Capítulo 5. ¡¡¡ Auxilio Camilo !!!

Cuando nos levantamos aquella mañana no sabíamos en dónde poner el cuerpo. Era ya tarde, más de las diez. Para un niño de nueve años, tan enamorado como yo del movimiento y de la vida que pasaba a mi alrededor, el último día del colegio era siempre como un enorme portón de acero a través del cual no se veía nada. Quiero decir que no sólo no echaba de menos las clases y los profesores, sino que incluso sentía en alguna esquina del alma que todo aquello no existía. Y no porque lo odiase; sencillamente no pensaba en ello, el colegio se había volatilizado. De modo que cada mañana era una alegría nueva, incluso una mañana como aquella en que el calor levantino pesaba como una piedra. ¿ Era sábado tal vez?.

 

Las chicharras atronaban por todas partes, el sol parecía pegado en el suelo como una hoguera infinita. A los ocho años y en esas circunstancias sólo piensa uno en resolver los problemas que siente en su piel. Imagino que desayuné más o menos como todos los días, que mi madre me dio un beso como todos los días, que me mandó alguna cosa...

-Mama, yo voy a darme un baño a las balsas.

-No quiero que vayas solo

-Pues me voy con José.

Pero José tendría entonces unos doce años. Ni siquiera solía yo darle opción a que opinara sobre mis deseos. Si tenía calor, le decía que me acompañara a darnos un baño y no imaginaba contradecirme. No desde luego por sometimiento a la autoridad de su hermano menor, sino porque era aquello mismo lo que él deseaba plantear. Pero sólo tenía doce años.

-¿ Con José? – dijo mi madre -. ¡ Ni hablar! Peor que si fueras solo. Si tienes calor, te remojas en casa. No quiero que os ahoguéis los dos.

Consuelo estaba haciendo las camas y limpiando las habitaciones. Ella tenía ya más de veinte años, era una mujer fuerte y guapa. Escuchó la prohibición tajante de la señora Joaquina y ni apartó los ojos de su labor para no inmiscuirse en el asunto. Yo me senté en un rincón del pasillo, sofocado e imaginando de qué modo podría salirme con la mía. Cuando Chelo cerro la puerta de la habitación, pudo ver que su hermano Camilo, su preferido, estaba acurrucado, dando grandes suspiros de tristeza, casi ahogado.

-Pero, < chato>, ¿ qué te pasa?

Yo levanté la cabeza y la miré con los ojos deliberadamente ingenuos, como sorprendido por una pregunta que tanto esperaba.

-Es que tengo mucho calor.

- ¡ Pues vaya novedad! Y yo también. Tienes calor porque hace mucho calor...

-¿ Y a ti no te gustaría ir a darte un baño en las balsas?

-Si no tuviera otra cosa que hacer...

-Ya has terminado – insistí.

-En esta casa no se termina nunca. Debo ir a la compra.

-Pues te vienes con nosotros a las balsas, nos dejas allí para que nos bañemos y tú te vas a      la tienda. Luego nos buscas. Así no enfadará tu madre.

Chelo me revolvió el pelo con la mano; me miró despacio y se apartó de mi lado. Un minuto después regresaba con las manos juntas y tendidas delante del pecho. Las abrió de golpe sobre mi cabeza y unos goterones de agua fresca me salpicaron la cara. No sabía si llorar de rabia, pero al verla a ella riéndose feliz, la imité y me abracé a su cintura.

-¡ Es poco, es poco! – le dije -. ¡ Llévame a las balsas!

-¿ Y te portarás bien?

Aunque no hubiera tenido intención de hacerlo le hubiera respondido de la misma manera:

-¿ Pues claro?

Debió de convencer a mi madre a mi madre sin mucho esfuerzo. Todavía ahora me veo colgado de su mano derecha caminando de prisa por la calle hacia las afueras de Alcoy. José saltaba al otro lado, procurando como yo arrastrar los pies en el suelo para levantar polvo. Chelo todavía continuaba riéndose y alzaba mucho la cabeza hacia la luz, como si quisiera absorberla toda. Aunque las calles estaban casi vacías a causa del bochorno, algunas mujeres nos saludaban desde puertas y ventanas, en un alto repentino de su trabajo casero. Nadie sabía mucho de mí en el mundo por entonces, ciertamente, pero en mi calle era ya muy famoso. Y con eso tenía suficiente. En realidad, me bastaba con dar saltos al lado de mi hermana, bien sujeto a su mano. Ya ni siquiera hacía calor. La felicidad únicamente consiste en instantes fugaces como aquel, insignificantes y pequeños, pero perfectos. Probablemente en aquel momento ni siquiera me apetecía ya bañarme. Era suficiente el polvo amarillento que nos rodeaba, el tacto de la mano segura, los gritos que José y yo nos dirigíamos sin mirarnos, el continuum agobiante, lento y dulcísimo de las chicharras.

