Capítulo 9. Lágrimas y sonrisas

En el colegio de los Salesianos empezó una rutina nueva, decisiva y apasionante. Después de los cuatro años de parvulario y durante los cuatro años de mi Bachillerato Elemental ocurrieron tantas cosas que sería imposible incluso resumirlas. También dentro de la familia fueron sucediendo durante ese mismo tiempo muchos acontecimientos: la boda de mi hermana Consuelo, la decisión de mi hermano de estudiar ingeniería, cosa que a pesar de los sacrificios económicos que eso significaba para mi familia, porque había de trasladarse a Tarrasa, fue recibida con alegría para todos, especialmente por mi padre, orgulloso de que un hijo suyo fuera abriéndose camino; la compra de un coche; mejores medios de vida para todos... Y yo acudiendo cada mañana, a pie como siempre, al centro de la ciudad para asistir a las clases, encontrando nuevos amigos y más amplios horizontes.

Luces y sombras, lagrimas y risas, abulias y pasiones... Casi todos los profesores eran curas y todavía me acuerdo muy bien de ellos, incluso de mis enemigos. El enemigo mayor, desde luego, era el profesor de matemáticas, don Rafael Quintana; razón de su especialidad, lo odiaba a muerte. Y él debía de ser el único de allí que no me quería. Sabiendo que esa ciencia era un alimento tan indigesto para mí, cosa que demostré desde el primer día, en vez de suavizarlo y endulzarlo lo convertía en un auténtico veneno. Pienso en realidad que era un pésimo profesor, de los que te riñen y castigan continuamente si no entiendes algo, en vez de explicártelo de nuevo e intentar hacerlo comprensible: era un hombre duro, antipático, cruel, inhumano, agrio, frío sin un ápice de misericordia en el alma.. Por alguna misteriosa razón, he conocido a muchas personas como yo aborrecieron muy tempranamente las matemáticas por haber tropezado de niños con un ogro como el que a mí me deparó mi infortunio; no puedo pensar que esa ciencia tenga en su alma algún virus tan asesino como para haber logrado la malevolencia de tantos alumnos, más bien pienso que muchos profesores – como el mío – no se preocuparon jamás de explicar para que servía un logaritmo y cuál era su género de belleza, que sin duda la tiene: de hecho, música y matemáticas, por su entidad abstracta, han tenido siempre mucha buena vecindad. ¿ Qué ha ocurrido entonces? Supongo que alguna vez en alguna parte habrá habido un adolescente que adorase las matemáticas, que abandonara sus juegos para correr a su cuarto a averiguar el trazado de una elipse o la velocidad de un tonel que se va vaciando a razón de medio litro por minuto... Algunas veces he sentido mi carencia de conocimiento en ese campo, aunque nunca en la práctica  vital; diaria; carencia en el plano especulativo, porque a todo el mundo le gustaría saber más de lo que sabe, independientemente de lo útil que eso pueda ser; todos los hombres, por ese hecho de serlo, deben aspirar a saberlo todo, a conocerlo todo, por encima de la imposibilidad real de conseguirlo. Si aquel profesor cuyo nombre preferiría olvidar hubiese sido más generoso, más inteligente, no sentiría ahora esa incomoda aversión hacia las matemáticas.

Porque debo confesar que las ciencias en general tampoco me apasionaron mucho, y con frecuencia esta asignatura acompañaba a la matemáticas en hacerme meno agradables los veranos. Quiero decir que suspendía las dos en los exámenes de junio y debía continuar estudiándolas para por fin aprobarlas en septiembre y así pasar al curso siguiente. Fueron pues, las dos compañeras más fieles y las menos amadas de mi bachillerato. Incluso hube de asistir a una academia nocturna para reforzar – o suplir – lo que  no enseñaban los salesianos ... Y sin embargo, había muchos rincones de las Ciencias que me apasionaban y siguen apasionándome, tal vez porque les he dado alguna utilidad. Del árido aprendizaje de la manera de reproducirse los helechos , por ejemplo, he pasado a cultivarlos en mi propia casa y a contemplar admirado la caída de las esporas. De las listas de los huesos de los mamíferos he terminado entablillando alguna pata de alguno de mis numerosos perros cuando sufrían un percance... Pero tampoco el profesor se esforzaba por enseñarnos las maravillas de la vida y su proceso, esa belleza inmensa de los seres que nos rodean, la perfección de las piedras, el milagro de las plantas. En la clase todo parecía abstracto y lejano, como si no tuviera relación alguna con nosotros mismos, ajeno como una educación, técnico como un verbo latino en subjuntivo. Tal vez me cuesta más trabajo perdonar aquel profesor de Ciencias que a mi declarado enemigo matemático, porque me gustaban las ciencias y no pude sacar de ellas el justo provecho.

