunca ese carácter entre ingenuo e irónico ni sus costumbres de mujer  de pueblo, todavía corre a ocupar la primera fila en mis conciertos, y se levanta y grita y llora de la emoción como la primera de mis fans. La primera y la más importante, desde luego. Ya escribí hace diez años en aquella canción: cuando encuentro a alguien, cuando amo a alguien, sólo quiero que sea como ella, el gran arquitecto que puso en este hombre que ahora soy lo mejor que tiene. Sobre ella, sobre los recuerdos que ella tengo y mis vivencias a su lado podría llenar todas las páginas de este libro. Desgraciadamente, ninguna de ellas, por abundantes y hermosas que fueran, podrían describir mi agradecimiento hacia ella y la importancia que ha tenido en mi vida. Ni el amor que le tengo.

Capítulo 5