 

No sé a cuál de las balsas nos dirigíamos ni por qué elegimos precisamente aquélla. Los campos de Alcoy están sembrados de pequeños pantanos en los que se recogían modestos manantiales, enjutos regatos y las escasas lluvias para utilizar las aguas en los regadíos del cultivo de huerta. En verano, desde luego, cumplían la función de albercas siempre de sus dueños no estuvieran al acecho de la chiquillería para impedirlo. Los altos bordes de tierra y piedras contenían el agua, que podía quedar libre abriendo las compuertas dispuestas en el fondo de la balsa.

De todas maneras, no creo que fuera muy grande. Y si con ojos de niño no parecía grande, sospechoso ahora que era realmente pequeña, un charco profundo rodeado de verde, lleno de agua verde a la que el duro sol no podía atacar.

-¿ Nos quedamos aquí?

Mi hermana Chelo llevaba ya puesto, bajo el vestido, un bañador estampado. José y yo teníamos menos miramientos con el pudor. Sin comprobar siquiera si alguien nos estaba vigilando, nos quitamos los pantalones, camisas, calzoncillos y zapatos y nos lanzamos al embalse. No teníamos mucho estilo nadando, ni tampoco pretensiones de adquirirlo: lo importante era agitar brazos y piernas, bucear, lanzarnos aguadillas, chapotear en medio de aquella frescura maravillosa. A nuestro alrededor como un ángel de la guarda, Chelo disfrutaba también de su porción de dicha, nos salpicaba, hundía presionándonos en la cabeza y luego nos recataba tirando de un brazo o de una pierna.

 

José fue el primero en tomarse un respiro. Le seguí yo y juntos nos tumbamos en las hierbas calcinadas de la orilla. Me sentía tan dichoso que me puse a gritar; no se trataba de una canción de aquellas que me aprendía de memoria después de oírlas por la radio, de una escala estudiada en el colegio; era un puro grito modulado, la voz pura y simple como expresión biológica de que uno se encuentra a gusto, de que seria capaz de pasarse así la vida entera , sin crecer mas, sin descubrir ningún otro rincón del mundo, sin pedir nada a nadie, sin moverse. Siempre he sospechado que la música y la canción nacieron de un estado de espíritu semejante a aquel, como expresión irracional y biológica de una sensación corporal, primitiva, infinitamente alejada de toda contaminaci1ón civilizada.

Gritaba al sol, al aire, al cielo, al agua, a mi mismo. La canción no tenia texto, no tenia palabras porque no eran necesarias.

Y pronto se unió a mi voz otra que también brotaba del fondo de la sangre.

-¡ Camilo socorro! ¡ Camilo! ¡Socorro, socorro...!

Me quedé sentado tirando hacia la balsa. Allí, en el mismo centro, mi hermana Consuelo braceaba agitada y desesperadamente con la cabeza muy salida del agua y los ojos muy abiertos. Tenía el pelo anudado al cuello como una soga negra eso es lo único que me atemorizó. Y de dirigía  a mí con sus gritos.

 

-¡ Se está ahogando, Camilo! – dijo José como si se tratara de una parte imprevista de un espectáculo. Tanto para él como para mí aquello era sencillamente insólito. Chelo movía convulsa todo su cuerpo en medio de la balsa y nos pedía ayuda.

 Éramos tan niños que la palabra < ahogarse> tenía un significado extraño e infinitamente lejano: no quería decir que Chelo estaba a punto de morir, que nunca más me acariciaría la cabeza, que no volvería a llevarnos de la mano ni a reír a nuestro lado. Se ahogaba y eso era todo.

 

Nuestra primera reacción agobiados por el asombro, fue tumbarnos en el suelo e extender los cortos y débiles brazos hacia el agua, para que nuestra hermana se agarrara a ellos. Pero Chelo estaba muy lejos de nosotros, parecía imposible que en un mundo tan pequeño ella estuviera tan lejos. Intentaba avanzar hacia los bordes, pero continuaba atrapada por el violento remolino de las aguas, y los bordes eran cada vez más altos. Nosotros no teníamos fuerza suficiente para sujetarla.

¿ Cómo podía suceder aquello en una mañana tan hermosa?

-¡ Llamad a alguien! ¡ No puedo salir! ¡ Id corriendo! – gritó ella.