Luego venían las actividades religiosas. En la época dorada de lo que los historiadores han llamado el nacional catolicismo, a finales de la década de los cincuenta, y ya en puertas de la Década Prodigiosa – aunque quizá no tanto entre nosotros-, entonces, digo, a ningún niño ni a ningún padre se le pedía opinión acerca de la enseñanza religiosa que deseaba o sobre qué grado de la misma. Y como todos los colegios eran religiosos de un u otro, importaba poco que sus titulares fueran frailes o laicos o funcionarios públicos; por otro lado en ciudades pequeñas como Alcoy no había mucho donde elegir.

De modo que la disciplina en este territorio era terrible. Por la mañana antes de comenzar las clases, misa obligatoria; al mediodía, la visita; por la tarde, el rosario y la despedida... Entre unas cosas y otras nos pasábamos la vida entrando y saliendo de la capilla.

-¡Niños, a rezar!

Ninguno de mis condiscípulos podrá olvidar jamás aquella orden tan continuamente repetida. Y cada uno procuraba desobedecerla como mejor podía, sin arriesgarse demasiado a las iras de los cuidadores, No porque entre nosotros hubiera un especial sentido de irreligiosidad o ateísmo, sino porque tales excesos no resultaban bastante pesados. Misas, confesiones, rosarios, primeros viernes de mes, novenas, visitas al Santísimo, mes de María... No paraba uno de asistir a la capilla, lo que, a la larga, en vez de fomentar la devoción alimentaba el aburrimiento. Y sin embargo, yo era un niño bastante piadoso  y lo sigo siendo, aunque, como en todo, un poco a mi manera, desde luego. Cuando en la confesión me ponían algunas oraciones de pertenencia, terminaba confundiéndolas todas especialmente el Señor mío Jesucristo y el Yo Pecador; lo normal es que empezase con una y terminara con la otra. Esa especie de indiferencia biológica, y aquella edad, no significaba que fuese entonces, como no lo soy ahora, Una persona descreída, simplemente uno se forja un Dios a su medida, se dirige a  él con su propio lenguaje, lo ve según la personal imaginación. Lo que no me gustan son los ritos, ni en eso ni en nada. Lo que solía suceder, como consecuencia de tal actitud de espíritu, era que cuando pasaban lista a las ocho de la mañana, antes del Introibo ad halarte Dei,, el alumno Camilo Blanes  no había aparecido; no todos los días, pero sí muchos. Con mi carita angelical daba siempre la misma disculpa: que mi casa estaba lejísimos del colegio – lo cual era una verdad comprobable-, que mi madre me había despertado un poco tarde, que se me habían roto los cordones del zapato a medio camino; lo expresaba con tanta convicción e inocencia que sólo en contadas ocasiones sufrís represalias por el retraso.

En cuanto al oficio vespertino, el rosario, la incomparecencia presentaba mayores dificultades. Como éramos muchos los alumnos, era posible fugarse lisa y llanamente en el camino del aula o la capilla, o en la capilla misma, por una puerta lateral. En los salesianos mis escapadas no estaban motivadas por el tedio de los estudios o la nostalgia de la casa, sino por el excesivo celo religioso de mis educadores. Entrábamos en la capilla en fila de a dos y en el revuelo de colocación en los bancos, yo me las arreglaba para desaparecer por la otra puerta. Normalmente los vigilantes no se enteraban Y si se enteraban...

-Camilo, no te quedaste ayer al rosario.

-Que sí padre, que sí me quedé...

-¿Ah, sí? ¿ Y qué ocurrió durante la letanía?

-Pues..., pues, que uno de tercero se quedó dormido y se cayó,

-Mucha imaginación tienes tú. Pon la mano.

-No por favor...

-¡La mano! ¿No has oído?

La  gran herramienta de tortura de los salesianos, especialmente de don Juan Marín, caía sobre mí. Era una regla cuadrada y gruesa, ennegrecida por la cochambre y los golpes. Según quien la utilizara, podía hacerse ver todas las estrellas de la Vía Láctea, el total  conglomerado de las galaxias, o solamente los cúmulos de bordes dorados como montañas nevadas (según las describía mi libro de Ciencias).

Y si los curas seguían las “ordenanzas” de la continencia en algunos aspectos, las despreciaban a la hora de usar medios represivos. Aquellas reglas, e incluso herramientas  de proporciones mayores, eran la gran medicina de aquel colegio. Y servían para todo género de enfermedades: si llegabas tarde, si te escapabas, si no sabías responder a lo que te preguntaban, si urdías un plan cachondo para alterar la clase, si se te escapaba un cuesco, si se te caía un libro, si te resbalabas cuando ibas a comulgar, si te escapabas durante el recreo, si le debas un pelotazo a un vigilante, si te oían decir una palabra fea, si...

Para mi desdicha, por culpa del orden alfabético, me encontraba sentado siempre en el primer pupitre y solo esa cara  angelical de la que ya he hablado me libraba –aunque no siempre- de las venganzas colectivas, porque los escarmientos recaían sobre el que estaba más a mano. Uno de ellos era el pobre candela. Se fundían las luces del colegio y:

-¡Candela!, ¿qué has hecho?

-Yo no he hecho nada, padre.

-¡Seguro que has metido un ratón entre los cables! ¡A ver, la mano!.

Aparecía un cristal roto y:

-¡Candela!, ¿con qué has roto el cristal? ¡La mano!.

El pobre Candela, que estaba a mi lado y carecía del don del rostro angelical era el que pagaba todos los platos rotos de la clase, el chivo expiatorio, la cabeza del turco, la víctima de todas las iras sin destino. ¡Cuántas palizas recibió el pobre! No es que siempre fuera inocente, desde luego, e imagino que su buena fama se la ganaría con méritos que ahora no recuerdo, pero no podré olvidar el silbido de la regla que pasaba junto a mi oreja y terminaba en la cabeza de mi colega. Si yo tengo ahora alguna resistencia acerca de los métodos educativos de aquellos salesianos, sospecho que el tal Candela habrá fundado una asociación para luchar contra los hijos de San Juan Bosco. Por lo menos.

Y también yo recibí lo mío. Y no porque fuera de esos alumnos que ponían petardos debajo del culo del profesor, o llenaban de moscas muertas su tintero, o le mojaban la tiza, o le arrojaban pellas de barro a la sotana...Los más inocentes delitos solían recibir un tratamiento catártico inmediato y cruel. Aunque algunos años mayor que yo –y por lo mismo con experiencias aún peores-, José Antonio Labordeta ha sabido reflejar aquel mundo, su sordidez, en una espléndida canción titulada Rosa Rosae, que me emocionaba cada vez que la oigo.

Un día entró mi madre en el baño para darme ropa limpia después de la ducha. Me vio la espalda y el trasero llenos de moratones.

-Pero, ¿qué te ha pasado, Camilo?

Hasta entonces, no me había atrevido a contarlo. Y tuve que confesar. Pero ¿qué terribles delitos podía cometer un niño de once, de trece años? Ni siquiera recuerdo por qué motivo había llevado a mi casa aquel día las huellas de la regla asesina. ¿me habían salido mal los quebrados? ¿Había confundido las  fanerógamas con las criptógamas? ¿Me había saltado la capital de Hungría? ¿O tal vez no había aparecido a la hora de los ensayos?.