Y como si de pronto hubiéramos adquirido conciencia de lo que en realidad ocurría, José y yo echamos a correr por el campo, cada uno en un sentido distinto. Encontré a una mujer muy mayor, me parecía vieja, con cerca de cuarenta años pienso ahora. Estaba vestida de negro y trabajaba en una zona de cultivo llena de altas plantas que me azotaban el cuerpo desnudo. Al verme correr enloquecido, sin una prenda sobre la piel, dejó su herramienta y se dirigió a mi con los brazos abiertos. Debía de pensar que algún animal me perseguía.

Chiquet, chiquet!

-¡ Mi hermana! ¡ No puede salir de la balsa!

 

La mujer se dio rápidamente cuenta de la situación. Paró en seco su carrera y emprendió otra hacia el extremo de la huerta más alejado de donde yo estaba. Yo la seguí gritando, porque creí que se había asustado y huía de mí, pero en seguida vi cómo se agachaba, cogía una cuerda y saltaba por entre las plantas en dirección a la balsa. Ya no se ocupaba de mí para nada. La seguí a trompicones, con el corazón en la garganta. Mi hermano José había desaparecido del horizonte y se me ocurrió pensar que también él estaba en la balsa.

-¡ Chelo, Chelo, espera!

Pero aquella intrépida samaritana estaba ya actuando al borde de la balsa. Arremangada la falda, por la forzada postura, una pierna firmemente asentada en el terreno, lanzaba la punta del cabo hacia mi hermana, cada vez más temerosa y asustada. Consuelo siempre había sido una mujer muy vigorosa. Ahora braceaba con mayor ímpetu y por fin consiguió aferrarse a la cuerda. La mujer de negro tiró con fuerza y yo, como si sirviese de algo, me agarré también al extremo de la cuerda y empecé a hablar como si de mis tirones dependiera la vida de mi hermana, aunque supongo que en realidad dificultaba más que favorecía el trabajo de la mujer.

 

Al fin, Chelo tocó la orilla, mientras en el centro del pequeño embalse el vigoroso remolino continuaba absurdamente girando, ya sin su prensa. Quedó derrumbada sobre las hierbas, respirando agitadamente.

Madre de Déu! ¡ Menos mal, menos mal...!

Mi hermana se irguió y quedó sentada en el suelo, sujetándose con los brazos la zona del estómago.

-¿ Que ha pasado? ¿ Porqué no podía salir? – preguntó mirándome a mí, como si se sintiera culpable, como si yo tendiera algo de aquellos asuntos de gente mayor.

- He tenido que ser yo, hija mía – dijo la mujer sin apartar dos ojos del agua-. Me puse a regar y abrí la compuerta de la balsa sin saber que os estabais bañando. Al salir el agua por debajo siempre hace unos remolinos muy fuertes, por la forma del terreno será, digo yo, siempre lo he visto ... Menos mal que tu hermano me avisó a tiempo.

 

Todavía discutieron un rato sobre aquel fenómeno que a mi no me interesaba nada. Chelo estaba sentada allí, muy cansada aún, me miraba y sonreía. Eso era lo que a mi me importaba. Al cabo de lo que me pareció mucho tiempo, reapareció José persiguiendo, él también, a un huertano que había por fin encontrado en su carrera. Y el hombre terció sin dudarlo en el asunto de los fondos de las balsas y los remolinos y el calor que hacia y por qué no se había fijado la buena señora si conocía la cuestión, y cómo el agua parecía verde a aquella hora. Yo estaba sentado en el suelo, escuchando y, aunque era mediodía y el sol horadaba la tierra, sentía un frío espantoso en las rodillas y en los codos. José y yo estábamos vestidos y no sabíamos qué hacer.

 

Por fin, Consuelo se levantó, se puso el vestido – que era de color naranja, me parece- sobre su traje de baño verde oscuro, todavía tardó un rato es despedirse del hombre y de la mejer que la había salvado. De nuevo nos tomó de la mano y empezamos a andar.

-Si tú, Camilo...- empezó a decir, pero se calló.

-¿ De verdad que no podías salir del agua? – preguntó José.

-Los remolinos son unos traidores, hay que tener mucho cuidado – dije yo usando palabras aproximadas a las que había escuchado al huertano.

-Pero no vamos a decir nada a madre, ¿ verdad? Solo hemos estado jugando un rato en la balsa y yo me divertí dándoos un susto.

-¿ Y podremos volver? – pregunté.

Pues claro que sí, pero nos bañaremos en otra balsa.

 

Capítulo 6