Eso es lo más probable. Nunca fui, lo he dicho, un alumno díscolo e intratable. Más aún, casi todos los profesores que me querían mucho e incluso me mimaban en ocasiones gracias a esas artes misteriosas que me han sido dadas, pero ningún cariño parecía eximirles de su afición a la tortura, y yo recibía las más abundantes raciones por asuntos relacionados con la música.

Es que era muy dura mi vida..., sí. El hermano de Remigio Barrachina, el de los picores en la oreja, había sido  efectivamente un profeta. Como ya conté, prácticamente desde el primer día, y durante cuatro años que estuve en aquel colegio, tuve el cargo de solista del coro. Eso implica algunos pequeños privilegios, o por lo menos un mejor trato general, mayores muestras de afecto, quizás cierta benevolencia en las clasificaciones de una sabiduría dudosa y, desde luego, una razón para la pequeña vanidad. En Alcoy todo el mundo sabía –o por lo menos las niñas, que empezaban a ser la parte del mundo que más me interesaba-  que Camilo era solista de los Salesianos.

Al margen de las bromas, la gran ventaja de haber pertenecido al coro fue la formación musical, incompleta si se quiere, pero sólida. Por otro lado, siempre me he sentido muy orgulloso de ello cuando he leído biografías de los músicos verdaderamente grandes (Bach, Morales, Haydn, Purcell, Schubert, Puccini), que se iniciaron también como niños de coro. Llevábamos una actividad dura y provechosa: horas y horas de escalas, técnicas primitivas de voz, aprendizaje de lectura de pentagramas, nociones de historia de la música, audiciones...; aunque no se trataba de una metodología rigurosa y dirigida a una profesión musical, como hubiera ocurrido en un conservatorio, al menos sentaban las bases para quien deseara luego seguir ese camino. En ese sentido he agradecido siempre aquellas enseñanzas que estaban al margen de los estudios oficiales; tal vez sin ellas hubiera  abandonado mi afición a la música, pero lo que sí es seguro es que no sabría mucho de lo que ahora sé y hubiera ignorado siempre técnicas que he podido aplicar luego a mi forma de cantar.

Pero entonces no era yo muy consciente de ese agradecimiento. Sentía solo la dramática e incómoda realidad presente. Y la voz de Chelo:

-Camilo, al colegio.

-Pero si es domingo...

-Tienes que cantar en la misa.

-Diles que me he quedado ronco, Chelo, por favor. Tengo mucho sueño.

-Que luego te arrean con la regla. Vamos, tienes que ir.

Te daré un buen desayuno y se te quitará el sueño. E iremos a oírte.

-Si hoy no hay misa...

así, domingo tras domingo, fiesta tras fiesta. Mientras mis colegas podían quedarse en la cama hasta mediodía –lo que siempre me ha parecido el placer supremo-, mientras incluso podían desayunar en la cama y luego echar otro sueñito, el infeliz Camilo, solista del coro, tenía que saltar disparado de la cama, vestirse a toda prisa, desayunar sin entusiasmo y correr como un loco por las calles vacías de Alcoy para llegar a tiempo a la misa. El colegio quedaba lejos, pero los domingos y fiestas de guardar parecía que lo habían trasladado a Alicante...

Y luego, los ensayos. El ritual católico de la época acumulaba con generosidad sin límites las celebraciones religiosas. Continuamente era necesario aprenderse nuevas coplas: villancicos para navidad, loas a la Virgen de Mayo, oficios en Semana Santa, himnos para los santos de la casa. Después de un día fatigoso con las matemáticas, y mientras los afortunados que tenían mala voz se iban a jugar a la calle, nosotros debíamos quedarnos todavía un rato más para aprendernos los cantos religiosos. Y como se organizaban ocasionalmente también  fiestas profanas (el santo director, las excursiones, el fin  de curso), era necesario reforzar el repertorio y aprender asimismo aquellos arreglos de canciones tradicionales y folklóricas para coros religiosos que hacían el padre Donastia y otras docenas de curas de Media España. Melodías vascas, gallegas, fragmentos de zarzuelas, habaneras, romanzas originales...todo había que ensayarlo una y mil veces, en las mejores tardes de mi vida. Nadie se sorprenderá de que luchara con todos mis medios para hurtarme a aquella condena. Conseguía a veces,  en el camino desde el aula a las clases de ensayo, escaparme con los demás. Otras veces, especialmente cuando teníamos matemáticas a segunda hora de la tarde, me las piraba durante el recreo. E incluso en alguna ocasión convencí a mi madre de que había perdido la voz y de ninguna manera conseguiría entonar debidamente el Gloria.

Ni siquiera me importaban demasiado las consecuencias. Cada vez que no aparecía en un ensayo o en una actuación del coro, sabía lo que me esperaba. Únicamente quedaba por averiguar si se utilizaría la regla pequeña o la grande, si me golpearían exclusivamente en las manos –en los nudillos primero, en las palmas después-, o si los golpes me alcanzarían también la cabeza y las costillas...Era un riesgo conocido que valía la pena correr a cambio de unas horas más de sueño o de compartir con los demás esos momentos deliciosos que siguen a las horas de clase; el clima de Alcoy era por lo general benigno, las calles estaban animadas, los levantinos hemos estado siempre  muy inclinados a la fiesta y a la alegría. ¿Cómo podrían convencerme para que sacrificara todo eso por ser el solista del coro?.

 

Pero no todo era tan terrible en el colegio de los Salesianos; e incluso había profesores maravillosos, como don Tomás, un cura “rebotado” al que todos los niños seguíamos siempre como el flautista de Hamelín. Si había muchas cosas que dolían profundamente a un espíritu libre como el mío, otras resultaban muy satisfactorias. Su número, visto a los cinco lustros, supera a las otras, ya que han quedado más hondamente enraizadas.

 

El odio que sentía por las matemáticas y las horas de ensayo no era tan intenso como el amor que tenía por otras materias. La historia y la literatura me encantaban. Lo primero que hacía todos los años al recibir los libros del curso era leerme todas las poesías que aparecían en el texto de Lenguaje; muchas de ellas  me las sabía de memoria antes de meternos con la primera lección. Las fábulas de Samaniego, los romances  de Machado, pequeños fragmentos, ejemplares de Berceo, Lope, García Lorca, Fray Luis, Gerardo Diego parecían tener para mí una música todavía no encontrada. Repetía los versos con la misma devoción que las canciones de Joselito y no me ponía a cantarlos porque todavía la radio no me había dado una pista.

 

Y luego la Historia, tanto la de España como la mundial. No me costaba ningún trabajo aprenderme de memoria nombrar los reyes, guerreros y gobernantes, sobre todo porque algunos de ellos aparecían dibujados en el libro; podía identificar sus hechos  con sus hazañas y eso me los hacía más cercanos y comprensibles (lo que no ocurría con la geometría). En este apartado incluía también la Religión. Si mi comportamiento en la capilla no era muy devoto, en cambio me sabía al dedillo la asignatura llamada Religión. Sospecho que,  sobre todo, porque consistía básicamente en Historia Sagrada. Me costaba mucho esfuerzo comprender que un Dios mandase a su amigo Abraham que clavase un cuchillo a su hijo Isaías en lo alto de un monte –ni entendía la bondad de Dios en este hecho ni la obediencia del justo-; comprender que a Job le gustase vivir entre ratas y basuras porque así se lo pedía un Ser que ideaba crueldades de ese género, tantos asesinatos, tantas muertes como allí aparecían, pero me entusiasmaban los hechos que en sí mismos y las ilustraciones que los mostraban;  la estupenda Judith, la liberadora de Betulia frente a los asirios, con la cabeza de Holofernes en la mano, la Magdalena mesándose los pelos a los pies de  Jesucristo (escena que yo habría de representar al lado de mi amiga Angelita Carrasco...), la honda del rey David antes de serlo, la maravillosa generosidad de la multiplicación de los panes y los peces...Eran todas historias espléndidas que yo me aprendía en un pispás y esperaba las clases que nos las explicaban como auténtica impaciencia.

 

Evidentemente, yo era de letras... No me costaba mucho el aprendizaje del latín, que era la bestia negra de la mayoría. Todavía hoy podría declinar y recitar algunas formas verbales, incluso las irregulares. En cuanto al francés, me resultaba tan fácil como el español. No solo me han gustado siempre las lenguas, sino que incluso he sido un poco obseso en este terreno; no me da reparos corregir a los amigos que utilizan expresiones erróneas o barbarismos...incluso en francés y en inglés (y pronto en alemán y hasta en japonés, ya que he comenzado a estudiar estas lenguas). Debido sin duda a un oído excelente, manifestado ya en la facilidad para recordar las canciones de la radio, el estudio de los idiomas me gustaba; más aún, era una verdadera pasión. Si el director del colegio me hubiera ofrecido cambiar la clase de matemáticas por tres clases de  swahili, tagalo y quechua, por ejemplo, lo hubiera aceptado muy contento. Aún perdiendo los juegos de la tarde.

 

Tal vez por eso y por los resultados de mi trabajo en el coro, la mayor parte de los frailes estaba enloquecida conmigo..., excepto los ya silenciados profesores de Ciencias y de  Matemáticas. Había incluso un par de ellos que me querían demasiado. No soy chismoso, no diré sus nombres. A uno de ellos le gustaba mucho, por razones de oficio, hacerme regulares repasos de conciencia. Lo que ocurre es que también era aficionado a hacerme repasos de piel. Una vez al trimestre al menos me llamaba a su despacho, pequeño y lleno de libros, me sentaba en sus rodillas y me hacía una sesión muy perfecta de lavado de cerebro; al mismo tiempo, me acariciaba  el cuello, las rodillas desnudas...Debo confesar que tardé algunos años en darme cuenta exacta del sentido de aquellas caricias. Yo estaba sorprendido de tanto afecto, maravillado de las cosas que oía. Decía que yo podía ser un segundo Santo Domingo Savio, aquel jovencito cursi que prefería morir a pecar,  quiero decir, que decía antes de morir que pecar, y lo relataba con tanta belleza y garbo que por un momento me veía levitando con las manos juntas y aquel cuellecito cerrado que mostraban las estampas del niño italiano. Ni notaba la manipulación del cura sobre mi cuerpo ni imaginaba a dónde quería ir. Cuando llegué a mi casa, mi aspecto angelical debía ser seráfico.

 

-Mama, quiero ser cura.

-¿Cómo has dicho? –preguntó mi padre dejando la cuchara en el plato.

-Que voy a ser cura.

-¿Qué chaladura es esa? ¿Qué le ocurre a este niño, Joaquina? ¿Está malo?

-Es que me han dicho que  voy a ser Santo Domingo Savio y me parece que para eso hay que ser cura antes.

 

-Ah, bueno –respondió mi padre-. Muy bien, muy bien...Lo malo es que tú eres Camilo Blanes Cortés. Así que has llegado un poco tarde para ser el Domingo ese. Será mejor que cenes, hijo.

 

A la mañana siguiente, no me acordaba del asunto. Pero de vez en cuando algún compañero me contaba que había decidido llegar  a se Santo Domingo Savio. No hacía falta que le preguntara quién le había convencido de ello. A unos  cuántos, quizás a la mayoría, se nos llamaba de vez en cuando a aquel despacho y entre toqueteos y palabras tiernas terminábamos flotando en una santidad que ni siquiera comprendíamos. “Antes morir que pecar...” Pero, ¿qué era pecar a los doce años? ¿Dónde estaba el mal y cuál era su rostro? Aquel hombre no supo explicármelo nunca.

 

No obstante, a lo largo de aquellos cuatro años, sí lograron –puede que incluso también aquel paidófilo y mariposo secreto- inculcarme un firme sentido moral de la existencia. No estoy seguro de si lo adquirí en mi casa o el los Salesianos, aunque creo que las dos formas de educación contribuyeron a ello. Así, aunque pasé momentos muy malos, ahora entiendo que a la larga me han resultado provechosos. Especialmente porque en ese borde de la infancia aprendí a respetar a los demás, a amarlos por encima de las propias  opiniones, a sentirme solidario con los otros, sobre todo con quienes peor  lo pasaban, como mi vecino Candela.

 

Con cierta pena comprobaría más tarde que muchas veces el interés y el negocio pesaban más que aquellas gentes que su honestidad y caridad profesional. Cuando, por ejemplo, intenté que mis sobrinos fueran admitidos en el colegio La Salle de Alcoy, tuve que aceptar casi a la fuerza una actuación benéfica cuya recaudación total fue a parar al colegio. Unos años más tarde, mis sobrinos tuvieron problemas de estudios debidos sobre todo a su comportamiento díscolo. Sin ningún miramiento los curas decidieron suspenderles la matrícula, sin recordar el dinero embolsado a mi costa.

 

En otra ocasión me ocurrió un hecho todavía más insólito y desagradable con los mismos religiosos. Me encontré con uno de ellos, cargo importante en el colegio, y enseguida comenzó a explicarme una inexistente realidad.

 

-¡Claro, hombre, Camilo Blanes! ¡Chico, con eso de Sesto me tenías confundido! ¡Si fuiste alumno de nuestro colegio...!

-Yo, mire...

-Sí, hombre, no se me podía olvidar...¿Te acuerdas del padre Federico? ¿Y te acuerdas del día que cantaste y te aplaudieron los fieles? ¿Y aquel otro día que...? A mí no se me olvidará nunca. ¡Eres uno de los mejores alumnos!.

 

Se pasó un rato dándome coba y trayendo a colación recuerdos falsos. Yo le seguía la corriente, porque sabía a dónde quería llegar. No quise decirle que había sido alumno de los Salesianos y no de La Salle, el otro colegio grande de Alcoy. Sonreía para mis adentros mientras el cura continuaba sus despropósitos. Y por fin decidió entrar en el meollo del asunto.

 

-Pues tenía muchas ganas de volver a encontrarte, Camilo...Porque, ¿sabes?, estaba pensando yo que podías hacer un Festival Benéfico. No puedes negarte, habiendo sido alumno nuestro. Es para cubrir algunas necesidades perentorias...

No me atrevo a escribir las palabras que utilicé para negarme a aquella burda encerrona.

 

Al fin, como una bruma dorada, me queda esa memoria del colegio de los Salesianos. La regla, los ensayos, las matemáticas, los asedios resultan solo montículos podridos en una gran llanura llena de paz. Mirando con prisas se ven solo esos montículos, porque se destacan de tantos días útiles y acogedores. Supieron inculcarnos un gran sentido de la amistad y de la cooperación entre todos, esa solidaridad que he citado; entre el área del polígono irregular y el Galia est omnia divisa in partes tres; aquellos   educadores supieron finalmente prepararnos para la vida, que está construída de caricias y golpes, de lágrimas y sonrisas. No logro recordar en qué espacio situaron esa conciencia de la moral, moral por encima de cualquier religión determinada, pero ciertamente existió. Como existió también una cierta imparcialidad política, algo que los que conocieron la época calificarían conmigo de milagrosa. No quiero decir solo que desaparecieron los himnos, pero incluso los adoctrinamientos; en realidad, nos ahorraron la conciencia de lo que estaba pasando entonces en España, lo cual puede interpretarse como se quiera. Pero si nos prepararon para un tipo de relaciones políticas que entonces casi ni podían soñarse, su insistencia en una cierta tolerancia y comprensión, desdeñando siempre las peculiaridades del momento, nos mantuvo al margen de lo que sucedía. En fin, los impulsos que a mí me dieron no solo por el camino de la música, sino también por el de la pintura y el de la poesía, y en general el gusto por lo bello y lo duradero, resultaron valiosísimos a la larga. Apenas abandonado el colegio de los Salesianos, con la reválida de cuarto, desistí de continuar estudiando con regularidad. Por mi cuenta ampliaría mis conocimientos de aquellas cuestiones que me habían interesado hasta entonces: las lenguas, la Historia, la poesía, la pintura y, sobre todo, la música. Tal vez también fueron los salesianos los que me convencieron de que nunca se termina de aprender y que la curiosidad, en todas sus formas, es el reflejo más evidente de que uno está vivo. Dejar las  aulas no significa dejar de estudiar, de aprender. La única diferencia es que no tienes un profesor de matemáticas con una regla en la mano.

Capítulo 10